“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”, Romanos 8:28.

Romanos 8:28 es quizá uno de los pasajes bíblicos más famosos y citados de todas las Escrituras. En los versos anteriores (vv. 26-27), Pablo nos dice que “no sabemos” algo: No sabemos orar como debiéramos. Es decir, en medio de este mundo que gime —lleno de tanta maldad y sufrimiento— hay muchas cosas que nos acontecen que en verdad no entendemos y que en medio de nuestra debilidad no llegamos a comprender.

Por eso, la forma en que inicia el versículo 28 es reconfortante: “Y sabemos…”. Se nos dice que, aunque hay muchas cosas en nuestra vida que no terminamos de entender y por las cuales no sabemos cómo orar, ¡hay algo que sí podemos saber! Esta es una nota de grandiosa esperanza en medio de nuestra vulnerabilidad.

Entonces, sabemos que (1) Para los que aman a Dios (2) todas las cosas cooperan para bien (3) para los que son llamados conforme a Su propósito.

Para los que aman a Dios…

Lo primero que debemos entender es que esta promesa no es para todo el mundo. La expresión “los que aman a Dios”, califica directamente a sus receptores. Y se refiere a todos los cristianos, es decir, aquellos que han sido llamados por Dios y quienes por medio de la fe han sido justificados.

Algunos han llegado a creer que Dios coopera todas las cosas para bien solamente para aquellos “que le aman lo suficiente”. Dicen que, si mi amor por Dios es fuerte, las cosas cooperarán para mi bien; pero si mi amor por Dios es débil, esta promesa podría no aplicar. ¡Esto no es lo que dice Pablo! Romanos 8:28 no está condicionando el nivel de nuestro amor por Dios. Lo que sí nos enseña es que para los cristianos verdaderos —los que aman a Dios porque Él los amó primero— todas las cosas cooperan para bien, todo el tiempo.

… todas las cosas cooperan para bien…

En nuestra cultura hay un dicho muy famoso: “No hay mal que por bien no venga”. Es decir, “Si no te dieron el trabajo, es porque no te convenía. Seguro Dios te tiene uno mejor para ti”. “Si no te casaste con ese muchacho, es porque Dios te está librando de algún mal. Ya vendrá alguien mejor”. “Si no pudiste cerrar ese negocio, es porque seguramente algo malo iba a pasar. Ya Dios te abrirá la puerta para uno mejor”.

Aunque suene atractivo, esto no es precisamente lo que la Biblia dice en Romanos 8:28.

Primero que nada, cuando Pablo escribe “todas las cosas”, no lo limita a “todas las cosas buenas”. Lo que hace el dicho de “no hay mal que por bien no venga” es proponer que “todas las cosas” que deberían sucederle a una persona –sobretodo a los cristianos– deben ser “buenas”. Pero no solo eso, sino que también asume que “todas las cosas malas” que acontecen en nuestra vida serán reemplazadas por “cosas mejores”. Y esto tampoco es exactamente lo que nos enseña Romanos 8:28. Permíteme explicarlo mejor a través de una historia.

La vida de José es probablemente una de las más conocidas del Antiguo Testamento. Como recordarán, sus hermanos lo odiaban porque tuvo dos sueños en donde él se presenta como rey sobre ellos. Así que sus hermanos planean deshacerse de él, lo arrojan a un pozo, lo venden como esclavo en Egipto y le mienten a su padre, diciéndole que un animal salvaje lo ha asesinado. Estando en Egipto, José parece prosperar en la casa de Potifar, hasta que la esposa de este oficial le acusa (falsamente) de intentar violarla. Así que lo arrestan y lo ponen en prisión. Después de un tiempo, las cosas parecen empezar a marchar bien, pero sus esperanzas de salir de la cárcel se desvanecen cuando el jefe de los coperos del Faraón se olvida de él por dos años.

Finalmente, después de unos 17 años de que las cosas no parecen cooperar para ningún bien en su vida, José finalmente tiene oportunidad de interpretar el sueño del Faraón. Como resultado de ello, lo ascienden a lo que llamaríamos la vicepresidencia de Egipto. La hambruna del sueño de Faraón finalmente llega, y “casualmente” los hermanos Josué acuden a Egipto en busca de alimento. Ellos no le reconocen al inicio; José después se da a conocer y les dice: “No se entristezcan ni les pese el haberme vendido aquí. Pues para preservar vidas me envió Dios delante de ustedes” (Gn 45:5). Y esta expresión, “me envió Dios” nos ayuda a entender lo que José diría más adelante: “Ustedes se propusieron hacerme mal, pero Dios dispuso todo para bien” (Gn 50:20, NTV).

¡Esta es la versión veterotestamentaria de Romanos 8:28! Dios dispuso todo para bien… incluyendo la maldad de sus hermanos, la falsa acusación de la esposa de Potifar, el encarcelamiento, y el olvido de su amigo.

El ejemplo de José nos ayuda a entender que las cosas malas que nos acontecen, en verdad son malas y dolorosas. ¿Recuerdas cuál es el contexto de Romanos 8:28? ¡Sufrimiento! Una tierra que gime como con dolores de parto, y creyentes que gimen también a la espera ansiosa de su liberación. Entonces, esta promesa no quiere decir que Dios va a quitar el sufrimiento de hoy para reemplazarlo por algo bueno el día de mañana, ni que todo sufrimiento en el fondo tiene algo bueno. Lo que sí dice es que, en medio de nuestra vulnerabilidad, Dios obra providencialmente; en medio del sufrimiento, Él orquesta todas las cosas —las buenas y las malas— para que cooperen para nuestro bien.

… para los que son llamados conforme a Su propósito.

Otro problema que enfrentamos al interpretar Romanos 8:28 de acuerdo al dicho “no hay mal que por bien no venga” es que perdemos de vista el “bien” al cual se refiere. ¿Qué quiere decir que “todas las cosas ayudan a bien”? Definitivamente no podemos limitar su aplicación a un bienestar material, físico, ni circunstancial. Cuando la Biblia dice esto, alude a algo mucho mayor y sublime; un “bien” que está directamente relacionado con el propósito eterno de Dios.

El v. 29 nos amplía esta verdad cuando dice: “Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo”. Dios, al elegirnos como sus hijos —esto es, al conocernos de antemano— nos ha establecido una meta, es decir, nos ha predestinado para algo específico: que seamos conformados a la imagen de Jesucristo. Esta transformación dio inicio desde el momento en que Él nos llamó y culminará hasta que estemos con Él. Tal como lo expresó Pablo en Filipenses 1:6 “El que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.

Entonces, podemos concluir que todas las cosas cooperan a nuestra transformación a la imagen de Jesucristo. Y ese sí es el bien mayor. Así que, mientras aguardamos la redención de nuestros cuerpos, Dios ordenará todas las circunstancias de nuestra vida de modo que cooperen para este bien glorioso. Y ni siquiera las peores circunstancias o tragedias podrían apartarnos de este camino, sino al contrario, ¡nos impulsan aún más! Esta es una de las verdades más maravillosas del evangelio, expresada en palabras del pastor Tim Keller: “Jesús sufrió, no para que nosotros no tuviéramos que sufrir, sino para que cuando sufriéramos llegáramos a ser como él”.