Fragmento adaptado de La predicación: Compartir la fe en tiempos de escepticismo. Timothy Keller. B&H Publicaciones.

Es fundamental predicar bíblicamente y predicar a las narrativas culturales, pero esto no es suficiente. A menos que la verdad no solo sea clara, sino además real para los oyentes, entonces las personas no la obedecerán. La predicación no puede ser solo precisa y sana. Debe captar el interés y la imaginación de los oyentes; debe convencer y penetrar en sus corazones. Es posible solo afirmar y confrontar y sentir que hemos sido «valientes para la verdad», pero si somos secos o tediosos, las personas no se arrepentirán y no creerán la doctrina correcta que presentemos. Debemos predicar para que ocurra como en el primer sermón en Pentecostés, en el cual, después de oírlo, los oyentes «se compungieron de corazón» (Hech. 2:37, RVR1960).

Los lectores modernos de la Biblia casi siempre entienden mal el término corazón. Lo pasan a través de su tamiz contemporáneo y concluyen que se refiere a las emociones. Pero la Biblia a menudo habla sobre pensar con el corazón o actuar con el corazón, lo que no concuerda con nuestro concepto moderno en absoluto. Los antiguos griegos tampoco tenían una comprensión bíblica del corazón. La virtud era para ellos un asunto del espíritu sobre el cuerpo, y eso implicaba que la razón y la voluntad debían triunfar sobre las ingobernables pasiones físicas. Hoy nosotros continuamos enfrentando la mente con los sentimientos, pero hemos invertido radicalmente el antiguo orden. Las emociones son el «verdadero» yo, en lugar de los pensamientos racionales.

La perspectiva bíblica del corazón es «ninguna de las anteriores». En la Biblia, el corazón es el asiento de la mente, la voluntad y las emociones, todo junto. Génesis 6:5 (LBLA) afirma sobre la raza humana «que toda intención de los pensamientos de su corazón era sólo hacer siempre el mal». Un comentarista escribe: «El leb, o el “corazón”, es el centro de la personalidad humana en la antropología bíblica, donde se originan la voluntad y el pensamiento; no es solo la fuente de las emociones, como en español».1

Sin duda, el corazón produce las emociones, como el gozo en Deuteronomio 28:47, la tristeza en 1 Samuel 1:8, el enfurecimiento en 2 Reyes 6:11, la angustia en Juan 14:1 y el amor en 1 Pedro 1:22. Pero el corazón también piensa (Prov. 23:7; Dan. 2:30; Hech. 8:22) y quiere, hace planes y toma decisiones (Prov. 16:1,9). Es la fuente de todas nuestras palabras (Mat. 12:33-34; Rom. 10:9). De manera más fundamental, el corazón pone su confianza en las cosas (Prov. 3:5). Bíblicamente, entonces, los «afectos» del corazón significan mucho más que el afecto emocional. El corazón confía y se compromete con aquello que más ama (Prov. 23:26).

La Biblia no conoce el dualismo entre «mente» y «corazón». Génesis 6:5 afirma que los pensamientos, los actos y los sentimientos del corazón surgen de la inclinación del corazón mismo. Mateo 6:21 es un versículo clave aquí: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón». Respecto a este versículo, un comentarista afirma que el corazón es el «centro de la atención y el compromiso de una persona». Lo que valoramos y apreciamos en nuestro corazón, «con sutileza, pero infaliblemente, controla la dirección y los valores de toda la persona».2

Con razón, la Biblia declara que Dios ignora los aspectos externos y mira con mucha atención el corazón (1 Sam. 16:7; 1 Cor. 4:5; Jer. 17:10). Con razón, los profetas afirmaron que la obediencia a la ley e incluso la alabanza a Dios con la boca no significan nada sin un corazón entregado a Dios (Isa. 29:13; Jer. 12:2). Por eso, expresaron que la meta no es la mera observancia de la ley, sino un cambio del corazón, que la ley esté «[escrita] en [el] corazón» por el renacimiento espiritual (Jer. 31:33).

Cualquier cosa que capte la confianza y el amor del corazón controla los sentimientos y la conducta. Lo que más quiere el corazón, la mente lo encuentra razonable, las emociones lo consideran valioso y a la voluntad le resulta factible. Es fundamental, entonces, que la predicación conmueva el corazón para que deje de confiar y de amar otras cosas más que a Dios. Lo que transforma a las personas en lo que son es el orden de sus afectos: lo que aman más y lo que aman menos. Eso te define de modo más fundamental que incluso las creencias con las que mentalmente estás de acuerdo. Tus afectos muestran en qué crees de verdad, no lo que dices creer. Las personas, por tanto, cambian no solo al cambiar su modo de pensar, sino al cambiar lo que aman más. Tal cambio requiere nada menos que cambiar tu modo de pensar, pero implica mucho más.

Entonces, la meta del sermón no puede ser solo aclarar y hacer comprensible la verdad a la mente, sino además hacerla apasionante y real para el corazón. El cambio ocurre no solo al dar a la mente nuevos argumentos, sino al alimentar la imaginación con nuevas maravillas.


[1] Gorden Wenham, Genesis 1-15, vol. 1, Word Biblical Commentary (Waco, TX: Word Books, 1987), 144.
[2] D. A. Carson, The Expositor’s Bible Commentary: Matthew, Chapters 1-12 (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1995), 177.
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