En nuestros días la palabra sobrenatural se entiende como el poder divino manifestado a través de los milagros, las curaciones, la expulsión de demonios, la provisión material, y cosas por el estilo. Lo sobrenatural hace referencia a la necesidad, la búsqueda, y la importancia de los milagros, y el papel que estos juegan en la vida de la iglesia.

Es evidente cierto énfasis en lo sobrenatural en nuestra cultura. En cuanto a organizaciones cristianas, en la mayoría de los casos el mensaje de lo sobrenatural promete algún beneficio terrenal. Este auge no es extraño, ya que la curiosidad que despierta lo sobrenatural es innato a nuestra humanidad. Por eso, quisiera darle una mirada bíblica a este tema. Quizás la pregunta a responder es, ¿deberíamos prestarle más atención a los milagros en nuestras iglesias y vidas en general?1

Para empezar estudiaremos el carácter, el propósito, y el registro de los milagros en la historia de la redención, y a partir de ahí haré algunas observaciones.

Para qué sirve un milagro

Un milagro es la intervención –o interrupción– divina en el curso regular del mundo, lo cual produce un hecho inusual pero intencionado, que de otro modo no ocurriría.2 Debemos entender los milagros como algo distinto a la providencia, que es la actividad continua por medio de la cual Dios sustenta y gobierna la tierra.

La palabra “milagro” es también identificada en las Escrituras con los términos “prodigios, maravillas, y señales” (Éx. 7:3; 2 Cor. 12:12; Mat. 21:15; Gál. 3:5; Hch. 7:36). Esto sirve para darnos un entendimiento más amplio de la naturaleza y el propósito de los milagros. La palabra “prodigios”, por ejemplo, hace referencia al poder divino detrás de cada milagro. La palabra “maravilla” al efecto que produce en los testigos. Y la palabra “señal” hace referencia a la función que cumplían los milagros. Es decir, los milagros no eran un fin; más bien una señal que apuntaba hacia algo.

Los milagros servían para una cosa: validar el mensaje y el mensajero. Como lo dice Robert Saucy: “un milagro apuntaba hacia la validez tanto del mensajero como del mensaje”.2

Esta función se expresa en tres pasajes en particular. Leamos con atención:

Moisés respondió: “¿Y si no me creen, ni escuchan mi voz? Porque quizá digan: ‘No se te ha aparecido el SEÑOR.’” Y el SEÑOR le preguntó: “¿Qué es eso que tienes en la mano?” “Una vara,” respondió Moisés. “Echala en tierra,” le dijo el SEÑOR. Y él la echó en tierra y se convirtió en una serpiente. Moisés huyó de ella; pero el SEÑOR dijo a Moisés: “Extiende tu mano y agárrala por la cola.” El extendió la mano, la agarró, y se convirtió en una vara en su mano. “Por esto creerán que se te ha aparecido el SEÑOR, Dios de sus padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”, Éxodo 4:1-5.

Y a la hora de ofrecerse el sacrificio de la tarde, el profeta Elías se acercó y dijo: “Oh SEÑOR, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que Tú eres Dios en Israel, que yo soy Tu siervo y que he hecho todas estas cosas por palabra Tuya. “Respóndeme, oh SEÑOR, respóndeme, para que este pueblo sepa que Tú, oh SEÑOR, eres Dios, y que has hecho volver sus corazones.” Entonces cayó el fuego del SEÑOR, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja, 1 Reyes 18:36-38.

¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? La cual, después que fue anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que la oyeron. Dios testificó junto con ellos, tanto por señales como por prodigios, y por diversos milagros y por dones repartidos del Espíritu Santo según Su propia voluntad, Hebreos 2:3-4.

Una lectura sencilla de estos pasajes nos muestran un claro patrón: los milagros sirvieron para validar el mensaje y los mensajeros que hablaban en nombre de Dios.

En este caso, los milagros fueron el respaldo divino a Moisés, a Elías, a los apóstoles, y al mensaje que ellos comunicaban al pueblo. Dios validó a sus mensajeros por medio de los milagros.

Ahora bien, es importante destacar que muchos milagros fueron motivados por la compasión (Marcos 8:2), y servían para aliviar temporalmente los efectos del pecado sobre las personas. Sin embargo, este uso de los milagros estaba subordinado al propósito central que ya he comentado.

Biblia de milagros

El relato bíblico registra una incontable cantidad de milagros. La historia de Israel está revestida de manifestaciones sobrenaturales del poder divino. Sin embargo debemos reconocer que el grado de milagros no siempre fue el mismo. Mejor dicho, hubo épocas en las que se vieron una mayor concentración de milagros con relación a otros tiempos.

No todos los periodos de la historia bíblica estuvieron marcados por manifestaciones sobrenaturales. Por ejemplo, en el tiempo de Saúl, David, y Salomón no se vio la misma actividad milagrosa comparada a la vista en Egipto durante el éxodo. Lo mismo se puede decir de la época postexílica, cuando Israel volvió del cautiverio.

Podemos distinguir cuatro momentos en la historia de Israel en los que identificamos una mayor concentración de milagros:

  • El éxodo (con Moisés).
  • Los tiempos de Elías (y Eliseo).
  • El ministerio terrenal de Jesús.
  • La labor de los apóstoles.

Es decir, la mayor exhibición del poder divino en la historia de Israel estuvo relacionada con el tiempo de Moisés, Elías, Jesús, y los apóstoles. Podemos concluir que los periodos de actividad milagrosa coincidieron con la entrega de un mensaje. Los milagros daban legitimidad a la Palabra que Dios comunicó a su pueblo: con Moisés en la entrega del pacto, con Elías al llamar al pueblo a regresar al pacto, y con Jesús y sus apóstoles con el mensaje del nuevo pacto.

La fe y los milagros

A partir de lo que hemos dicho, muchas son las preguntas que pueden surgir, y trataré de dar una respuesta sencilla. Una inicial, ¿es la ausencia de milagros una indicación de falta de fe?

No necesariamente. Aunque muchos milagros fueron resultado de la fe de las personas, muchos otros en las Escrituras fueron hechos sin tomar en cuenta la fe de ellas. Al contrario, en varias ocasiones, los milagros fueron realizados ante una desafiante incredulidad (como en Egipto o en el tiempo de Elías). En el Nuevo Testamento vemos a Jesús haciendo milagros frente a una completa incredulidad: el paralítico del estanque de Betesda recibió sanidad sin que creyera en Jesús (Juan 5), y el hijo de la viuda de Naín fue resucitado sin que se mencione la fe de los presentes (Lucas 7). Por lo tanto, no tiene mucho peso decir que la falta de milagros se debe a la poca fe.

Creer esto puede traer desánimo en creyentes que no pueden “testificar” del poder sobrenatural del que otros cuentan. Muchos han sido influenciados de una manera negativa pensando que su fe es débil por no ver milagros.

Una mirada Hebreos 11 nos guardará de este error, pues en el capítulo de los héroes de la fe, también se nos dice que por la fe unos fueron torturados, no aceptando su liberación a fin de obtener una mejor resurrección. Otros experimentaron insultos y azotes, y hasta cadenas y prisiones. Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada. Anduvieron de aquí para allá cubiertos con pieles de ovejas y de cabras; destituidos, afligidos, maltratados” (Heb. 11:35-37). Su fe no los eximió de los problemas, de la persecución, del dolor, del sufrimiento, y de la muerte. Al contrario, fue su misma fe que los llevó a estas circunstancias y por la fe se sostuvieron hasta morir. ¡Gran fe!

Los milagros y el evangelio

Si bien los milagros pueden autentificar a un mensajero, la predicación del evangelio no exige milagros. El poder de Dios está en su evangelio. Pablo dijo, “Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree” (Romanos 1:16). Judas y también muchos de los fariseos vieron milagros y las más poderosas señales obradas por Jesús, sin embargo se rehusaron a creer. Esto es un claro testimonio de que los milagros no salvan ni convierten a nadie.

Ahora bien, esto no excluye la posibilidad de que Dios en su soberanía decida demostrar su poder para despertar el asombro y el interés de los hombres. Esto es aún más imperante en lugares hostiles al evangelio y donde las personas no estiman la Biblia como palabra de Dios. Pero es una declaración sin sustento bíblico afirmar que no se debe predicar el evangelio sin señales y milagros. Al contrario, esta enseñanza puede afectar la evangelización, ya que muchos se sentirán intimidados pues no han visto milagros con su predicación. Nuestro deber es predicar el evangelio. La tarea de Dios será convertir a los pecadores.

Días de milagros

Creo que Dios sigue haciendo milagros. Pero la presencia o la ausencia de ellos no es evidencia de mucha o poca espiritualidad. Dios es soberano sobre los milagros. Es decir, Dios puede obrar un milagro en el momento, la forma, y el lugar que Él quiera. La ausencia de milagros en la iglesia no debe verse como un indicador de falta de fe.

Ahora bien, ¿por qué no vemos hoy los milagros que vemos en la Biblia? Debemos recordar que los milagros servían para legitimar el mensaje y al mensajero. Hoy en día ya tenemos el mensaje completo en las páginas de la Biblia. Pedro decía que “tenemos la palabra profética más segura” (2 Pe. 1:19). Los milagros, en su definición estricta (tomando en cuenta su función principal) ya no son necesarios hoy, porque ya tenemos el mensaje completo de Dios.

Una palabras finales

Luego de analizar estas cosas, creo que es importante observar que el énfasis que hoy se hace en lo sobrenatural es desmedido, nada bíblico, y espiritualmente dañino.

En nombre de lo sobrenatural, la palabra de Dios ha pasado a un lugar secundario. Los llamados al altar y las ministraciones al final de los servicios suelen tomar más tiempo que la misma exposición de las Escrituras. Esto indica la importancia que se le da a lo “sobrenatural” por encima de la Palabra. El acento en lo sobrenatural ignora la realidad del poder vivificador y santificador de la palabra de Dios.

Celebremos más bien, el poder sobrenatural de Dios que se manifiesta por medio del nuevo nacimiento, la conversión de los pecadores, y las vidas transformadas de los creyentes. Esos beneficios son los que perduran para siempre. Son beneficios eternos. Lo sobrenatural es la obra de Dios por la que nos hace más como Cristo: más compasivos, más mansos, más humildes, sinceros, sencillos, y misericordiosos. Eso es sobrenatural. No hay un milagro mayor que la resurrección de un muerto, y eso es justamente lo que hace el evangelio en quienes creen.

Ese es el poder de Dios que necesita la iglesia, y ese poder viene por la predicación de su Palabra. El Espíritu de Dios se mueve con poder dando nueva vida a los perdidos (Ef. 2:4) y santificando a los creyentes (Jn. 17:17), y el instrumento que usa es la simiente incorruptible de la Palabra de Dios (1 Pe. 1:23).


1. Entiendo que el tema de lo sobrenatural y milagroso nos puede llevar a la discusión de la vigencia de los dones, pero ese no será el enfoque de este artículo.
2. Norman Geisler, Apologética, p. 90
3. Wayne Grudem, Are miraculous gifts for today?, p. 109.
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