Fragmento adaptado de Dios en el torbellino. Cómo el amor santo de Dios reorienta nuestro mundo. David F. Wells. Publicaciones Andamio.

Hoy, en la iglesia evangélica, hay aparentemente muchos que han tomado decisiones por Cristo, que afirman haber nacido de nuevo, pero que evidencian muy poco la relación con Cristo que afirman tener. Algo está fallando seriamente si, como señaló George Barna, solo un nueve por ciento de quienes afirman haber tenido un nuevo nacimiento ni siquiera tiene un mínimo conocimiento de la Biblia, si no se aprecian diferencias en su manera de vivir comparada con la población de valores seculares, y si los nacidos de nuevo están descolgándose por decenas de la asistencia a la iglesia. Si, de algún modo, esta estadística está cerca de ser exacta, entonces el evangélico se ha convertido en un ente autónomo y muchos de los que afirman haberlo aceptado nunca se han introducido en la vida cristiana a través de lo que debió haber sido el paso de acceso. El evangelio se ha convertido, en efecto, en el punto final. No inauguró una vida de santificación creciente.

Para ellos, o la santificación nunca fue una parte de la vida cristiana, o se la ha dejado en alguna parte. En la justificación no hemos sido meramente absueltos, sino que esta absolución es la base para estar unidos a Cristo en su muerte y resurrección. No podemos, por tanto, vivir ya más por nosotros mismos. Debemos vivir “para el que murió” y fue resucitado por nosotros (2 Corintios 5:15). Pablo dio la espalda a sus viejos hábitos de auto-justificación. Eso, pienso, es lo que quiso decir al afirmar que estaba “crucificado con Cristo”. De ahí en adelante, dijo: “y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20). Si pertenecemos a Cristo, habremos “crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). Si sufrimos, es así para que “también su vida se manifieste en nuestro cuerpo mortal” (2 Corintios 4:11). Todo esto está inscrito en la manera en que el Nuevo Testamento establece la relación entre el evangelio y la santificación. Creemos en el evangelio, no solo para que nuestra culpa sea perdonada, sino para que, de ahí en adelante, de una manera diaria, vivamos para Cristo, caminando en sus caminos, viviendo por el poder del Espíritu Santo, el cual nos conduce por los senderos de la santidad​.

Dios no solo se volvió a nosotros, sino que en ese volverse a nosotros nos reclamó y recuperó para sí. Nos hizo de su propiedad. Nuestra justificación fue la entrada a esto, pero la acción de Dios no terminó con nuestra justificación. Junto a esa declaración había otra acción. Fue distinta de la justificación, pero estaba también en continuidad con ese acto de gracia que nos trajo el perdón. Dios nos justificó y entonces nos desarraigó de lo que éramos, de la existencia en la que vivíamos, y nos transfirió a una existencia completamente nueva.


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