La iglesia en la ciudad de Corinto estaba llena de problemas y pecados. Las cartas que el Apóstol Pablo envió a la iglesia en Corinto nos dejan ver que esta congregación estaba llena de problemas y pecados. Leemos acerca de las divisiones y contiendas entre hermanos dentro de la congregación (1 Cor. 1:10-13). Era común para los miembros de la iglesia en esa ciudad tener pleitos e incluso llegar a demandarse legalmente unos a otros. En otra sección de la carta Pablo escribe acerca de un hombre de la iglesia que se había unido a la esposa de su padre en una relación inaceptable (1 Cor. 5:1). ¡Este hombre estaba teniendo relaciones sexuales con su madrastra y al mismo tiempo gozando de los privilegios de ser miembro activo y reconocido de la iglesia de Corinto!

El testimonio que la iglesia estaba dando a sus vecinos estaba manchado por la conducta escandalosa de muchos miembros de la congregación. Con todo esto en mente, es sorprendente leer el saludo que Pablo hace a sus lectores en los primeros dos versículos de la carta: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Cor. 1:1-2). Aunque ellos estaban viviendo en pecado, Pablo les llama “santificados”.

¿Santificados? ¿¡A los Corintos!? Eso dice la Palabra de Dios.

Santos por posición

Lo que vimos en 1 Corintios es lo que se llama santidad posicional.  Por medio del sacrificio del Hijo de Dios en la cruz, los corintios que habían creído en Jesús como Salvador eran santos delante de Dios.  Dios los miraba limpios delante de Sus ojos porque habían puesto su fe en Jesucristo. La perfección, santidad y justicia del Cordero de Dios habían sido transferidas a quienes habían sido salvos. Los corintios eran posicionalmente santos delante de Dios.

Pero ¿qué hacemos con el pecado de este grupo de cristianos?  Como dijimos, ellos no estaban dando buen testimonio de esa salvación que ya tenían en Cristo Jesús. Pablo escribe en 2 Corintios 7:1, “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”.  Con estas palabras Dios estaba llamando a cada creyente en Corinto a crecer o completar su santificación personal, lo que nos trae al otro punto.

Santos por progresión

Lo que recién vimos en 2 Corintios 7 se llama santificación progresiva.  Ya que ellos habían sido santificados delante de Dios por medio de la sangre de Cristo Jesús, ahora tenían que separarse más y más del pecado.  En dependencia del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, tenían que ir día con día haciendo morir el pecado en su vida (Colosenses 3:5).

Gracias a Dios tenemos en nuestras Biblias esta segunda carta de Pablo a los corintios, en la cual leemos acerca del arrepentimiento y del cambio que la iglesia había experimentado. El Apóstol les escribe:

“Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios… Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto”, 2 Corintios 7:9, 11.

Pablo nos deja claro que la primera carta que les envío produjo en ellos convicción de pecado, lo cual les llevó al arrepentimiento. Eso es santificación. Los corintios habían sido reprendidos por el Apóstol Pablo, quien bajo la dirección del Espíritu Santo les enfatizó la necesidad de apartarse del pecado que estaban practicando. Estos hermanos eran creyentes posicionalmente santos en Cristo que estaban en el proceso de ser cada día más santos en el poder del Espíritu. Este proceso terminó cuando ellos se encontraron cara a cara con Cristo Jesús – acción que es llamada santificación final o glorificación.

Los cristianos de Corinto fueron santificados progresivamente por medio de la Palabra de Dios (la carta que recibieron de Pablo), la disciplina (Dios disciplinó a algunos hermanos que estaban en pecado según leemos en 1 Cor. 11:27-30) y la acción de la misma iglesia local (cuando decidieron obedecer las palabras de Pablo, y comenzaron a exhortarse unos a otros a dejar el pecado según leemos en 2 Cor. 2:6). Dios continúa hoy en día utilizando estos instrumentos para santificarnos.

Si has creído en la obra de Cristo Jesús en la cruz te pregunto lo siguiente, ¿Eres santo? Posicionalmente sí (eres santo delante de Dios por medio de Cristo Jesús), progresivamente estás creciendo en santidad (al hacer morir el pecado en tu vida día con día).