“La tradición es la fe viva de los que murieron. 
El tradicionalismo es la fe muerta de los que viven”
Jaroslav Pelikan
 
La iglesia reformada, una vez que se instala y difunde su predicación del evangelio en Escocia bajo el liderazgo de John Knox —alumno y colaborador de Juan Calvino—, tomó en el siglo XVI el nombre de iglesia presbiteriana. Esto fue así principalmente por su forma de gobierno, que consiste en consejos compuestos por varones con sabiduría, experiencia y dones para ejercer el gobierno y la enseñanza en la iglesia. A estos varones también se les llama en la Biblia de “presbíteros”, que significa literalmente “ancianos”. Al ser una iglesia gobernada por consejos de presbíteros, las iglesias reformadas de Escocia se popularizan más con el nombre de presbiterianas.
 
Quise comenzar con esta breve introducción histórica para puntualizar un hecho: ser presbiteriano es ser reformado. Históricamente, incluso, es ser de la primera generación de reformados. Esto no nos da privilegios, ni muchos menos debería producir en un presbiteriano orgullo o arrogancia. Todo lo contrario: debe infundir humildad y un gran sentido de responsabilidad, pues entendemos que “reformado” no es más que un nombre (importante y útil, sin duda) para designar la búsqueda por ser constantemente renovados a la luz de la Escritura por el poder del Espíritu Santo. Por principio, la búsqueda constante e incansable por ser consistentemente reformados es lo que debería, por lo tanto, caracterizar a los presbiterianos. Tristemente, en la historia reciente de algunas iglesias y denominaciones de tradición presbiteriana y reformada (como la PCUSA) ha ocurrido un abandono de los principios que nos caracterizan como tal, al punto que, a mi entender, han perdido la esencia de su carácter reformado y presbiteriano.
 

Entonces, al final ¿qué es ser presbiteriano? A mí entender es la búsqueda de ser coherentemente reformado en, al menos, 3 aspectos muy básicos y fundamentales:

1. Es ser confesionalmente reformado

Esto significa que reconocemos la necesidad y el altísimo valor de aquellos documentos donde la iglesia de Cristo ha manifestado explícitamente, después de haber estado reunida en concilio (como en Hechos 15), su posición doctrinal sobre materias fundamentales de la fe cristiana. Un documento doctrinal o confesión de fe no es la base ni el sustento de la fe de un presbiteriano, ya que sólo la Biblia, que es la Palabra de Dios, es la única regla de fe y práctica. Pero una confesión es la expresión de esta fe, cuyo fundamento es la Escritura. De esta manera, se da un complemento saludable donde las confesiones de fe sirven de marco para el actuar de la iglesia y del creyente, pero este marco, a su vez, está bajo el escrutinio de la Palabra de Dios como juez último.
 
En este sentido, los presbiterianos tenemos una serie de documentos que nos caracterizan, siendo el principal de ellos la Confesión de Fe de Westminster (publicada en Inglaterra en 1648). Otros documentos son también: los Catecismos Mayor y Breve de Westminster (1649), el Catecismo de Heidelberg (1563), la Confesión Belga (1568) y documentos del cristianismo histórico, tales como el Credo Apostólico y el Credo Niceno-Constantinopolitano (siglo IV). Esto facilita para el presbiteriano que tenga una identidad comunitaria amplia, no solo en términos geográficos o de espacio sino también en términos históricos o de tiempo, ya que nos sentimos hermanos con los cristianos que lideraron la revolución norteamericana de 1776, con los pastores reunidos en el
Sínodo de Dordrecht en 1618, con los hugonotes muertos en la matanza de San Bartolomé el 24 de agosto de 1572, con los valdenses del siglo XII e incluso con los cristianos de los siglos II y III perseguidos en el imperio romano, por igual.
 

2. Es ser pactalmente reformado

Esto significa que creemos en una unidad fundamental del pacto del Antiguo y Nuevo Testamentos. No creemos que Dios improvisó nuevos pactos a medida que los anteriores iban fallando, sino que su decreto eterno siempre fue revelar el pacto que hoy podemos disfrutar en el sacrificio de Cristo (Ap. 13.8) y para eso fue revelando progresivamente los distintos pactos del Antiguo Testamento, como preparación y preanuncio del pacto definitivo que Cristo hizo con el Padre. Como la misma palabra griega usada en la Biblia lo indica, el nuevo pacto es “nuevo” en el sentido de “renovado”, no de algo absolutamente nuevo y original.
 
Dios dio una renovación definitiva a los pactos del Antiguo Testamento en la persona de Jesucristo. Esto implica, sin duda, el abandono de ciertos rituales y de la identidad nacional del pueblo de Dios de antes de Cristo. Pero implica también que, en su esencia, el pacto que podemos disfrutar los cristianos hoy con nuestro Dios no es otra cosa sino la continuidad y plenitud de aquel pacto antiguo. Esto es especialmente notorio en los sacramentos, ya que en vez de Pascua, celebramos la Santa Cena (Mat. 26.26-29) y en vez de circuncisión, celebramos el bautismo como señal de que alguien pertenece al pueblo de Dios (Col. 2.11-12).

3. Es ser eclesiológicamente reformado

Esto significa entender que, si bien Dios no nos dejó en Su Palabra una única forma de culto ni una única forma de gobierno para la iglesia, la diversidad que se pueda dar en estas áreas debe estar sometida a las reglas generales de la Escritura.
 
Por lo tanto, en cuanto a la adoración comunitaria, ya que esta se centra en Dios y consiste en la búsqueda de agradar al Señor y no a los hombres, la eclesiología presbiteriana busca guiarse por el principio reformado de que el culto debe ser entregado mediante la fe en el sacrificio de Cristo, teniéndole a Él como centro en todo momento. También implica que aquellos elementos que no son ordenados para el culto en la Escritura deben ser quitados o prohibidos del culto cristiano (Principio Regulador del Culto) conforme deducimos claramente del 2º mandamiento: “no debemos adorar al Señor conforme a nuestra imaginación”. Es evidente que las circunstancias del culto varían según el contexto cultural o histórico (estilo musical, vestimentas, horarios, expresiones de adoración, etc.) y eso está bien. Pero los elementos son solo aquellos que la Biblia ordena: lectura y predicación de la Palabra, oración, canciones congregacionales de contenido bíblico, sacramentos, acciones de gracias. 
 
Además, la eclesiología reformada entiende que el gobierno de la iglesia Cristo lo ejerce mediante hombres a quienes dio la sabiduría y los dones para gobernar la iglesia. Estos hombres son los presbíteros. Si bien por causa del sacerdocio universal de los creyentes, la asamblea de los hermanos es la que reconoce el don cuando los elige, una vez reconocido este don, los presbíteros son quienes deben gobernar mediante la enseñanza y aplicación de la Palabra. Algunos presbíteros, llamados de “docentes” (en América Latina les decimos pastores) se han preparado en Seminarios y reciben un sustento de la iglesia para dedicarse a la enseñanza, conforme instruyó el apóstol Pablo (1 Timoteo 5.17-18). Sin embargo, ellos no ejercen el gobierno solos sino en consejo con los demás presbíteros, buscando con esto que jamás un pastor, mediante su personalidad, autoridad o carisma, se enseñoree del rebaño que no le pertenece (1 Pedro 5.1-4). 
 
Como un detalle eclesiológico más que se hace necesario destacar en estos últimos días, quisiera recordar que las iglesias presbiterianas, por principio de gobierno, tienden a ser movimientos nacionales (no confundir con “nacionalistas”), y por lo tanto no somos iglesias que se colegien internacionalmente y no tenemos ningún tipo de gobierno internacional, sino que cada iglesia presbiteriana de cada país es independiente en relación a las de otros países, al punto de constituir, administrativamente, denominaciones distintas (aunque siempre puede haber vínculos fraternos). Esto implica que la decisión de un determinado concilio de una iglesia presbiteriana de Estados Unidos, por ejemplo, no afecta ni obliga las decisiones o prácticas de iglesias presbiterianas de otros países como Chile, Brasil o Argentina.
 
En fin, una tradición confesional y eclesiástica de más de 450 años, como la de las iglesias presbiterianas, no puede ser resumida en un breve post. Sin duda quedan muchas cosas en el tintero que mis colegas y amigos presbiterianos me recriminarán que no dije, y lo harán con justa razón. Pero mi intención aquí ha sido solamente dar una breve pincelada introductoria, casi como el inicio de una conversación para que, especialmente en América Latina, se pueda empezar a conocer qué significa ser presbiteriano. Nuestro anhelo es que también presbiterianos y evangélicos en general podamos valorar y apreciar nuestra identidad y tradición en su justa medida, no como tradicionalistas que idolatran costumbres y personas humanas, sino como creyentes que adoramos sólo a Cristo y que le agradecemos a Él la historia que nos ha dado y el ejemplo de los pastores que nos precedieron (Hebreos 13.7-8).