Aquellos que amamos a José Grau (1931-2014), el mejor homenaje que podemos hacerle, ahora que ya no está con nosotros, es considerar su pensamiento. Él nunca se sintió cómodo con las alabanzas, pero es importante recordar su enseñanza. Si hay algo que destaca en toda su obra e integra su pensamiento, es la afirmación central de la Biblia de la soberanía de Dios. Esta doctrina redescubierta en la Reforma del siglo XVI se resume a veces con el lema Soli Deo Gloria. La vida y la obra de Grau es en este sentido un claro testimonio de la gracia de Dios. Suele ser una sorpresa para aquellos que no conocen al autor de “Concilios” más que por su monumental obra sobre el catolicismo-romano, descubrir que casi toda su familia, a excepción de su abuela, no era en modo alguno religiosa. De hecho, un tío suyo le suministraba toda clase de lecturas clandestinas de ateos como Voltaire, a la vez que revistas anarquistas. Ya que Grau nació el primer día del año de la Segunda República, el 1 de enero de 1931, pero volvió a nacer espiritualmente en la década de los cincuenta, en plena efervescencia y fervor del nacional-catolicismo. Los que se imaginan que su controversia con Roma viene de algún tipo de resentimiento personal, no pueden ir más desencaminados, ya que él no era católico, sino agnóstico. Como muchas conversiones, la suya fue también progresiva. Pasó en primer lugar del ateísmo a una etapa de incertidumbre, en la que van a tener mucha influencia los Pensamientos de Pascal. Él recordaba: “lo que despertó mi inquietud espiritual no fue tanto el más allá como el más acá”. Puesto que “lo que buscaba no era una huida de la vida sino el encuentro con la misma”. Una porción del Evangelio de Juan, que había leído en la sección religiosa del periódico El Correo Catalán, le llevó a conseguir una Biblia de segunda mano en el mercado de Sant Antoni de Barcelona, un domingo por la mañana. Fue su lectura lo que produce su conversión a principios de los cincuenta. Toma entonces contacto con un párroco de su barrio, pero se siente defraudado por su sacramentalismo, ritualismo y profesionalismo impersonal. Aunque poco se podía imaginar aquel cura, a lo que llevaría su recomendación de leer las Confesiones de Agustín. Tuvo el efecto contrario a lo que pretendía. Puesto que el catolicismo de Agustín en el siglo V no tenía nada que ver con el catolicismo-romano de la España de entonces. Es a raíz de sus primeros contactos con algunos protestantes que comienza a asistir a algunos cultos evangélicos. Y tras una noche en vela, orando y buscando a Dios, comprende que Jesucristo es la revelación y salvación de Dios. Al día siguiente recibe a Jesús como su Señor y Salvador en 1953, sintiéndose inundado por primera vez de su presencia, lleno de la confianza y la paz del Espíritu de Santo. Aquel cambio radical no se le presenta como una opción más en la vida. Se da cuenta que es cuestión de Conversión o perdición, como titula su primer libro, que publicó Ediciones Evangélicas Europeas en 1960.

Sola Escritura

Muchos piensan que la pregunta fundamental a la que se enfrenta la religión es si Dios existe, pero Grau descubre que para el pensamiento bíblico, Dios es un hecho. Lo importante es saber si Dios ha hablado, para conocer quién es Él. Ya que “en cuestiones divinas, necesitamos certezas divinas”, solía decir. Ante el Sola Escritura de la Reforma siempre hay dos amenazas: el subjetivismo y la tradición. Está el peligro de la tradición que se levanta por encima de la Biblia. Ya que “no es la Iglesia la que determina lo que la Biblia enseña, sino todo lo contrario: Es la Biblia la que determina lo que la Iglesia tiene que enseñar”. Y al final de ¿Qué es la verdad? (E.E.E., 1965), Grau advierte también sobre el peligro del subjetivismo. Puesto que “el mismo Espíritu de vida que obra en el creyente quiere ofrecer a éste una base objetiva, firme e inmutable en donde apoyar la dirección de su vida”. Así que “la veracidad de la voz del Espíritu tiene su comprobación en la Biblia”. El fundamento apostólico (E.E.E., Barcelona, 1966) es un estudio excepcional sobre la autoridad de la Biblia. Ha sido libro de texto en muchos seminarios. Autores como René Padilla la consideran su mejor obra. Parte de la convicción profunda de que “los escritos bíblicos no poseen autoridad porque están en el canon, sino que están en el canon porque son inspirados” por Dios. Es por los profetas y apóstoles que Dios nos pone en contacto con la raíz de ese edificio espiritual, cuya “piedra del ángulo” es Jesucristo mismo (Ef. 2:20). Grau da así a conocer el pensamiento de Cullman, Ridderbos, Bruce y Ramm sobre la base del canon, por el que la Historia de la Revelación está íntimamente unida a la Historia de la Salvación. En un tiempo como este, en que sigue habiendo tanta confusión sobre el canon, esta obra nos recuerda con el prólogo de la Carta de Juan que no hay eslabón intermedio entre los apóstoles y cada generación de creyentes. La génesis del canon no hay que buscarla en la Historia de la Iglesia, sino en la Historia de la Salvación. Por eso es que tenemos que seguir manteniendo ante Roma que es inconcebible cualquier idea personal de sucesión apostólica. La tradición apostólica que encontramos en las Escrituras es la única forma de sucesión de la autoridad apostólica en nuestro tiempo. Esta obra sigue siendo de gran actualidad en esta época de restauración apostólica en tantos movimientos neopentecostales. Cuando hay tantas expectativas de la obra del Espíritu Santo a partir de una nueva autoridad apostólica, conviene volver a recapacitar sobre el papel único que tienen los apóstoles en la Historia de la Salvación. No podemos poner otro fundamento que el que está ya puesto, de una vez por todas. Como parte del Comité de la Unión Bíblica, Grau ha escrito abundante material devocional en las Notas Diarias sobre muchos libros de la Escritura, así como el volumen que abre la serie La Biblia y su mensaje sobre Génesis y Éxodo, pero también un buen número de comentarios bíblicos sobre el Antiguo Testamento de gran valor académico, como los que ha dedicado a Habacuc, Cántaras, Eclesiastés y Nahum, más recientemente. Son obras de gran rigor exegético, pero que nunca olvidan el poder de su mensaje. Ya que aunque él no lo creía, en el fondo era también un predicador. Muchos recordamos sus exposiciones por la pasión con la que comunicó el texto bíblico con una fuerza casi profética. De hecho, según maestros como Antonio Ruiz, que fue presidente de la Alianza Evangélica y es ahora director de la revista Edificación Cristiana, Grau tenía un don de discernimiento especial para captar la necesidad de cada momento. Era algo tan excepcional como la fidelidad que ha mostrado a lo largo de los años, en su amor a la verdad de la Palabra. La verdad y el amor han caracterizado su ministerio, como tan bien resalta en su pequeño gran comentario a la Carta de Juan.

Perseguido por su fe

Al considerar la inmensa labor literaria que ha hecho el señor Grau, no debemos ignorar que nunca podría haberla hecho sin la fiel ayuda de su esposa María Beltrán y la maravillosa gracia de Dios. Ya que es solo por su gracia que un proyecto así pudo nacer en 1958, cuando fue invitado por Don José María Martínez a formar parte del equipo de la Misión Evangélica Europea y se llegaron a publicar los dos primeros títulos con un falso píe de imprenta en Suiza, ya que estaban hechos en Barcelona. El impresionante trabajo que hizo al frente de Ediciones Evangélicas Europeas (EEE) fue pionero en muchos sentidos. Cuando no había libertad religiosa, publicó toda una serie de folletos y libros y evangelísticos, que presentaban la Buena Noticia en un lenguaje claro y comprensible para el contexto español. Aquella literatura fue providencial para la conversión de muchas personas. Tal instrumento en las manos de Dios se encontró sin embargo con una terrible oposición. El Viernes Santo de 1960 la policía confiscó cerca de cuatro mil ejemplares de libros y más de sesenta mil folletos, siendo procesado Grau al año siguiente, bajo la acusación de imprimir “literatura clandestina”. Todo aquel material fue destruido y el 13 de diciembre de ese año el diario británico The Times publicaba la noticia de las sentencias de un mes y un día de cárcel para Grau y el impresor Salvador Salvadó. Fichado así por la policía franquista, y con temor a ver destruida una obra tan costosa como Concilios, decide firmar este esfuerzo monumental en dos volúmenes, bajo el seudónimo de Javier Gonzaga en 1965 -bajo los auspicios de la Biblioteca del Congreso de los EE.UU., como si fuera la publicación de una editorial norteamericana que había en Grand Rapids, Michigan, EE.UU. (International Publications), cuando estaba hecha verdaderamente en Barcelona-. Tal obra no fue solamente un esfuerzo sin precedentes en el campo literario evangélico de todo el mundo, sino que todavía no se ha hecho nada similar. Personas reconocidas de muchos países han mostrado interés en traducir estos volúmenes a sus respectivos idiomas, pero es una labor que está todavía pendiente. Pensar cómo pudo hacer a esa edad una obra tan impresionante, es todavía un misterio para muchos de nosotros. La lucidez que allí demuestra, su claridad de ideas y su conocimiento erudito, evidencia no solo una extraordinaria disciplina y un impresionante dominio de la Historia de la Iglesia, sino unos rasgos de genialidad, por la que algún día será considerada como lo que es, una obra magistral, que está destinada a ser un clásico de la literatura evangélica.

La teología del Reino

Grau consideró que había dos asignaturas pendientes en el mundo evangélico español. Por un lado, la teología del Reino, y por otro, la de la Creación. Su literatura, por eso, frente a la superficialidad del lector que prefiere lo que René Padilla ha llamado alguna vez “basura evangélica con lindas cubiertas”, ha buscado abrir perspectivas a un pensamiento evangélico contemporáneo desde un claro fundamento teológico. Esa es la razón también por la que ha dedicado tantos años a la enseñanza, como profesor tanto del Instituto Bíblico y Seminario Teológico de España (IBSTE) de Castelldefels (Barcelona) como del Centro Evangélico de Estudios Bíblicos (CEEB) desde 1969, que auspicia la Alianza Evangélica Española, cuya Comisión de Teología ha dirigido y representado en varios congresos internacionales. No hay duda que Grau es una de las mayores autoridades protestantes del mundo en el campo del catolicismo-romano, pero su pensamiento ha sido tan importante en el mundo evangélico que fue invitado a hablar sobre los Obstáculos de la evangelización en el Congreso Europeo de Evangelización que tuvo lugar en Amsterdam (Holanda) en 1971, pero también en el Congreso sobre la Evangelización del Mundo que hubo en Lausana en 1974, donde se haría conocido por su contribución a la teología del Reino con autores latinoamericanos como René Padilla o Samuel Escobar. A partir de entonces, su pensamiento es cada vez más influenciado por la teología reformada. Es desde la teología del Reino que llega también a su polémica postura escatológica amilenial. Sus denuncias a la “escatología-ficción” le atraen un buen número de críticas, que hacen que muchos tengan todavía reparos con su teología. Para entender este debate escatológico, hay que darse cuenta que el dispensacionalismo es algo más que un sistema de interpretación de la profecía bíblica. Es toda una manera de ver a Israel, la Iglesia, la ética y el propio lugar del cristiano en el mundo. Muchos de estos enfoques y orientaciones eran completamente desconocidos antes del siglo XIX, pero han llegado a convertirse en algunos círculos en sinónimo de la ortodoxia bíblica. A Grau no le interesaba por eso tanto la cuestión del milenio, como la hermenéutica y la parálisis que esta escatología ha producido en el cristianismo evangélico. Ante el miedo a ser dejados atrás, tenemos que volver a insistir que la esperanza cristiana no es un mensaje de escapismo del mundo. Este es el mundo de Dios. Hay un gran futuro para el planeta Tierra. Como Lutero, podemos decir que aunque sepamos que Cristo va a venir mañana, todavía merece la pena plantar un árbol. Vivimos entre el ya y el todavía no, la tensión entre la realidad presente y la consumación que aún ha de venir. El Evangelio fue durante siglos un mensaje para transformar el mundo, ¡no puede quedar ahora reducido a un mensaje para resistir al mundo!

Teología de la Creación

La enorme inquietud intelectual de Grau ha ido siempre acompañada de una insaciable curiosidad por todo tipo de temas. Su conocimiento de la actualidad le ha hecho siempre estudiar con seriedad asuntos sociales, políticos y culturales, desde una perspectiva cristiana. Es así como introduce el pensamiento de Francis Schaeffer en todo el mundo de habla hispana. En su colección de Pensamiento Evangélico Contemporáneo aparecen también en castellano fieles traducciones de autores tan importantes como Stott, Morris, Berkouwer, Kevan, Hoekema o Stibbs. Estos textos venían siempre acompañados de reflexiones introductorias de Grau, que los adaptaba al contexto de nuestro país, algo que ninguna otra editorial ha hecho en nuestro medio. Él vio siempre la necesidad de una teología contextualizada. Hay una línea que recorre los diferentes libros que ha publicado sobre la sociedad, la política, el trabajo, el arte y el sexo. Es la teología de la Creación. Grau descubre que no sólo hay una Gran Comisión, que nos manda predicar el Evangelio a toda criatura (Mt. 28:19-20), sino que también hay un mandato cultural (Gn. 1:28). Es por eso que Ediciones Evangélicas Europeas, lo mismo publicaba un libro sobre la evangelización que sobre el trabajo. Sus autores incluyen tanto expositores bíblicos como Leon Morris, que un mecánico como Frank Deeks. En sus portadas, lo mismo está la Anunciación de María -como en Dios se hizo hombre-, que El último tango en París -como en Imágenes del hombre en el cine moderno-. Grau prescindió a partir de su lectura de Schaeffer de una división que el mundo evangélico todavía no ha superado, entre lo sagrado y lo secular. Es por eso que había pocas cosas tan apasionantes como una conversación con él. Hablaba de lo divino y de lo humano, por igual. Yo tengo una profunda deuda con Grau. A generaciones de estudiantes como la mía, exposiciones como las que hizo sobre Eclesiastés en un campamento de universitarios en los Pirineos, nos abrieron los ojos a la actualidad de la Biblia, pero también a la necesidad de enfrentarnos con valor a un mundo que todavía es de Dios. Es cierto que hay mucho en contra nuestra, empezando por nuestra propia carne, pero el poder de Dios es mayor que todos nuestros pecados. Por lo que debemos mirar hacía adelante con esperanza. La vida es difícil y no podemos esperar nada del hombre, ¡pero podemos esperarlo todo de Dios! Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que mora la justicia (2 P. 3:13). Ese ha sido el tema de muchas exposiciones de Grau. La visión profética que nos da la verdadera escatología, no se centra en un milenio o un cielo temporal, sino en la perspectiva de la resurrección que anuncia la nueva Jerusalén. Algo más que un paraíso recuperado, ¡una nueva ciudad en la que el Cordero reinará eternamente! Su llamado en el VI Congreso Evangélico Español fue a recuperar nuestras raíces teológicas y a sentirse orgulloso de ellas, manteniendo la unidad en la diversidad, alrededor de los grandes principios de la Reforma. Lo que nos une es la Verdad, no una organización. Por lo que aunque muchos nos consideren todavía sectas, nuestra preocupación ha de ser buscar primero el Reino de Dios y su justicia, que nuestra identidad nos vendrá por añadidura. Lo que está en juego hoy en día no es nuestra consideración social, sino el problema de la Verdad misma. Es la Verdad lo que hemos de proclamar, no a nosotros mismos. Al mundo ya no le interesa quiénes son los evangélicos, pero debemos ser testigos fieles de la Verdad, hasta que Él venga. Hay personas tan llenas de vida, que uno se da cuenta que han sido hechas para vivir para siempre. En su vitalidad y esperanza, Grau nos enseñó que ¡lo mejor está todavía por venir! Así que como aquel predicador decía, cuando os digan que hoy ha muerto, ¡no les creáis, está más vivo que nunca!