Todos hemos recibido una de esas llamadas que no nos gustan. Alguien que nos tiene malas noticias, noticias que en ocasiones nos afectan profundamente. O puede que no tenga nada que ver con nosotros directamente, pero que nos afectan porque están causando un profundo dolor en personas que amamos.

El sufrimiento jamás se puede evitar. Bien nos enseñó nuestro Señor que “En el mundo tendrán tribulación” (Jn. 16:33). Y sin duda, a veces es más fácil enfrentar el sufrimiento uno mismo que ver a un buen amigo sufrir. No sabemos qué decir o cómo responder. Muchos queremos consolar, pero tenemos miedo de que diremos algo equivocado o solo empeoremos la situación. Aunque tengamos el amor y el deseo, las palabras de aliento pueden faltarnos.

Una teología correcta

Es en estos momentos que tenemos que volver a una teología robusta, con categorías bíblicas para el dolor, el sufrimiento, y el lamento. América Latina esta saturada con teologías que no hablan del sufrimiento, o cuando hablan al respecto, suponen que el sufrimiento es por falta de fe, por algún pecado grave, o que es causado por alguna fuerza demoníaca. Al mismo tiempo, hay muchos no creyentes que aprovechan el sufrimiento para señalar que no puede existir un Dios bueno.

Cuando nuestra teología no puede soportar las circunstancias de nuestra vida, terminaremos sofocados por nuestras circunstancias. Para ser más específico, lo que creemos acerca de la bondad y la soberanía de Dios tiene que ser tan robusto que puede soportar la plenitud de experiencias que se viven en este mundo. Si el concepto de Dios que nosotros predicamos no puede ser predicado en toda época, en todo contexto, y en toda circunstancia, hemos reducido a Dios a un ídolo hecho particularmente para nuestra etapa del mundo.

La teología de la prosperidad en América Latina ha tratado de destronar a la Teología Propia (la doctrina de Dios), reduciendo a Dios a un imán que concede los sueños de los que se portan bien. Pero lo que la Palabra de Dios enseña acerca de Dios es mucho más profundo, robusto, y hermoso. Dios utiliza toda circunstancia en nuestra vida, sin importar qué tan malo parezca, para nuestro bien y para su gloria. Y si es para la gloria de Dios, es para nuestro bien.

Ayudando a los que sufren

Entonces, ¿cómo respondemos cuando un amigo sufre?

Primero: Nos gozamos con los que se gozan, y lloramos con los que lloran (Rom. 12:15). No evitamos el sufrimiento ni el dolor, y tampoco lo ignoramos. Lloramos juntos, y nos dolemos juntos. Como ya dijimos, en este mundo siempre habrá dolor. Es inevitable, y está totalmente bien expresarlo, llorarlo, y sentirlo. No somos robots que, por fe, ya no sentimos dolor. Este mundo caído, en su último aliento, nos sigue afectando profundamente. Esto en particular debería ser reflejado en la familia de fe. Cuando nuestros hermanos o hermanas sufren, la misma familia de fe —la iglesia— sirve de apoyo simplemente con llorar juntos.

Segundo: Abrazamos la soberanía de Dios. Eclesiastés 7:14 nos enseña: “Alégrate en el día de la prosperidad, Y en el día de la adversidad considera: Dios ha hecho tanto el uno como el otro”. A Dios no le sorprende nuestro sufrimiento. Lo que es más, él está en control de toda situación que nos cause dolor. Nos trae mucha paz el saber que cualquier dolor que nosotros pasamos viene controlado por la mano de nuestro Dios bueno que sabe lo que necesitamos. Y por ende, tenemos por gozo el enfrentar diversas pruebas (Stg.1:2), porque sabemos que Dios está formando algo en nosotros para nuestro bien y para su gloria.

Tercero: Volvemos al evangelio. Cristo ya ganó. El pasaje de Juan que vimos antes también tiene una hermosa promesa: “En el mundo tienen tribulación; pero confíen, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). No hay tribulación en este mundo que tenga la habilidad de volver a poner a Cristo en la tumba. Él conquistó. La victoria es suya. Al final, la muerte no va a ganar. El dolor no va a ganar. El sufrimiento no va a ganar. El agarre de los efectos del pecado ha sido aflojado, y jamás volverá a tener poder. Y aunque el aguijón de la muerte duele, la muerte ya murió.

Cuarto, Recordamos que Dios no está lejos. Salmo 34:18 “Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón”. Él nos ha enviado el gran consolador. Él consuela, da fortaleza, nos llena de paz. En Romanos 8 Pablo nos explica que aunque no sabemos cómo orar, quizás por algún amigo que esté pasando algo difícil, el Espíritu está con nosotros e intercede por nosotros. Tenemos promesa tras promesa que Dios jamás nos dejará y jamás se apartará (p.ej. Heb. 13:5-6, 1 Ped. 5:7, Sal. 73:23-26, Sal. 23:1, Sal. 139).

Por eso, oramos que Dios fortalezca y consuele los corazones de los que sufren. Oramos que Él se magnifique en el sufrimiento. Oramos que Él se dé a conocer a otros por el sufrimiento. Oramos que Dios use el sufrimiento para conformarnos más y más a la imagen de Cristo. Y oramos que, a pesar del dolor que pueden estar pasando aquellos a quienes amamos, podamos juntos reconocer que Dios es digno de nuestra adoración.