Muchas veces invertimos nuestro tiempo y energías en hacer cosas que importan y descuidamos las que más importan. Desde mi perspectiva, este es uno de los peligros principales de los llamados por Dios al ministerio. Dios nos convoca a realizar una tarea de gran importancia: cuidar de su pueblo. Pero muchas veces, por diferentes razones, tendemos a poner en un segundo plano nuestro llamado principal: cuidar de nuestra familia.

Una encomienda divina

No dar prioridad a nuestros hijos y familia nos descalifica para el ministerio. Vemos esto en 1 Timoteo 3:4-5, “Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad, (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?)”. Este texto comunica que si un pastor deja que su casa caiga en caos, no debe gobernar la iglesia. Por tanto, él debe dedicar su atención a aquello que es más importante. En cierta forma, un pastor que pone a su familia en segundo plano está trayendo oprobio al evangelio. Efesios nos llama a amar a nuestras esposas como Cristo amó la iglesia (Ef. 5:25), y a no provocar a ira a nuestros hijos (Ef. 6:4). Este comportamiento es correcto y refleja el evangelio. Así como Dios nos ama como un padre, nosotros debemos de amar a nuestros hijos de forma sacrificada.  

1 Timoteo 3:4 nos muestra que estos hijos siguen de alguna forma el liderazgo de su papá. Es un verso muy controversial, con diferentes interpretaciones, pero podemos por lo menos ver que el pastor aquí, como padre, ha sido fiel a su llamado de gobernar su casa. Esto es algo que puede ser objetivamente medido. Fue fiel en predicarles el evangelio, en discipularlos, en amarlos, en corregirlos, en vivir una vida de testimonio en el hogar, en perdonarlos, y en confesar sus propias fallas. Estas cosas solo pueden suceder en un ambiente donde el padre es un líder involucrado en las vidas de sus hijos.

De primera importancia

Tal vez es por la idea de que debemos dar lo mejor para Dios. O quizá es legalismo institucionalizado. En cualquier caso, en el ministerio hay una tentación común de pensar que si servimos a Dios, le debemos dar todo el tiempo que tenemos. También pudiera darse por tendencias pecaminosas en nuestras vidas; por el temor a que gente se vaya de nuestra iglesia o por satisfacer el deseo de ser aceptados.

Antes de continuar, deseo aclarar algo. Por el énfasis impartido en los últimos años en dedicarle tiempo a la familia, en ocasiones me he encontrado con pastores que no trabajan fuerte por su congregación y no se sacrifican por el evangelio. Estamos llamados a dar nuestras vidas por esta gloriosa labor, la de pastorear al cuerpo de Cristo. No podemos usar nuestras familias como excusas para la pereza. Ahora bien, 1 Timoteo 3 nos deja ver que, para aquellos que tenemos familia, nuestra prioridad deben ser ellos. Nuestros hijos deben estar conscientes de que ellos son lo más importante. Con esto no estamos quitándole el lugar a Dios, sino que es en la instrucción y formación de nuestros hijos conforme a su Palabra que mostramos nuestra obediencia a Él.

Hace unos meses estaba en el proceso de reclutar conferencistas para la reunión anual de ReformaDos, un ministerio en Puerto Rico que presido. Contacté a un pastor y amigo que es uno de los hombres más piadosos que conozco, y un excelente predicador de la Palabra, Mike Bullmore. Me consta que el tema que se iba a exponer en la conferencia era uno de los temas que más le apasiona: Jesús y el evangelio en toda la vida. No solo eso; si Mike aceptaba participar como orador, estaría visitando una isla tropical en el tiempo donde estaría comenzando el duro invierno en Wisconsin, donde reside. Después de días de oración, buscar consejo, y pensar, me informó con pena que no podría aceptar la invitación. La razón era que su hijo estaría en la última temporada de fútbol americano colegial, y deseaba poder presenciar la mayoría de los juegos en esa su última temporada. Tal vez podía pensar, ¿Mike, cómo vas a sacrificar el servir a la iglesia por ir a un juego? Pero en ese momento, como padre, pude relacionarme con él. Su hijo no tendría razón de dudar del amor de su padre por él.

Retos por delante

Los hijos de pastores, durante sus años de desarrollo, enfrentan retos especiales en comparación con sus pares. Muchos tienen que lidiar con expectativas que no son realistas en cuanto a su proceso de santificación. Muchos hijos de pastores en rebeldía mencionan interacciones con miembros de la iglesia que marcaron sus vidas. Comentarios como: “No puedes hacer eso, tú eres el hijo del pastor”, o “un hijo de un pastor no se comportaría de esa forma”, ponen una presión innecesaria y, para muchos, insoportable sobre su vida. En este sentido, procuro animar a las congregaciones a darle el espacio debido a los hijos de pastores para que puedan caminar su fe en una forma que sea llena de gracia.

Un error que podemos cometer es no poner expectativas bíblicas a nuestros hijos para liberarles de esta presión de la congregación. En casa le decimos a nuestros hijos: “Si papi fuera plomero, ingeniero, o albañil, nada cambiaría. Todos estamos llamados a dar nuestras vidas por la iglesia, a vivir vidas de piedad, y a reflejar el evangelio con nuestras vidas”. Aunque es una realidad que nuestros hijos enfrentan retos, muchas veces les hacemos más daño al no presentarles los estándares bíblicos.

Una bendición de lo alto

Una de las tentaciones más comunes a todos los hombres es el temor. Esta tentación se intensifica y toma un sabor particular para los pastores padres de familia. Temor a que mi hijo se pierda, temor a que me descalifique del ministerio, temor a que ellos queden marcados para siempre. Nunca debemos dejar que el temor nos impulse o paralice, pues el temor es incredulidad. Debemos encontrar convicciones bíblicas que nos lleven a prácticas que reflejen el evangelio en la vida de nuestros hijos.

Vemos en Éxodo 12 y 13 el llamado de pasar la pascua de generación en generación. Este es un llamado eterno que en el nuevo pacto se refleja en darle prioridad a la vida de la iglesia en nuestra familia. Así que no debemos tener miedo de restringir actividades en la vida de nuestros hijos que interfieran con la iglesia. Esto lo hacemos porque tenemos convicciones bíblicas de que la vida de la iglesia es de primera importancia. No porque seamos la familia pastoral, sino porque es algo que Dios nos llama a hacer. De esta forma, las convicciones bíblicas deben realzar todas las áreas de cómo criamos a nuestros hijos.

Una tentación provocada por el temor es no disfrutar la bendición que son los hijos. El salmo 127 dice que los hijos son un regalo de Dios mismo. Durante la crianza, podemos ser dominados por el temor y olvidar disfrutarlos. Ellos perciben si los vemos como bendición o carga. Pero el evangelio informa nuestra crianza. Ellos deben saber que no hay nada que puedan hacer que haga cambiar nuestra disposición hacia ellos. Siempre los amaremos. Pueden descalificarnos del ministerio, pueden avergonzarnos, pueden sacarnos canas… pero siempre deben sentir que les amamos. Ese es el efecto del evangelio en la crianza.

Hijos para la gloria de Dios

Una amiga, hija de pastor, una vez nos contó una historia. Su papá comenzó en el ministerio cuando ella tenía 17 años, así que no experimentó la niñez como hija de pastor. En un retiro congregacional de familias pastorales, los hijos subieron a la tarima y uno a uno compartieron lo heridos que estaban porque su papá había puesto el ministerio por encima de ellos. Yo uso esa historia frecuentemente con mi esposa. Le digo que es mi intención que mis hijos sepan que son una prioridad para mí. Que no les demos razones para subir a una tarima a decir que no les amamos. Si ellos deciden no servir al Señor, podremos con conciencia tranquila decir: “Hice lo mejor que pude. No para sentirme tranquilo, sino porque traté de glorificar a Dios”.

Muchos se refieren a la crianza de los hijos como lo más difícil que han hecho en sus vidas. Si se le añade el reto de hacerlo estando laborando en el ministerio, se complica más la cosa. Pero es bueno cuando las cosas se complican, porque nos llevan a depender más de Dios. Si somos llamados por Dios para servirle en el ministerio pastoral, debemos ir diariamente al Señor a clamar por su ayuda en esta tarea tan hermosa que nos ha dado, no solo de pastorear, sino de criar a nuestros hijos para Su gloria. En su providencia, Él puede glorificarse salvándolos, y en su gracia, Él puede usarnos en este proceso.


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