Hemos sido advertidos de que las redes sociales nos pueden distraer, acortar nuestros periodos de concentración, y desconectarnos de las relaciones de la vida real. ¿Sería posible que, además de eso, nuestras cuentas de Facebook e Instagram también nos hagan miserables?

Hace unos años, una reportera que se llama Libby Copeland escribió que Facebook podría “tener un poder especial para hacernos más tristes y más solitarios”. ¿Cómo puede ser eso, si Facebook normalmente está lleno de personas felices con sonrisas grandes y familias bonitas? Pues, ese es el punto.

“Al mostrar la versión de la vida más divertida, gozosa, resumida, y que invita constantemente a la comparación en la cuál tendemos a vernos como perdedores, Facebook parece explotar el talón de Aquiles de la naturaleza humana”, escribe Copeland. “Y las mujeres —un grupo que actualmente es especialmente infeliz— puede ser especialmente vulnerable para mantenerse al tanto de lo que se imaginan es la felicidad de la familia Jones”.

En otras palabras, Facebook presenta una imagen de la vida muy editada y selectiva, que no tiene lágrimas, luchas, ni tedio. Otros escritores se han dado cuenta de que Instagram puede tener un efecto similar, y que “la envidia de las redes sociales” puede ser una emoción poderosa y aflictiva.

De alguna manera, lo que pasa en Facebook e Instagram no importa mucho. Si te encuentras a ti mismo absorbido en la comparación con los demás, la mejor opción podría ser apagar el iPhone y desintoxicarte del brillo azul. Sin embargo, me parece que este mismo fenómeno está presente en los bancos de nuestras iglesias cristianas.  

Típicamente, nuestras alabanzas son de celebración, tanto en el contenido de la letra como en la expresión musical. En la última generación, una canción de lamento sobre la crucifixión fue cambiada para tener un coro muy feliz, “¡fue allí que por fe recibí mi vista, y ahora soy feliz todo el tiempo!”. Incluso las canciones contemporáneas ubicuas que vienen de los Salmos tienden enfocarse en los salmos de ascensión o en los salmos de exuberancia gozosa, no en los salmos de lamento (¡y definitivamente no en los salmos imprecatorios!).

Podemos cantar fácilmente con el profeta Jeremías, “grande es tu fidelidad” (Lam. 3:23), pero ¿quién puede imaginarse cantando en la iglesia con Jeremías: “Te has cubierto de una nube para que no pase la oración. Basura y escoria nos has hecho en medio de los pueblos” (Lam. 3:44-45)? Este sentido de felicidad forzada se puede ver en la apropiada “liturgia” de la mayoría de las iglesias evangélicas en la bienvenida y el despido. El servicio empieza con un pastor o líder de alabanza que trina “¡Qué bueno es verte hoy!” o “¡Estamos contentos de que estés aquí!”. Cuando el servicio termina, el mismo rostro que sonríe dice, “¡Nos vemos el próximo domingo! ¡Que tengas una buena semana!”.

Por supuesto que es así. ¿Qué más podríamos hacer? Estamos gozosos en el Señor, ¿no? Queremos animar a los demás, ¿no? A pesar de esto, lo que estamos tratando de hacer no está funcionado, aun en los términos que hemos definido para nosotros mismos. Sospecho que muchas personas en sus asientos están mirando a su alrededor, pensando que los demás tienen esa alegría que seguimos prometiendo, y se preguntan por qué les pasó de largo.

Cuando no hablamos lo que la Biblia habla, el espectro completo de emociones humanas —incluyendo la soledad, la culpa, la ira, el temor, la desesperación— solamente dejamos a nuestras personas allí, preguntándose por qué no pueden ser lo suficientemente “cristianas” para sonreír a través de todo.

Sin embargo, el evangelio dice algo diferente. Jesús dice, “bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados” (Mat. 5:4). En el Reino recibimos el consuelo en una manera muy diferente de la que nos enseña la cultura americana. Recibimos consuelo, por un lado, no por quejarnos al sentirnos en nuestro derecho o, por el otro lado, por fingir que somos felices. Somos consolados cuando vemos nuestro pecado, nuestro quebranto, nuestras circunstancias desesperadas, y nos dolemos, lloramos, y clamamos por liberación.

Por eso Santiago, el hermano de nuestro Señor, parece tener una mentalidad muy diferente que la del ethos evangélico contemporáneo. “Aflíjanse, laméntense y lloren”, escribe. “Que su risa se convierta en lamento y su gozo en tristeza” (Stg. 4:9). ¿Qué pasaría si un líder de la iglesia terminara el servicio diciendo a la congregación “¡Que tengas un día miserable!” o “¡Espero que llores bastante esta semana!”. Sería una locura. Jesús siempre nos parece loco al principio (Jn. 7:15, 20).

Nadie es tan feliz como parece en Facebook. Nadie es tan “espiritual” como parece, en lo que consideramos como suficientemente “espiritual” para la alabanza cristiana. Tal vez lo que necesitemos en nuestras iglesias son más lágrimas, más fallas, más confesión del pecado, más oraciones de desesperación, que son demasiado profundas para las palabras. Tal vez entonces la gente sola, culpable, y desesperada a nuestro alrededor verá que el evangelio no ha venido por los felices, sino por los descorazonados; no por los sanos, sino por los enfermos; no por los encontrados, sino por los perdidos.

No te preocupes por esa gente brillante y feliz en Instagram. Necesitan tanto consuelo y liberación como tú. Y, más importante aún, no seamos esas personas brillantes y felices cuando nos reunimos para adorar. No sintamos vergüenza de gritar con alegría, y no sintamos vergüenza de llorar con tristeza. Enfoquémonos no en el control, sino en la oración, el arrepentimiento, y el gozo.


Publicado originalmente en Russell Moore. Traducido por Lauren Dailey.