Todos quedamos pasmados ante las imágenes de los edificios derrumbados por el temblor del pasado 19 de septiembre. En esa misma fecha hace 32 años la Ciudad de México experimentó el temblor más mortal de su historia. Ese recuerdo alentó una nueva disposición en los mexicanos a salir a ayudar a las víctimas y a dar lo que pudieran para tratar de aliviar la urgente situación de los más afectados.

Las redes sociales contribuyeron a que se corriera la voz de manera casi inmediata sobre las necesidades, los recursos disponibles, y hasta la localización de algunos que se encontraban con vida dentro de los escombros. El mundo entero ha manifestado su admiración por el esfuerzo solidario de miles de voluntarios que permanecen atentos y dispuestos a ayudar todavía después de varios días del trágico suceso. Debemos dar gracias a Dios y a todos aquellos que mostraron tal desprendimiento, disposición, y hasta heroísmo. Pero queda por hacer lo mayor.

Mucha ayuda; poca coordinación

Los medios noticiosos informan que la ayuda enviada por los mexicanos y hasta de otros países parece ser demasiada y desbalanceada. Los voluntarios batallan para encontrar lugares de almacenamiento de tanto que se ha enviado. Otros están ahora circulando mensajes pidiendo que no se envíe más agua, comida, o medicinas, y en su lugar piden cosas tan sencillas como pañales para bebé, cepillos de dientes, y rastrillos para barba.

Sin embargo, he sabido de pueblos en zonas rurales a los que no les ha llegado ayuda. (El temblor afectó varios estados y no solo a la Ciudad de México). Esto es evidencia del desbordamiento de la ayuda de los mexicanos ante la emergencia, pero a la vez, de la necesidad de que haya un liderazgo sabio y buena coordinación en la forma en que se ofrece la ayuda.

La iglesia necesita salir al frente ante tal situación y buscar ser una luz de misericordia en sabiduría. La Biblia nos manda a que que extendamos esa misericordia y demos con gracia (Mat 10:8) como parte de nuestra expresión del mandato a amar a nuestro prójimo (Deu 15:11; Sal 82:3-4; Pro 14:21;  Mat 25:34-46; Luc 12:33; Gal 2:10) Las víctimas del terremoto enfrentan un futuro incierto y sumamente difícil. Muchos perdieron seres queridos, otros perdieron sus hogares con todo lo que tenían, y tantos más sus trabajos, su futuro… podríamos decir que demasiados lo perdieron todo. 

La iglesia trabajando

Es triste saber que apenas este año se logró reubicar a la última familia que quedó sin casa en el temblor del ’85.1 Estuvieron sin casa por los últimos 32 años. Don Josué González Monroy, quien fue director de Visión Mundial México por muchos años, me comentaba que creía que después de unas dos semanas a la gente se le olvidará el asunto y dejarán de preocuparse por las víctimas. Eso es lamentable y no podemos aceptarlo en la iglesia. ¿Qué podemos hacer? Debemos hacer lo que podamos y hacerlo con una visión de largo plazo, hasta que la necesidad sea cubierta.

El pastor Nathan Díaz ha dirigido sus esfuerzos a la reparación de viviendas dañadas. Su iglesia se ha enterado de dos familias cuyas casas han sido dañadas, y ellos se han comprometido a repararlas. Dos familias están siendo ayudadas directamente y efectivamente por una iglesia. Pero, en un deseo por buscar qué más pueden hacer, Nathan se ha propuesto imprimir material evangelístico y de aliento para ayudar a las personas que están sufriendo tanta pérdida. Se ha dado cuenta de la gente que se encuentra en los albergues, y les sería de gran provecho poder tener materiales de aliento que a la vez les anuncie las buenas nuevas de esperanza en Cristo Jesús. Sin embargo, las iglesias locales en disposición no tienen recursos específicos que puedan ayudar a la gente a entender por qué Dios permite todo esto. Entonces, ellos se han propuesto el imprimir suficiente material, y juntar suficientes Biblias para poder distribuir a la gente y a las iglesias que lo necesiten. Es una manera de apoyar no solo a las víctimas, sino también a la iglesia que desea ayudar.

El pastor Kike Torres también encontró una manera específica para ayudar. La iglesia encontró varias familias que necesitan trabajos de reconstrucción en sus casas y lo están haciendo. Pero a la vez, ha movilizado a los miembros de su iglesia capacitados en consejería para brindarla a los que enfrentan duelo y desconcierto por la pérdida. Pero buscando qué más puede hacer, se dieron cuenta de una necesidad urgente y específica: los hospitales y médicos ortopédicos voluntarios necesitan de prótesis para los heridos. Kike, entonces, está recolectando fondos para adquirir esas prótesis, y así que los pacientes puedan ser operados y restaurados.

Puertas abiertas y sabiduría para atravesarlas

Estas dos historias nos ilustran y alientan que, cuando la iglesia busca la forma de ayudar, Dios abre puertas y provee oportunidades. Pero necesitamos buscar de manera inteligente en dónde están las necesidades, y luego desarrollar planes específicos para asegurar que se pueda ayudar de manera específica.

Don Josué González está trabajando con su presbiterio para elaborar un proyecto de reconstrucción de iglesias dañadas en zonas rurales. El pastor Israel González está enviando equipos a los diferentes estados para conocer de primera mano las necesidades en lugares en donde no llegan las cámaras de televisión. Hay miles de seres humanos que lo han perdido todo y necesitan de nuestra presencia y de nuestra ayuda efectiva. No podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando que sea el gobierno quien les ayude. Esa ayuda probablemente no venga a tiempo o sea suficiente. La iglesia debe orar pidiendo al Señor que nos dirija y capacite para aliviar necesidades específicas de manera inmediata y a largo plazo

¿Qué más podemos hacer?

Podemos unirnos como iglesia. La necesidad es muy grande, pero no imposible para Dios. Al ver lo sucedido en México, y sin olvidar lo que está pasando en Puerto Rico, al igual que otras de las islas al paso de los huracanes, podemos sentirnos impotentes. Sí, la necesidad es demasiado grande para que la pueda resolver una iglesia local, pero un grupo de iglesias unidas pueden traer ayuda y alivio significativo. Creo que como iglesia necesitamos aprender a trabajar juntos, a apoyarnos y confiar en otros. Nosotros, en Gracia Soberana en Ciudad Juárez, estamos en la frontera de México, a 2,000 km. de la Ciudad de México. Pero también nos toca apoyar con lo que podamos a las iglesias del centro del País. Las iglesias que se encuentran cerca de los lugares afectados (Ciudad de México, Morelos, Puebla, Oaxaca, Chiapas) pueden informarnos a los que estamos lejos de necesidades específicas en las que podamos ayudar. En otras palabras, los medios sociales que ayudaron a que se cubriera en demasía la ayuda inmediata necesaria, ahora debe ser usada para coordinar ayuda a largo plazo.

Yo invito a toda la iglesia de México, e inclusive de Latinoamérica, a que busquemos trabajar juntos, y de esa forma demos un testimonio al mundo entero de que nuestro deseo de ayudar al prójimo es genuino y no solo un impulso emocional. Le he propuesto a la Coalición que sirvamos como foro recolector de información y que ayudemos a coordinar esfuerzos, conectando necesidades con iglesias dispuestas a ayudar. En el pasado, la ayuda a damnificados ha terminado diluida. Pero le pido a nuestro Señor que a manera que la iglesia Latinoamericana está despertando al verdadero evangelio, Él use esta tragedia para que despertemos a una nueva realidad de una iglesia unida trabajando en el mandato que nos dio Cristo: amar a nuestro prójimo.


[1] Así escuchaba en una entrevista telefónica a Miguel Mancera de parte de Denise Merkel el pasado martes 19 de Septiembre.