Cuando era un joven predicador tuve muchas oportunidades de predicar, pero mi padre no permitía que recibiera ofrendas por mi predicación. Pero eso a mí no me importó. Si hubiera tenido dinero, ¡le hubiera pagado a pastores para que me dejaran predicar! Esas oportunidades a mi temprana edad me enseñaron a no ponerle un precio a mi ministerio.   

Recuerdo una de las primeras veces que recibí una ofrenda. Fueron unos doscientos dólares, ¡pero para mí fue como haber recibido un millón! Al poco tiempo fui al centro comercial con algunos amigos y gasté todo el dinero en ropa nueva. Estaba emocionado por mostrarle a mi mamá toda la ropa nueva que había comprado. En vez de compartir mi entusiasmo, ella me preguntó cuánto me había quedado del dinero. Era obvio que ella sabía la respuesta.

Luego me hizo dos preguntas. Me preguntó si sabía si una de las señoras de nuestra iglesia había estado en el servicio dominical. Sí, lo sabía. Pero no entendía la pregunta. Esta señora ya mayor rara vez faltaba a un servicio dominical, a pesar de sus limitaciones físicas. Ella se aseguraba de que alguien la llevara a la iglesia.

Luego mi mamá me preguntó: “¿Sabías que ella puso veinte dólares en la canasta de ofrendas, para ti?”. No lo sabía. “Pues ella lo hizo”, dijo mi mamá. Con eso la conversación terminó. ¡Y yo estaba devastado!

Esta viuda vivía con un ingreso económico limitado, y en su orgullo no permitía que nadie se enterara que no tenía dinero ni para comer. Sus dolencias físicas agravaban la situación. La iglesia de mi papá comenzó a cuidarla. Varios miembros se turnaban para recogerla, estando siempre al pendiente, asegurándose que ella tuviera algo para comer.

Esta señora de la iglesia no tenía veinte dólares extra para gastar. Aun así, ella creía en que había un llamado divino en la vida de este joven predicador. Y ella quiso apoyarme con esa ofrenda de amor.    

Estoy seguro que si algunos miembros de la iglesia hubieran sabido lo que ella estaba haciendo, hubieran tratado de detener su ofrenda. No lo habrían logrado, excepto mi papá, tal vez. Ella sacrificó veinte dólares para animarme a seguir predicando. Y yo los gasté en un par de zapatos nuevos.

Este incidente ha moldeado mi vida y ministerio. Y trato de vivir de manera que honre y respete a las viudas pobres que continúan apoyándome económicamente para mantener mi trabajo en el ministerio.

Hay muchas personas que piensan que los predicadores deberían ser pobres y humildes, usando esas dos palabras como sinónimas. Claro que sí, los ministros deben emular la humildad de Cristo. Al mismo tiempo, el trabajo de la congregación es asegurarse por las necesidades del pastor.

Sin embargo, mientras la congregación nos cuida, es importante que luchemos en contra del materialismo. Los pastores no deben ser ostentosos, mostrando su abundancia. Tanto cerca o lejos del púlpito, debemos huir de esas tendencias mundanas para la gloria de Dios, el mensaje del evangelio, y los miembros que por su propia voluntad ofrendan para pagar nuestros salarios.  


Publicado originalmente por H. B. Charles, Jr. Traducido por Fanny Stewart-Castro.