“El hombre, embobado sobre la pantalla de un teléfono inteligente, o desplazándose por los medios de comunicación con las yemas de sus dedos, es como un gorila que meticulosamente recoge insectos de su propio pelaje”.

Ese fue el comentario subversivo del antropólogo Thomas de Zengotita. Tanto el adicto a la pantalla como el gorila tienen un enfoque del cuello hacia abajo que se centra en su propia imagen.

La asociación aquí es graciosa (y no tan graciosa), y si C. S. Lewis viviera en la era digital, creo que dejaría escapar una carcajada ante la correlación. Ciertamente nos ofrecería muchas advertencias, y probablemente una de ellas sería los peligros de preocuparse por el cuidado de la imagen, o como él lo llamaba, “incesante autobiografía”.

En su ausencia, haré mi mejor esfuerzo para explicar sus conexiones.

Satanás como trotamundos

La advertencia de Lewis contra la “autobiografía incesante” se origina en sus reflexiones sobre El paraíso perdido de John Milton, en un pequeño libro publicado por Lewis como A Preface to Paradise Lost [Un prefacio al Paraíso perdido].

Allí Lewis se asombra con el Satanás de Milton, y su represivo enfoque en sí mismo.

El Satán de Milton, no muy diferente al Satán de la Escritura, es un trotamundos, viajando desde las alturas del cielo hasta las profundidades del infierno. Es un ser libre, con poderes ilimitados de viaje y presencia, teletransportándose alrededor del cosmos con lo que parece ser una libertad cuya extensión es incomparable a cualquier otra criatura (Is. 14:12-13; Job 1:7; 2:2; Luc. 10:18; 1 Ped. 5:8; Apoc. 12:9).

Pero por medio de sus viajes cósmicos, Satanás se hunde más profundo en un narcisismo corrompido. Al estar despreocupado por cualquier valor o juicio fuera de sí mismo, se convierte en su propio dios, o eso él piensa. En realidad es una criatura atrapada dentro de la eterna prisión de sí mismo. Parece tener una cantidad ilimitada de millas de viajero frecuente para viajar por el cosmos, pero en realidad, está atado dentro del confinamiento solitario de sí mismo, una prisión de la que nunca podrá escapar.

El Satanás de Milton está atascado. Todo lo que dice es propaganda sobre sí mismo. No tiene ninguna esperanza de escapar del ácido de su narcisismo. No puede ser simplemente una criatura en la presencia de su Creador. Habla solo de sí mismo. Se ama solo a sí mismo. Está centrado solo en sí mismo.

Así escribe Lewis: “Admirar a Satanás en Paraíso perdido, es echar nuestro voto no solo por un mundo de miseria, sino también por un mundo de mentiras y propaganda, de ilusiones, de incesante autobiografía” (102).

Adán en cuarentena

En marcado contraste, encontramos en la obra de Milton al Adán antes de la caída, quien prospera en la condición inversa, de acuerdo a Lewis.

“Adán habla de Dios, el árbol prohibido, el sueño, la diferencia entre la bestia y el hombre, sus planes para el mañana, las estrellas, y los ángeles. Habla de sueños y nubes, del sol, de la luna, y de los planetas, de los vientos y de los pájaros. Él relata su propia creación y celebra la belleza y majestad de Eva…

Adán, a pesar de estar localmente confinado a un pequeño parque en un pequeño planeta, tiene intereses que abarcan ‘todo el coro del cielo y todo el mobiliario de la tierra’. Satanás ha estado en el cielo de los cielos y en el abismo del infierno, y ha examinado todo lo que existe entre ellos, y en toda esa inmensidad ha encontrado solo una cosa que le interesa”. (102) 

Satanás ha estado en todas partes, y en todo lo que puede pensar es en sí mismo. 

Adán ha estado prácticamente en ningún lado, y en todo lo que puede pensar es en las maravillas a su alrededor.

Adán está confinado, y sin embargo su mente se fija en maravillas universales. Este comentario profundamente perspicaz de Lewis nos abre todo un mundo de pensamiento en la era de los teléfonos inteligentes y las redes sociales (por no hablar de los viajes globales).

El aburrimiento del pecado

No podemos perder de vista estos dos contrastes.

Primero, Satanás es un cuadro de aburrimiento egocéntrico; Adán es un cuadro de asombro centrado en Dios.

Satanás ha caído en una trampa que Tim Keller llama “pecado avanzado”. El pecado avanzado te hace un ser especialmente aburrido y que aburre. ¿Por qué? “Porque todo lo que te preocupa es cómo estás, cómo te ves, cómo te están afectando las cosas. Siempre hay un agravio. Autobiografía incesante. Nunca puedes salir de ti mismo. Siempre sientes lástima por ti mismo”.

“El pecado te hace mediocre. No hay nada más aburrido que personas que siempre están preocupadas por cómo se ven. El pecado te convierte en ese tipo de persona poco interesante, sin principios, superficial, y aburrida. Una persona que parece que no ha dormido, no sonríe, y está concentrada en el yo. Esa es la esencia del pecado. El pecado no te hace malo antes de hacerte aburrido”, advierte Keller. “Eso es lo primario del pecado. Autobiografía incesante”.

“Verdaderamente hay algo satánico en una persona que no tiene intereses fuera de sí mismo”, dice Lewis. Semejante autoconsumo, tal narcisismo, refleja el más verdadero y más profundo aburrimiento del mismo Satanás.

Smartphones y viajes

En segundo lugar, vemos un profundo contraste entre las formas en que los límites permiten que la mente y el corazón se deleiten en las maravillas de Dios y de la creación.

Adán ha abrazado su finitud encarnada, ha abrazado su hogar, su jardín local, y de este arraigo su corazón se expande a todas las extensiones del cosmos que le rodea. Adán está vivo para maravillarse, y está lleno de profunda celebración mientras se enfoca en lo que está fuera de sí mismo. Esto se debe a que Adán está bien enraizado.

Milton lo vio. Lewis lo vio en Milton. Keller lo ve en Milton y Lewis. Y Chesterton también lo vio. 

Hay una humildad que nos permite ser gente que echa raíces. “En el momento en que estamos arraigados a un lugar, el lugar desaparece. Es entonces que vivimos como un árbol que tiene toda la fuerza del universo”, escribió una vez G. K. Chesterton. Continúa:

“El trotamundos vive en un mundo más pequeño que el de un campesino. Siempre respira aire local… El hombre en la peluquería ha visto todas las razas, y piensa en las cosas que dividen a los hombres, en la dieta, el vestido, el decoro, los anillos en la nariz en África, o en las orejas como en Europa, pintura azul en los antiguos británicos, o pintura roja en los modernos. El hombre en el campo de col no ha visto nada en lo absoluto; pero piensa en las cosas que unen a los hombres: el hambre y los bebés, la belleza de las mujeres, y la promesa o amenaza del cielo… El trotamundos… no tiene la paciencia para ser parte de nada” (Works, 1:60).

La vida de Adán está intencionalmente arraigada en un lugar. Fue creado para un lugar. Llamado para servir un lugar. Y una vez que te encuentres profundamente arraigado en ese lugar, entonces tus intereses se ramificarán de manera natural hacia lo cósmico y universal.

La línea fronteriza de la maravilla

Vivir dentro fronteras físicas y limitaciones, como la línea fronteriza alrededor de la teología ortodoxa, nos despierta a nuevas glorias. “Las fronteras evocan un nuevo sentido de admiración reverencial”, dijo Chesterton, ya que “el desierto más extenso parece más grande al ser visto a través de una ventana”.

Físicamente, esto es lo que nos conecta a películas como La familia Robinson (1960). “Aunque al principio el océano que rodea la isla en la que naufragan los Robinson parece un limitante, luego de un tiempo se dan cuenta de la riqueza y belleza de la isla, y crean su propia sociedad, una sociedad que nosotros (la audiencia) encontramos rica y aventurera. Y por esto la atracción” (David Harden, 17).

Pero la era digital quita el borde que delimita nuestras vidas mortales. Los teléfonos inteligentes son un portal hacia las alturas y profundidades del universo conocido. Nuestra adicción a los teléfonos inteligentes demuestra nuestro amor por la libertad de las fronteras, por ser capaces de escapar de todos los límites del espacio e incluso del tiempo. Nos convertimos en trotamundos. Y toda nuestra libertad solo genera dentro de nosotros más aburrimiento, haciendo más difícil maravillarse en presencia de las cosas universales.

¿Estás atrapado en el espejo?

¿El resultado de todo esto? Rápidamente utilizamos la tecnología y los viajes como una manera de escapar el lugar en donde estamos. Odiamos estar confinados a nuestra ubicación física. Estamos desesperados por escapar. Viajamos para poder encontrar nuestro valor en las redes sociales. Hacemos viajes, no para que podamos disfrutar de otros lugares, sino para poder exhibirnos.

Para muchos, la movilidad global es impulsada por el deseo de elaborar el próximo capítulo de nuestra “incesante autobiografía”. Y mientras estamos en casa, viajamos por el mundo virtual, pero nos encontramos atrapados dentro de nuestro propio narcisismo. Lo que proyectamos al mundo se convierte en lo que nos mueve, el objetivo de nuestros viajes, y el propósito de nuestras vidas digitales. Nos volvemos aburridos y ciegos a la admiración.

Ya sea que seamos adictos a los viajes globales, o a vagar por el internet, necesitamos a Cristo para cortar el narcisismo de nuestros corazones, para protegernos del veneno del implacable autoenfoque, y para liberarnos de la prisión que destruye el asombro, la cual viene de nuestra propia “incesante autobiografía”. Fuimos creados para arraigarnos, y para estar arraigados, para encontrar asombro y maravilla fuera de nosotros mismos.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Diana Rodríguez.
Imagen: Lightstock