Tenemos que admitir que los ojos son una maravilla. Toda la creación es maravillosa, pero el hombre es una criatura más maravillosa que el resto. Y cuando nos detenemos a considerar las partes y los sistemas que lo conforman, nos quedamos absortos. ¡Qué máquina! Desde la protección de la piel hasta el bombeo del corazón; desde la mecánica de las rodillas hasta la complejidad del cerebro. Es evidente que nuestro Dios se esmeró en formar al hombre.

Ahora, piensa en los ojos. Los hombres han tratado de replicar su funcionamiento en el diseño de las cámaras, pero ninguna se puede comparar con el ojo humano. Los animales también tienen ojos, pero no es lo mismo. La combinación de la inteligencia humana con los ojos provee al hombre de un privilegio sin igual. Nuestro cerebro puede procesar lo que ve y utilizar la información de manera única.

El problema es cuando no aprovechamos esa capacidad.

El que sabe leer y no lee, no tiene ninguna ventaja sobre aquellos que no saben leer, dijo Mark Twain. Ninguno de los dos lee, pero por razones completamente distintas. Uno no tiene el privilegio de saber leer. El otro lo tiene pero lo desperdicia.

Se dice que la competencia de Netflix no son otras compañías, sino la falta de tiempo de los usuarios para continuar viendo series y películas. Algunos quisieran no tener que dormir para poder ver el próximo episodio. Sus vidas ya no se cuentan en términos de tiempo, sino en términos de series de televisión. Y así se las pasan, matando el tiempo.

Pareciera que el sueño también es la competencia de la lectura, pero porque a muchos leer le parece aburrido. Pero el cristiano sabe que los buenos libros tienen un enorme potencial de hacer bien. Para ello, no obstante, hay que leerlos. El pastor bautista Ernest Reisinger escribió un párrafo muy estimulante sobre los efectos multiplicadores que los libros pueden tener:

“Un libro de Richard Sibbes, uno de los escritores puritanos selectos, fue leído por Richard Baxter, el cual fue grandemente bendecido por éste. Luego Baxter escribió Llamado a los no convertidos, el cual influyó profundamente en Philip Doddridge, quien a su vez escribió El surgimiento y progreso de la religión en el alma. Este libro impulsó al joven William Wilberforce a pensar seriamente en la eternidad; luego Wilberforce vino a ser un hombre de estado inglés y enemigo de la esclavitud. Escribió su Libro práctico sobre el cristianismo, el cual incendió el alma de Leigh Richmond. Richmond, por su parte, escribió La hija del lechero, un libro que llevó a miles al Señor y que ayudó, entre muchos otros, a Thomas Chalmers, el gran predicador”.

Miles de vidas quedaron marcadas por esos libros. Pero, ¿cómo? ¿Por comprarlos? ¿Por colocarlos en sus bibliotecas? No. Esos libros hicieron una diferencia porque fueron leídos. Ciertamente hay grandes ventajas en tener una biblioteca compuesta de buena literatura. Pero no hay diferencia entre una buena o mala biblioteca si nadie lee sus libros. Los pastores no estamos llamados a ser coleccionistas de libros, sino lectores.

Nunca he podido olvidar un artículo que Maurice Roberts escribió hace muchos años para la revista The Banner of Truth (El estandarte de la verdad) cuyo título era: “Preparando un asalto metódico a los libros que tenemos sin leer”. ¡Tantos libros y tan poco tiempo para leerlos! ¿Qué pastor no ha sentido esa frustración?

No podremos leer todos los libros, pero sí podemos leer los mejores. Nuestro compromiso no es leer por leer, sino leer para la gloria de Dios. Así que, pastor, ¿por qué deberías leer buenos libros?

Por amor a Cristo, ¡lee!

Comienza por la lectura de la Palabra.

Somos pastores, sí, pero también somos ovejas del Buen Pastor. Necesitamos ser llevados a sus pastos verdes. Al leer el Salmo 119 y observar el lugar que ocupaba la Palabra del Señor en el corazón del salmista, no se puede evitar la pregunta: ¿es la disposición de los pastores distinta? El salmista se gozaba y deleitaba en las Escrituras (vv. 14, 47, 72, 77, 111, 127), deseaba aprender de las Escrituras (vv. 12, 26, 27, 33, 64), meditaba en las Escrituras (vv. 15, 23, 48, 78, 97), y anhelaba ponerlas en práctica (vv. 32-36, 44, 57-60).

El estándar que tenemos por delante es alto. Si hay un libro al cual nuestras almas tienen que estar ligadas, es la Biblia. Me gusta la máxima ministerial que nos comparte John Kitchen en su comentario a las Epístolas Pastorales: “Un pastor deber ser un ‘adicto’ a las Escrituras”. No desperdicies tus ojos, y úsalos para leer lo más valioso que podrán mirar jamás. Por amor a Cristo, lee tu Biblia. Es una carta de amor enviada por el cielo para ti.

Incluye libros devocionales y doctrinales.

¿Qué harías si supieras que estás viviendo los últimos días de tu vida? ¿Leerías?

En 2 Timoteo vemos al apóstol Pablo en precisamente esa situación. Él estaba preso y sabía que el tiempo de su partida estaba cercano (4:7). En esas circunstancias hace una petición a Timoteo: “Cuando vengas, trae la capa que dejé en Troas con Carpo, y los libros, especialmente los pergaminos” (v. 13). La capa cubriría una necesidad física importante: protegerse del frío. Y los libros, por su lado, suplirían una necesidad más importante aún: la salud de su alma. No importaba cuántos días le quedaban en la tierra, Pablo cuidaba tanto su cuerpo como su alma.

Reflexiona en esto. Estamos hablando del autor de trece epístolas del Nuevo Testamento. Si Pablo necesitaba leer, ¿dónde quedamos tú y yo?

Una de las grandes tentaciones del pastor es leer para alimentar a otros. Nuestro primer deber es leer para nosotros mismos. Como todo creyente, el pastor debería ser un buen lector. Pero como líder, también debe ser un buen ejemplo de lectura para los demás, y así glorificar a Cristo.

Por amor a tu familia, ¡lee!

Aprenderás a ser un mejor esposo.

He trabajado como librero cristiano y he estado cerca de otros libreros, por lo que tengo conocimiento de primera mano de los hábitos del pueblo de Dios en la compra de libros. Uno de los datos más impactantes es que los libros que tratan sobre la familia son más comprados y leídos por las mujeres que por los hombres. Nosotros los pastores, como hombres al fin, no escapamos esas estadísticas. Por eso hago un llamado directo a que procuremos leer buenos libros que nos ayuden en la tarea que tenemos como cabezas de familia. Y la primera área que debemos dominar en ese sentido es la de ser los esposos que Dios nos ha llamado a ser.

Nos veremos tentados a comprar libros a nuestras esposas (lo cual es correcto), y a leer uno por cada cuatro que leen ellas sobre temas de familia. Sé consistente con tu posición como líder y procura conscientemente crecer como esposo. El orgullo te llevará a pensar que no lo necesitas, algo muy lejos de la realidad.

Ama a tu mujer procurando ser un mejor marido. Debes conocer los libros que Lou Priolo y Stuart Scott escriben para los esposos, y hasta dominar su contenido. Traerá profundo gozo al corazón de tu esposa el verte leyendo un libro que tenga por título Loving Your Wife as Christ Loves the Church (Amando a tu esposa como Cristo ama la Iglesia), como el escrito por Larry McCall.

Aprenderás a ser mejor padre.

Como líderes en nuestros hogares también debemos ser conocedores de la mejor literatura para padres. La labor de la crianza de los hijos ocurre en varias etapas, y en cada una de ellas se espera que gobernemos bien nuestras casas y que tengamos a nuestros hijos en sujeción (1 Tim. 3:4).

Los años formativos iniciales son cruciales. Es un período difícil de siembra. Pero como los vemos tan niños, podemos ser tentados a pensar que no son años importantes. Es todo lo contrario. Y si Dios te da más de un hijo, recuerda que cada uno es diferente al otro. Cuando crees que ya lo sabes todo, tu siguiente hijo te recordará que todavía no has aprendido como debieras.

Haz de los libros de Ted Tripp sobre la crianza una fuente recurrente del saber. Y cuando tus hijos lleguen a la adolescencia, entonces lee Edad de oportunidad, de su hermano Paul Tripp. Pero no te detengas ahí. Hay muchos otros libros que pueden enriquecer tu alma y ayudarte a lidiar con tu propio corazón, y así estar preparado para tratar entonces con el corazón de tus hijos. Léelos junto a tu esposa; eres un equipo con ella. Tus hijos te lo agradecerán, lo mismo que tus hijos espirituales.

Por amor a tu iglesia, ¡lee!

Las labores de un pastor son múltiples. Tiene que recibir y enviar correos con frecuencia. Coordinar y participar en muchas reuniones (“Me reúno, luego existo”, dice el pastor à la Descartes). Se encarga de bodas y funerales. Entrena nuevos líderes. En fin, es multitasking. Sus hábitos de lectura incidirán en todas esas labores. Cada oficio tiene sus herramientas distintivas. Los libros ocupan un lugar central en las herramientas pastorales.

Será de apoyo a tu predicación y enseñanza.

Lee cuando estés preparando tus sermones. Algunos calculan que una tercera parte del tiempo de la preparación de nuestros mensajes se trata de lectura. Pero aun cuando no estés leyendo para preparar un material en particular, de todos modos te estás capacitando para seguir teniendo un ministerio relevante y fructífero de predicación.

Lee acerca de la doctrina que vas a exponer, pero también lee teología sobre temas que no enseñarás en lo inmediato. Trata de conocer quiénes son los mejores autores sobre determinadas doctrinas. Ciertamente hay muy buenas teologías sistemáticas que hacemos bien en consultar, pero hay autores que han hecho aportes significativos en departamentos específicos. Recordemos también que nuestro principal interés no debe radicar en la cantidad de libros que leemos, sino en la calidad de los mismos. Eso también es parte de no desperdiciar nuestros ojos.

También puedes leer sobre temas éticos de actualidad. Dios no cambia, ni su verdad cambia, pero el mundo al que ministramos sí. Y eso exige que tengamos cierta medida de conocimiento sobre nuestro mundo y su cultura.

Debemos ser hombres del Libro, pero si nuestro mensaje ha de ser fresco y relevante, también debemos estar informados acerca del mundo que nos rodea.

Te ayudará a aconsejar y proteger la grey.

Los pastores puritanos fueron descritos, con razón, como doctores del alma. Sus escritos nos evidencian el gran conocimiento experimental que tenían del alma humana. Quien lee los escritos alegóricos de John Bunyan terminará conociendo mucho más sobre el corazón del hombre, y conociéndose mejor a sí mismo. Y es precisamente esto lo que nos equipará para poder ministrar eficazmente a aquellos que están bajo nuestro cuidado.

Francis Bacon expresó que la lectura es lo que hace que un hombre venga a ser completo. Yo añado que la buena lectura es lo que nos hará completos y equipados para servir mejor a los demás.

Consejos finales

  • Identifica los libros que vale la pena leer más de una vez y hazlos miembros del grupo de tus “amigos” más cercanos. Lutero decía que sus mejores amigos estaban muertos, haciendo referencia a sus libros. Puede que alguno de esos autores venga a ser “tu mejor amigo”, el autor que mejor habla a tu corazón. En mi caso, Maurice Roberts es uno de ellos.
  • Trata de aprender a leer en inglés. Agradezcamos a Dios porque cada vez tenemos más recursos disponibles en español, pero en inglés encontrarás más volúmenes disponibles, y mejores precios y oportunidades.
  • Aprovecha lo mejor de ambos mundos: material y digital. Algunas personas ni siquiera hacen el intento de leer libros electrónicos. Aunque no sea el método de tu preferencia, no conviertas en una ley inquebrantable el no leer otra cosa que no sean libros físicos, pues saldrás perdiendo tú y los que te escuchan. Cada formato tiene sus fortalezas y debilidades.
  • No te olvides de los audiolibros. Sea que los descargues de Internet, los escuches en línea, o los reproduzcas en CDs, escuchar libros en audio puede convertir muchos momentos ociosos en edificantes. Comúnmente escucho un libro al caminar o conducir. Puedes reproducirlo en tu teléfono y continuar escuchando exactamente donde te habías quedado antes. Con el tiempo te asombrarás de los libros que habrás “leído” de esta forma.
  • Aunque no lo vayas a leer inmediatamente, cuando encuentres una joya, trata de adquirirla. He visto muchos libros excelentes salir de edición y desaparecer durante muchos años. Especialmente en el mundo latinoamericano.
  • Finalmente, no desperdicies tus ojos. Cuadran bien aquí las palabras del comediante y escritor norteamericano Groucho Marx: “Encuentro que el televisor es muy educativo. Cada vez que alguien lo enciende, me voy a otra habitación a leer un libro”.

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