Este verano marca aproximadamente 10 años de una experiencia que impactó mi perspectiva del aborto.

Un querido amigo me invitó a acompañarle a orar y a hacer “sidewalk counseling” (consejería en la acera) en una “clínica” de abortos de Planned Parenthood que últimamente ha estado en el ojo publico por sus practicas atroces. Honestamente no quería ir. Como cristiano uno debería ser automáticamente “pro-vida” y eso era suficiente para mi. El aborto muchas veces tiene un tono político y yo no quería ser de esos cristianos que se meten en política, o terminan siendo etiquetado como “religiosos” que odian las mujeres. Mi cristianismo prefería ser uno de labios cerrados en ese asunto.

Titubeando me subí a la furgoneta con mi plan de discretamente alejarme de cualquier “acción”. Al llegar leímos unos Salmos y oramos que Dios cambiara el corazón de cualquier persona que llegara ese día a tener un aborto. También oramos por los empleados de el establecimiento. Terminamos de orar y recibimos indicaciones muy claras de cuidados que teníamos que tener en la parte legal. Después de aprender donde podíamos estar, nos dispersamos por la acera. Unos se quedaron cerca de la entrada para poder aconsejar, otros se acercaron a la calle con pancartas que tenían imágenes de preciosos bebes y niños sonriendo, mientras que otros empezaron a dibujar flores y escribir versículos bíblicos con tiza en la acera. Yo me ubiqué en la parte mas lejana de la entrada del local. Me arrodillé con mirada hacia una puerta en la parte trasera del edificio. Incliné mi cabeza y empecé a orar y reflexionar sobre los Salmos que habíamos leído.

Minutos después escuché al otro lado de la propiedad las puertas de un auto. Levanté mi vista y vi a alguien con una capucha salir del asiento del copiloto. El conductor era una señora que nos vio y automáticamente se acercó a la mujer con la capucha y le dijo algo en su oído. Una de las consejeras con un tono muy amable dijo, “Hola, estamos aquí para ayudarte, si deseas sería un honor ayudarte”, con el mismo tono de amor y preocupación la otra consejera le dijo, “Tú tienes una hermosa criatura en tu vientre, te amamos y queremos que sepas que tienes otras opciones”.  En ese momento la mujer que estaba conduciendo el auto se volteó violentamente y les respondió con frases muy groseras, feas, y llenas de ira. Yo incliné mi rostro y pedí que Dios obrara mientras esperaba escuchar las puertas de la “clínica” y con eso terminar este momento tan dramático.

El sonido de la puerta nunca ocurrió pero los pasos y la voz de la mujer gritando a las consejeras se acercaban más y más a mi lado del edificio. Levanté mi vista y vi que la puerta estaba abierta y alguien con traje de enfermero ayudaba a las dos mujeres a entrar. Volví mi vista al piso para orar sintiendo por primera vez lo que iba a ocurrir el momento que se cerrara esa puerta: un bebe creado en la imagen y semejanza de Dios iba a ser sacrificado en el altar de la conveniencia. No una pero dos vidas iban a ser destrozadas ese día.

Antes de que la puerta cerrara, la mujer con la capucha levanto su vista por primera ves desde que había bajado del auto. Nuestros ojos se encontraron y mi corazón se lleno de dolor. No podía creer lo que mis ojos vieron. Esta mujer en camino a tener un aborto no era más que una jovencita de seguramente 16-18 años. Como líder de jóvenes, hermano, amigo y humano; gran compasión llenó mi corazón ya que su mirada era una mirada tan familiar. Esa mirada gritaba confusión, lagrimas, culpa, remordimiento  y gran dolor. Es la misma mirada que cada humano experimenta frente a un espejo en un mundo después de Génesis 3. Vivimos en un mundo roto, lleno de pecado y esta es otra manifestación de ese problema del cual todos somos participes. Mi argumento de no meterme en la política no tenía validez. Era claro que la única esperanza para esa jovencita, no estaba en leyes, sino en un cambio de corazón que solo Jesús puede dar.

Hasta el final del día vi 10 autos parquearse y con cada auto una historia distinta. La experiencia cambiaba de auto en auto pero el final era el mismo. Cada vez que las puertas se cerraban, un silencio abismal llenaba mi corazón. El silencio del holocausto de miles de niños sacrificados.

Pensé mucho en los efectos del pecado vistos claramente en ese día. Una madre que agrede verbalmente a aquellos cuyo único deseo es amar a su hija y protegerla de una decisión que la va a marcar por siempre. Personas que no solamente quieren que no ella tenga un aborto pero que experimente el real perdón y esperanza que solo puede ser encontrado en Jesucristo. Un mundo roto donde llamamos a un ser humano creado en la imagen de Dios una decisión. Un mundo donde la lógica de, “Yo puedo hacer con mi cuerpo lo que quiera”, no se transfiere al cuerpo de un ser humano que es desmembrado y su cuerpo es vendido en partes sin reconocer su humanidad. Me rompe el corazón pensar que esto ocurre diariamente alrededor del mundo y miles de bebes son asesinados sin nadie que lamente su muerte, pero la triste muerte de un león produce conmoción mundial.

Amada iglesia, la realidad es que el aborto no es un problema político pero un problema del corazón. Un problema por el cual el evangelio de Jesucristo es la única solución y en donde la iglesia tiene un llamado clave para encontrar cambio. Que nuestras iglesias en amor sepan cómo dispensar efectivamente la preciosa Palabra de Dios a las decisiones erradas pasadas, tanto como a las difíciles por venir de personas en los momentos mas difíciles de su vida. Finalmente Iglesia “joven y radical”, la famosa “justicia social” empieza en el útero con un llamado a ser la voz para aquellos que nunca van a poder hablar.