Algunos dicen que la fe precede la regeneración. Otros afirman exactamente lo contrario. ¿Primero fe, luego regeneración? ¿O primero regeneración, luego fe?

Antes que nada, sería importante definir los dos términos teológicos a los que aludimos. Emplearemos las definiciones del teólogo Wayne Grudem. Por un lado, la fe se trata de una “confianza o dependencia en Dios basada en el hecho de que le tomamos a su palabra y creemos lo que Él ha dicho”. Por el otro, la regeneración es un “acto secreto de Dios en el que nos imparte nueva vida espiritual; a veces se le llama ‘nacer de nuevo’”.1

Así qué, ¿qué sucede primero: el creer la palabra de Dios (fe), o la nueva vida que Dios nos concede (regeneración)?

Para contestar cualquier pregunta, hace falta recurrir a la autoridad de la Palabra de Dios. El gran peligro para nosotros como seres humanos es el de basar nuestro entendimiento teológico en nuestro raciocinio. Tendemos a acercarnos a cualquier asunto doctrinal con convicciones fundamentadas en nuestra experiencia; pero la doctrina protestante de la Sola Scriptura nos enseña que todas las voces y opiniones humanas (incluso las nuestras) se tienen que someter a las declaraciones de la Sagrada Escritura.

Por lo tanto, ¿qué vemos en la Biblia al respecto?

¿Qué dice el Antiguo Testamento?

A pesar de que algunos creen que la doctrina del nuevo nacimiento solamente se da a conocer en el Nuevo Testamento, la verdad es que Dios ya enseñó a su pueblo acerca de la regeneración en los días del Antiguo Testamento. Por eso Jesús, cuando quería explicar la doctrina del nuevo nacimiento a Nicodemo, le preguntó: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?” (Jn. 3:10).

Algunos ejemplos sacados del Antiguo Testamento son los siguientes:

“Les daré un nuevo corazón para que me conozcan, porque yo soy el Señor; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí de todo corazón”, Jeremías 24:7.

“Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”, Jeremías 31:33.

“Y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman siempre, para bien de ellos y de sus hijos después de ellos”, Jeremías 32:39.

“Yo les daré un solo corazón y pondré espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su corazón el corazón de piedra y les daré corazón de carne”, Ezequiel 11:19.

“Entonces les rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos les limpiaré. Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”, Ezequiel 36:26-27.

¿Qué es lo que tienen los cinco pasajes citados en común? En cada instante, Dios es el agente activo. Es Dios quien concede el nuevo nacimiento, el nuevo corazón, el nuevo espíritu. Es la soberanía del Señor la que efectúa este cambio glorioso en el seno de los hijos de Adán. Dios lo hace porque el ser humano caído es incapaz de cambiar su depravado y esclavizado corazón. El hombre natural no desea a Dios. No quiere creer en el Señor de gloria. “No hay quien busque a Dios” (Ro. 3:11). El pecador no es capaz de obrar fe salvadora en su propio corazón.

¿Qué dice el Nuevo Testamento?

Las tres metáforas utilizadas por el Nuevo Testamento para desarrollar el concepto de la salvación sirven para resaltar la naturaleza pasiva del pecador ante Dios. Las metáforas son: una resurrección (Ef. 2:1), una creación (2 Co. 5:17) y un nuevo nacimiento (Jn. 3:3).

  • En primer lugar, la persona que resucita lo hace por el poder de una fuente externa a ella. La hija de Jairo no pudo levantarse a sí misma de la muerte.
  • En segundo lugar, una persona creada depende de un poder externo a ella para ser creada. Adán y Eva no podrían haberse creado a sí mismos.
  • Y en tercer lugar, una persona que nace (como tú o yo) no puede producir su propio nacimiento. En cada caso, la persona es pasiva. De esta manera nadie se puede gloriar en la presencia de Dios ya que la salvación es cien por cien del Señor.

Por lo tanto, para que el hombre crea de veras y busque a Dios, hace falta un cambio radical de naturaleza, un auténtico milagro de lo alto. Es por esta razón que Jesús, en su charla con Nicodemo, le dice al fariseo que: “En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5). Es muy probable que al hacer esta aseveración, nuestro Señor tiene en mente el pasaje de Ezequiel 36:25-27.

¿Cómo entramos, pues, en el reino de Dios? Mediante la fe en el evangelio (Mr. 1:15). Pero Jesús aquí revela que antes de poder entrar en el Reino, resulta necesario el nuevo nacimiento. Primero nacemos de nuevo, luego entramos en el reino de Dios. Para citar a Grudem de nuevo: “Entramos en el reino de Dios cuando nos convertimos en creyentes, en la conversión. Pero Jesús dice que tenemos que ‘nacer de nuevo’ antes de que podamos hacer eso’”.

Dios nos concede nueva vida, y la primera evidencia de esta vitalidad espiritual es nuestra conversión, a saber, fe y arrepentimiento. Antes de que haya vida, la fe y el arrepentimiento son imposibilidades.

Algunos ejemplos

Lázaro estaba muerto en la tumba. No podía salir porque estaba difunto. Pero luego le llegó la palabra creadora de Cristo: “¡Lázaro, ven fuera!” (Jn. 11:43). Humanamente hablando, es imposible que Lázaro responda al mandamiento de Cristo. No puede hacer nada porque está clínicamente muerto. No obstante, la palabra de Jesús creó nueva vida en Lázaro, y al instante el difunto se levanta y se pone a andar. En la salvación del pecador sucede exactamente lo mismo. La nueva vida es la regeneración. Dios regala nueva vida. E inmediatamente, las primeras obras del nacido de nuevo son fe y arrepentimiento. Se pone a andar porque Cristo ya le ha concedido vida espiritual.

No es por nada que el Nuevo Testamento describe la regeneración como una resurrección de entre los muertos. Aquí hay algunos ejemplos.

“Y Él os dio vida a ustedes, que estaban muertos en vuestros delitos y pecados”, Efesios 2:1.

“Aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados)”, Efesios 2:5.

“Y cuando estaban muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, les dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos”, Colosenses 2:13.

Todos los que somos del Señor estábamos tan muertos como Lázaro. Pero Cristo envió su palabra de salvación por medio del evangelio, llamándonos a salir fuera. En nosotros no había tal poder. Sin embargo, el hermoso Espíritu de Dios hizo una obra portentosa, venciendo nuestra enemistad y llevándonos a los pies de Cristo. Como lo expresó Arthur Pink, el Espíritu Santo “es quien aplica el evangelio al alma con poder salvador: vivificando a los elegidos, cuando aún están muertos, conquistando sus voluntades rebeldes, ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos”.2

Sin esta obra regeneradora del Espíritu Santo —el cual sopla de donde quiere— no podemos ejercer ninguna clase de fe en el Señor Jesús. Si volvemos a leer la promesa de Ezequiel 36:27, vemos este orden claramente: “Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”. En primer lugar, Dios envía su Espíritu a nuestras vidas (regeneración), y luego podemos cumplir con sus estatutos y ordenanzas (el llamamiento a la fe y al arrepentimiento).

Dios se lleva la gloria

En respuesta a nuestra pregunta inicial, ¿primero fe, luego regeneración? Con el peso de los textos bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento, además de la enseñanza clara de nuestro amado Salvador, es indudable que la regeneración precede a la fe. Es decir, no creemos para nacer de nuevo, sino que creemos porque hemos nacido de nuevo. Y puesto que tanto la regeneración como la fe son dones de Dios, decimos juntamente con los reformadores protestantes: ¡Soli Deo gloria! (a Dios únicamente sea toda la gloria).


1. GRUDEM, Wayne, Doctrina bíblica (Vida: Miami, 2005), p. 302.
2. PINK, Arthur, Los atributos de Dios (Estandarte de la verdad: Edimburgo, 2010), p. 81.
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