Micha tinta se ha derramado sobre el problema de la “brecha generacional”. Si la cultura occidental divide a las generaciones por compartimientos, ¿cómo pueden las iglesias ministrar de la mejor manera a estas tribus cada vez más divididas? ¿Adoración mixta? ¿Acomodándoles con servicios tradicionales y contemporáneos? ¿Crear ministerios enfocados en una generación y dejar que los demás se acostumbren o adoren en otro lugar?

Suena como un problema organizacional de la iglesia. Pero el verdadero problema, y ​​la verdadera solución, no es organizacional: es personal. El verdadero problema es que cada vez hacemos menos y menos amistades que cruzan las líneas generacionales.

La comunidad intergeneracional es parte de la visión de Dios para la iglesia (ver Tito 2). Es una visión hermosa, y la amistad es la clave. Cuando los cristianos creen que vale la pena sacrificarse, nuestras iglesias empezarán a reflejar esa belleza multigeneracional.

Beneficios de las amistades intergeneracionales

Estas son algunas de las cosas que ganamos al hacer amigos a través de generaciones:

1. Sabiduría. El beneficio más evidente es la sabiduría que viene de perspectivas distintas a la nuestra. Estoy seguro que cada generación es diferente a las demás, pero las actuales han crecido en mundos casi únicos. La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Vietnam y la revolución sexual. El fin de la Guerra Fría y la revolución digital. Cada una de estas épocas ha reconstruido la cultura occidental en un conjunto un tanto diferente de creencias, metas y presuposiciones.

Pasar tiempo con personas de otras generaciones expondrá diferentes preferencias y creencias. Esto nos podría llevar más lejos en el narcisismo generacional (“Oye, ¡estos mequetrefes/renegados tienen mucho que aprender!”). Pero también puede —y debe— conducirnos de nuevo a la Palabra de Dios, porque el conflicto podría exponer puntos ciegos en nuestra generación.

Me he beneficiado de la experiencia de mis amigos mayores en el matrimonio y la crianza de los hijos. Hablar con los ancianos de mi iglesia, que van desde los 40 años hasta los 60s, me ha ayudado a ver lo que es crecer en la responsabilidad y la fidelidad hacia la iglesia. Me he vuelto más sabio.

La carga de aprender está, sin lugar a duda, en los jóvenes; pero cada generación puede ganar sabiduría desde la perspectiva de los demás.

2. Asombro. Dios trabaja en cada generación, al igual que en todo ser humano. Llevó a las familias de mis abuelas a través de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial; redimió a mis padres fuera de los bacanales años 70, y me salvó de la neblina del pluralismo posmoderno. Dios metió la mano en la turbulencia de cada época para hablar con nosotros de forma individual. Él ha comenzado a transformarnos en la única imagen de Cristo.

Conocer de la obra de Dios en situaciones muy diferentes nos lleva a preguntarnos de Su poder y carácter.

Nuestra iglesia emplea a una viuda de 80 años. El año pasado ella compartió su testimonio de cómo Dios la ha acompañado a través del sufrimiento con alegría y esperanza. Sus años prestan gravedad a su historia; su larga experiencia con Dios inundó sus palabras de gloria.

Los representantes de cada grupo de edad también pueden reflejar la naturaleza de Dios de diferentes maneras. Los jóvenes muestran fuerza, ​vigor y optimismo. Los de mediana edad, cuidado familiar y experiencia. Los mayores, sabiduría y sobriedad en la sombra de la muerte. Así como necesitamos a cada tribu y nación para mostrar la multiforme gloria de Dios, también necesitamos a toda edad si vamos a ver y celebrar Su naturaleza plena.

3. Piedad. Amistades intergeneracionales pueden llevarnos a crecer en santidad. Hacen esto primero al obligarnos a amar con mayor madurez. Cuanto más tengo en común con alguien, más fácil es amarlo.

Amar a alguien diferente a mí me obliga a amar más deliberadamente. Voy a tener que hacer más preguntas y escuchar mejor. Escuchar cosas que no entiendo y tal vez cosas que con las que no estoy de acuerdo. Voy a tener que sacrificar cosas en mi horario o mi estilo. Pero desarrollar esa amistad intergeneracional me hará una persona más madura y amorosa.

Mi grupo pequeño y yo no tenemos muchos puntos culturales comunes. Pero comprometernos el uno al otro, haciendo que la relación funcione, me ha enseñado (y a ellos, espero) cómo encontrar un terreno común con los demás.

La amistad intergeneracional también me ayudará a desarrollar la humildad. No importa mi edad, tengo que dejar de lado la tendencia narcisista de mi generación de pensar que tenemos todo resuelto. Los saturados puntos de vista de mi generación —sobre política, entretenimiento, música eclesiástica— pueden que no sean los únicos puntos de vista que una persona piadosa/racional/socialmente apercibida tenga.  Puedo encontrar temas con lo que, con reflexión bíblica, personas piadosas pueden discrepar libremente. O yo puedo estar plenamente equivocado. Hacer amigos con personas de otras generaciones me enseña humildad piadosa.

Y aunque hay más razones que podríamos enumerar, las amistades intergeneracionales también me ayudarán a crecer en la santidad personal. Al igual que los puntos ciegos de perspectiva, las generaciones también pueden tener puntos ciegos morales que otros expongan. Racismo. Inmoralidad sexual. Codicia. Abrir mi vida a la vista de alguien no saturado con las suposiciones de mi generación puede exponer patrones de estilo de vida que, con reflexión bíblica, no se alinean con la voluntad de Dios. Dios puede usar estas amistades para sintonizar mi corazón más agudamente a su voluntad.

Los costos de las amistades intergeneracionales

Si estos son los beneficios de las amistades intergeneracionales, ¿cuáles son los costos? ¿Qué se necesita para ganar estas bendiciones?

1. Debo estar dispuesto a empujar a través de la incomodidad. Cultivar amistades a través de generaciones nos conducirá a situaciones incómodas. Habrá silencios incómodos y chistes sin gracia. Tal vez tengamos que esforzarnos por encontrar el próximo punto de conexión. Tal vez tengamos que escuchar esa opinión que no compartimos. No es cómodo, pero el trabajo será recompensado.

2. Tengo que hablar y escuchar con compasión. Cada generación tiene sus chistes sarcásticos sobre los demás, sus instintivas miradas que matan, sus temas controversiales. Cultivar amistades intergeneracionales me requerirá poner esas cosas a un lado. Asumir lo mejor de la gente mucho más vieja o más joven que yo, y explorar nuestras diferencias con gracia. Esto no es una tolerancia blanda: podemos encontrar libertad en desacuerdos, o uno de nosotros puede resultar poseer una perspectiva no bíblica. Pero tenemos que estar dispuestos a mostrar paciencia con el otro en el camino hacia esa decisión.

3. Debo elevar a Jesús sobre todas las cosas. C. S. Lewis dijo que la amistad comienza cuando una persona le dice a otra: “¡Qué! ¿Tú también?”. Es decir, cuando encontramos con placer que compartimos algo en común con otra persona. La amistad en un sentido requiere de algún tipo de punto en común. Cuanto más alejados estamos de otra persona —económica, racial, generacionalmente— el número de posibles puntos de conexión que tenemos disminuye.

Lo que es peor, la Biblia enseña que cada grupo tribal tiende a construir paredes divisorias en contra de otros. Tenemos una tendencia natural a hacer grupos nosotros/ellos, y las generaciones no son una excepción.

Pero como enseña Efesios 2, Jesús rompe toda barrera que nos pueda dividir, incluyendo la barrera de las generaciones. Todo cristiano puede pararse al lado de todos los demás y decir: “¿Conoces a Jesús también!? ¡Cuéntame de El!”. Todos estamos hechos a imagen de Dios; todos pecamos y luchamos como parte de la condición humana común; y todos conocemos al mismo divino Salvador, el Dios Trino que encarna la unidad en la diversidad. Elevar a ese Dios juntos —compartiendo testimonios, compartiendo oraciones, compartiendo adoración, gratitud y pruebas— nos acercará más a los miembros de otras generaciones.

Publicado originalmente para The Gospel Coalition. Traducido por Gittel Estevez-Michelen.