Fragmento adaptado de La predicación que Dios bendice, de Steven Lawson. Poiema Publicaciones.

En el mundo de hoy no hay escasez de predicación. El vasto número de iglesias alrededor del planeta es prueba de esto. En muchos lugares hay un templo en cada esquina, y en cada iglesia hay un púlpito, y en cada púlpito hay predicación.

Pero lo cierto es que no toda predicación es igual. Está la predicación que Dios bendice, y está la que Dios abandona. Está la predicación que goza del favor del cielo, y está la que es un mero ejercicio de retórica vacía. Entre ambos tipos hay una diferencia abismal.

Lo que debemos recuperar a toda costa en nuestro tiempo no es solo más predicación. Más bien, lo que necesitamos con urgencia es más predicación de cierto tipo. El problema de hoy no es la carencia de predicación. No, la cuestión radica en la absoluta pobreza de gran parte de lo que hoy se considera predicación.

El púlpito carece terriblemente de algo. Esta carencia en la predicación no es otra cosa que una hambruna actual por oír las palabras del Señor. Vivimos en un tiempo en donde la proclamación del Cristo crucificado, dotada de poder por el Espíritu, escasea. No hay nubes a la vista ni se pronostican lluvias. Por desgracia, en la Biblia del púlpito promedio hay tanto polvo como para escribir Icabod (sin gloria, ver 1S 4:22) sobre ella.

La más diabólica estrategia

Donald Barnhouse, pastor de la Décima Iglesia Presbiteriana de Filadelfia, Pennsylvania, años atrás predicó un mensaje que se transmitió por la emisora radial CBS. En esta charla que llegó a todo el país, el notable maestro de Biblia especuló acerca de cuál sería la más diabólica estrategia que Satanás podría tramar contra la iglesia en los años siguientes.

Para el asombro de muchos oyentes, Barnhouse imaginó que todos los bares de Filadelfia serían cerrados. Ya no habría prostitutas en las calles. Ya no habría pornografía disponible. Las calles estarían limpias, y todos los barrios de la ciudad estarían llenos de ciudadanos sujetos a la ley. Se acabarían las groserías y los insultos. Los niños dirían respetuosamente “sí, señor” y “no, señora”. Cada iglesia de la ciudad estaría llena de gente. No habría ningún asiento disponible en las iglesias para otro ciudadano. “¿Qué podría tener eso de malo?”, podemos preguntar. Barnhouse dio entonces el golpe definitivo. El peligro más diabólico, dijo él, sería que en cada uno de estos templos jamás se predicara a Jesucristo.

En estos púlpitos, habría mucha plática religiosa, pero nada se diría acerca de la suprema autoridad y la obra salvadora de Cristo sobre la cruz. Se haría mención de la moralidad, pero no de Cristo. Habría expresiones de preocupación cultural y comentarios políticos, pero nada de Cristo. Habría pensamiento positivo e historias inspiradoras, pero nada de Cristo. Estarían los adornos externos del cristianismo, pero no habría ninguna realidad interna de Cristo.

El complot más diabólico de Satanás sería que las iglesias estuvieran atestadas de gente, pero no hubiera proclamación de Cristo, y de Él crucificado. Con este silencio mortal, las personas nunca aprenderían de Cristo. En consecuencia, nunca podrían conocerlo ni seguirlo.

Lo que Barnhouse temía se ha vuelto en gran medida una realidad en nuestros días. En innumerables iglesias en Estados Unidos y en el mundo hay mucha predicación. Pero la verdad es que hay poca proclamación de Cristo. Hay mucha retórica vacía, pero poca realidad del Salvador sufriente. Estas iglesias predican de todo, excepto del propio Cristo. Trágicamente, demasiadas iglesias y púlpitos lo tienen todo, excepto lo principal.


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