Es prudente asumir que si no participas y permaneces dentro de un cuerpo local de discípulos (o como lo conocemos: la iglesia), entonces deberías de estar preocupado acerca de tu salvación. No te preocupes: no estoy intentando argumentar que tu salvación depende de tu asistencia a un servicio o de tu presencia dentro de un edificio. Ir a la iglesia no puede salvarte. De hecho, nada de lo que tú puedas hacer puede salvarte. Por eso Jesús tuvo que hacerlo, con su muerte en la cruz. Sin embargo, lo que me gustaría explicar hoy es que si bien ir a la iglesia no es la causa de tu salvación, ser parte de una es definitivamente un resultado.

No siempre lo entendí así. Recuerdo cuando era niño discutir con mis padres sobre el porqué tenía que ir a la iglesia. Incluso les dije una vez que prefería ir al primer servicio porque “podía salir pronto de ese asunto y continuar con los propios el resto del día”. Mis padres no estuvieron muy felices cuando dije eso. Aun de niño, ¡era un terrible pecador!

Creo que la razón por la cual no comprendía el propósito de ir a la iglesia era parcialmente porque eso era exactamente lo que comprendía (o entendía mal) sobre la iglesia: un lugar para ir o un servicio al cual asistir. Sin embargo, la descripción de iglesia que observamos en la Biblia no es nada de eso. Revisa Hechos 2:42-47:

Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración. Sobrevino temor a toda persona; y muchos prodigios y señales (milagros) se hacían por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común; vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos, según la necesidad de cada uno. Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos.

Revisa también Hebreos 10:24-25:

Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.

Por último, revisa 1 Juan 3:11-18:

Porque éste es el mensaje que ustedes han oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín que era del maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. Hermanos, no se maravillen si el mundo los odia. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino, y ustedes saben que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él. En esto conocemos el amor: en que El puso Su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanosPero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.

¿Observas el modelo? La iglesia nunca fue algo a lo que los cristianos tenían que ir a, y no deberíamos de enseñar eso, especialmente si también creemos que el solo atender a un servicio o entrar a un edificio podría de alguna manera mediar en nuestra relación con Dios. 

Ahora bien, si la iglesia no es un servicio o un edificio, entonces ¿qué es? Yo soy parte de un grupo que está plantando una iglesia en Guatemala y hay una frase que nos gusta usar para describir nuestras reuniones:

No somos un evento al que asistimos, somos una comunidad a la que pertenecemos.

La iglesia no es un edificio y tampoco es un servicio. El término “iglesia” viene de la palabra griega, ekklesiaEkklesia era una palabra que se usaba con frecuencia para expresar “asamblea” o “una reunión de personas”. Sin embargo, su uso en el Nuevo Testamento es un poco diferente. Para Pablo, la iglesia no era un edificio ni era una reunión de personas (o lo que podríamos llamar hoy, un servicio de iglesia). La iglesia eran los reunidos (o mejor dicho “los que han sido llamados a reunirse”), las mismas personas. Nuestra identidad como iglesia debe ser como la de una comunidad que está enraizada en la persona y obra de Jesucristo, en quien mora la plenitud de Dios. La iglesia son las personas. Ninguno es perfecto. En realidad, esa es la mera razón por la que podemos ser una comunidad. Podemos venir de una gran variedad de trasfondos, pero todos tendremos dos cosas en común: todos somos pecadores, y más importante, todos tenemos a Jesús.

De manera que, los cristianos no deberíamos entrar a una comunidad de discípulos esperando encontrar perfección, sino esperando ver a Jesús operando en los corazones de sus miembros. Incluso entonces, ¿es perfección lo que realmente queremos ver? ¿Cuántos de nosotros nos sentiríamos completamente fuera de lugar, inseguros e inadecuados si nos uniéramos a una iglesia y nos diéramos cuenta que nosotros somos los únicos imperfectos? ¡No nos sentiríamos bienvenidos, nos sentiríamos condenados! Sin embargo, muchos de nosotros tratamos a la iglesia de esta manera: como una reunión de domingo donde todos pretendemos ser perfectos mientras el resto de la semana nos estamos ahogando en pecado preguntándonos cómo los demás lo hacen y parece que están bien. La verdad es: nadie está bien. Cuando Jesús murió en la cruz, él hizo evidente que nadie es perfecto. Así que en lugar de actuar como que lo somos, admitamos que nadie lo es y hagamos lo que estamos llamados a hacer: amarnos los unos a los otros y buscar la santidad. Toma tiempo crecer en una iglesia. Toma más que solamente entrar al edificio, sentarse durante un servicio, y salir cuando éste ha terminado. Después de todo, no solamente requiere que compartamos el evangelio: debemos compartir nuestras vidas (1 Tes. 2:8).

El Señor ha preparado Su iglesia para ti, llena de creyentes quebrantados y que son llamados a amarte, enseñarte y ayudarte en tu caminar con el Señor. Y ¡tienes que devolverles ese amor!

Quizá es de suma importancia que recordemos que la comunión con los otros en la iglesia es otra forma de comunión con Cristo. John MacArthur lo expresa mejor cuando dice, “Cualquiera que está en comunión con Cristo debería también estar en comunión con cualquier otro que también está en comunión con Cristo”.

Por lo tanto, mi oración por ti hoy es que en respuesta al amor de Cristo y el poder del evangelio, no solo asistas a la iglesia, pertenezcas a la iglesia.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Steven Morales.