Mucha gente piensa que la ciencia y la fe se contradicen. Sin embargo, es cosa de dar un breve vistazo a la historia para darnos cuenta de que los creyentes (en general) y los cristianos (en particular) han estado involucrados activamente en muchos descubrimientos y avances científicos, y han mantenido su fe.

El modernismo y el naturalismo de los siglos XIX y XX postularon que la razón y la ciencia podían explicar la totalidad de la realidad, y por lo tanto Dios, la fe, y la religión estaban de más. Aunque el tiempo ha pasado y nuevas filosofías han desafiado dichas ideas, hoy somos herederos de este tipo de pensamiento: la ciencia y la fe son vistas como contradictorias.

Y no solo los modernistas o naturalistas piensan así. Muchos cristianos ven la ciencia con cierta sospecha. La ven como algo intrínsecamente malo o peligroso. Quizá este rechazo a la ciencia es una reacción a la hostilidad generalizada de la comunidad científica y académica moderna hacia la religión. Quizá el rechazo revela más bien una falta de confianza en la propia religión de parte de los creyentes, o una incapacidad de ver la relevancia de la ciencia para la vida religiosa. Como sea, muchos creyentes creen que la ciencia y la fe no pueden ir de la mano.

Dios en su Palabra desafía todas estas perspectivas. De hecho, nos llama a desafiarlas en nuestras propias vidas como cristianos. Lejos de concebir la fe y la ciencia como contradictorias, o de separarlas en nuestras vidas, los cristianos debemos interesarnos e involucrarnos en la investigación científica. Aquí presento cuatro razones para esto:

1. Dios quiere que la humanidad se involucre en la investigación científica.

El mandato que la humanidad recibe de gobernar y trabajar la tierra (Gn. 1:22, 28; 2:15) apunta al deseo de Dios de que crezcamos en conocimiento científico.

Dios no le dio un libro de ciencia a los hombres, sino una realidad creada para que ellos la examinen, estudien, moldeen, y desarrollen conforme al buen propósito de Dios. Aunque la creación era buena, Dios quería que el hombre usara sus destrezas para explorarla y su creatividad para innovarla. El mandato de Dios en Génesis es un impulso al aprendizaje al menos en la biología, química, física, y matemática, pero también en otras ramas de la ciencia como la lingüística (si se considera que el conocimiento adquirido se tiene que pasar a las generaciones subsiguientes).

De esta manera, la investigación científica es parte de la misión que Dios le da a la humanidad. Muy lejos de ser contradictoria a la fe, bíblicamente la ciencia se basa en el hecho que el Creador existe y es quien le da significado, sentido, y estabilidad a la realidad. La humanidad debe involucrarse en el conocimiento científico, no para negar la existencia y autoridad de Dios, sino para glorificarle.

2. Dios da dones particulares para la investigación científica.

Según lo que vemos en Génesis, los hombres y las mujeres están llamados a ser mayordomos de la creación. No obstante, no todos están llamados a hacerlo en la misma manera. Parte de esto se observa en que Dios nos da diferentes inclinaciones naturales y destrezas. Por ejemplo, en Génesis 4:20-22 vemos que algunos de los descendientes de Caín fueron conocidos por sus desarrollos de vivienda, ganadería, música, y herrería. En Éxodo 25-28 se describe la complejidad del Tabernáculo, y en el capítulo 31 vemos que Dios había escogido y dotado a ciertos hombres para llevar a cabo ese tremendo proyecto. Así también con otras ciencias.

Toma también como ejemplo a tu propia iglesia local, en donde seguramente que hay todo tipo de intereses y profesiones, todos dados por Dios para ser utilizados para su gloria y nuestro bien. A causa de la desconfianza de muchos creyentes hacia la ciencia, es posible que los cristianos con inclinaciones científicas se sientan como “bichos raros” en sus comunidades de fe. Pero la BIblia nos enseña que esos cristianos son de lo más normal, y que Dios quiere que desarrollen esos intereses y destrezas.

3. Dios quiere que la comunidad científica sea evangelizada.

Dios nos ha dado dones no solo para que los desarrollemos en nuestras vocaciones particulares, sino también para que los utilicemos para compartir el mensaje de salvación. En última instancia, no es nuestro talento y buen desempeño lo que va a hacer que la gente que nos rodea se reconcilie con Dios, sino el mensaje sobre la vida perfecta, la muerte sustitutiva, y la resurrección triunfante del Señor Jesucristo. Los dones que Dios nos da y el contexto en el que Él nos ubica son para que su gracia y misericordia en Cristo se den a conocer (Mt. 28:18-20).

Me atrevería a decir que necesitamos más cristianos en las comunidades científicas de hoy. La ciencia moderna tiende a ser apasionadamente hostil al teísmo en general y al cristianismo en particular. Se entiende, entonces, que algunos cristianos prefieran mantenerse fuera de esas comunidades o tratar de pasar desapercibidos. Pero esto no debe ser así. Ser fieles a Cristo no solamente significa estar preparados para dar razón de nuestra fe cuando alguien nos pregunte (1 Pe. 3:14-16), sino también buscar activamente oportunidades para compartir la fe. Tal como Pablo se hacía como los judíos para ganar a los judíos y como los gentiles para ganar a los gentiles (1 Cor. 9:20-22), hoy algunos cristianos deben hacerse científicos para ganar a los científicos, recordando siempre que Cristo es Señor (1 Pe. 3:15).

4. Hay un solo Dios, y solo Él le da verdadero significado a la vida.

La ciencia moderna se ha transformado en una religión, y no solo en una religión más, sino en una religión totalitaria. Tal como Clarissa, la ciencia cree que “lo explica todo”. Dicho de otra forma, muchos consideran que la ciencia en sí misma es capaz —quizá no ahora mismo, pero en algún momento— de dar respuesta a todas las inquietudes, significado a todas búsquedas, y solución a todos los problemas de la humanidad, y que cualquier otro tipo de respuesta, significado, e inquietud es inadmisible. La ciencia se ha transformado funcionalmente en un dios que no tolera rivales y exige absoluta devoción.

Pero al dejar al Dios de la Biblia de lado, la ciencia moderna se condena a sí misma a una eterna frustración. Ya que no puede sino restringirse a lo material, la ciencia no puede dar el significado y trascendencia para los cuales nuestras almas fueron creadas (Ecl. 3:11), ni puede dar justificación para la moralidad necesaria para que el mundo sobreviva armónicamente, ni puede satisfacer las necesidades más básicas de las personas: amor y comunión. Ni siquiera puede dar una respuesta aceptable a la pregunta filosófica más básica (y profunda): “¿Por qué todo y no, más bien, nada?”.

Sin Dios, toda la belleza que la ciencia nos muestra es inexplicable y a fin de cuentas insípida. La ciencia divorciada de Dios es tal cual la humanidad que rechaza a Dios (Rom. 1:18-32): tiene un vano razonamiento, un corazón entenebrecido, y tiene el potencial de conllevar a todo tipo de pasiones degradantes. Piensa en los descubrimientos científicos y avances tecnológicos a lo largo de la historia que han causado más miseria que progreso, en las civilizaciones “avanzadas” que han convertido en emblemas de lo retrógrados que podemos ser alejados de Dios.

Los cristianos involucrados en las ciencias pueden ayudar a otros a ver que la totalidad de la realidad —tanto en su belleza como en sus gemidos por redención— solo tiene sentido desde una cosmovisión bíblica.

Si eres cristiano y te interesan las ciencias, no eres un bicho raro. Dios te ha dado esa predisposición y esos talentos para que su Nombre sea exaltado por medio de tu trabajo y tu testimonio fiel. Involúcrate en las ciencias, para su gloria, tu bien, y el de los demás.


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