Le debemos mucho al internet. Vivimos en tiempos donde casi cualquier ser humano puede exponerse a la biblioteca más grande que jamás haya existido, sin haber salido de su casa. Y no solo blogs y artículos: actualmente es posible obtener educación teológica formal completamente en línea. Esto ha permitido que cada vez más personas se expongan a la capacitación teológica, lo que nos lleva a la pregunta: ¿el acceso al conocimiento teológico en los miembros es bueno o es malo para las iglesias?

Escuché a alguien argumentar que la capacitación teológica es innecesaria para servir a Dios. Defendían su caso aludiendo a los discípulos, quienes aparentemente no tuvieron estudios formales. Mi respuesta, ¿les parece que tres años a tiempo completo con Jesús es no tener capacitación teológica? Diría que eso es más de lo que cualquier seminario pudiera ofrecer.

Creo que es evidente que aquellos llamados al ministerio a tiempo completo deben capacitarse. Pero, qué hay de los “miembros normales”, aquellos no llamados a la obra a tiempo completo. ¿El conocimiento teológico en los miembros “normales” es una bendición o una maldición para la iglesia?

Pues, esta extraña pregunta es cómo formular lo siguiente: ¿es el fuego bueno o malo? La respuesta más simple es “según dónde se produzca”. Será una bendición en la chimenea en una noche fría de invierno. Pero será una catástrofe sobre la alfombra de nuestra iglesia.

Conocimiento es más que academia

El conocimiento de Dios es un eslabón dentro de un proceso de transformación de mi carácter:

  • El conocimiento de Dios es relacional. Involucra la mente, pero como puerta que conduce a la voluntad, a la conciencia, a las emociones, y que permea toda la personalidad.
  • El conocimiento de Dios me postra en tierra. Me humilla, me lleva a la adoración. Es relacional ciento por ciento: no es simplemente académico.
  • El conocimiento no es un fin en sí mismo. Es el vehículo que me lleva a la adoración. No puedo adorar a quien no conozco.

Conocimiento que lleva al crecimiento

El apóstol Pedro nos exhorta en su segunda carta:

“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud [execelencia de vida]; a la virtud, CONOCIMIENTO, al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejaran estar ociosos ni sin fruto en cuanto al CONOCIMIENTO de nuestro Señor Jesucristo”, 2 Pedro 1:5-8.

El producto final que Pedro trata es una fe traducida en vidas transformadas por Dios. Dios transforma las vidas egoístas en vidas amorosas. En muchas iglesias los peores problemas son logros de personas llenas de conocimiento, pero sin amor. El conocimiento por sí solo no edifica la iglesia (cp. 1 Co. 8:1), y en sociedad con el orgullo carnal la desmorona.

Las doctrinas bíblicas están llevando a muchos creyentes a una relación más profunda con Dios, a crecer en su relación con sus hermanos, y a la fe y compasión por los perdidos. Pero estas mismas doctrinas, separadas del amor, llevan a muchos  a una actitud elevada sobre los demás, enjuiciadora y contenciosa.

Es como un pastor que enfrentó a un joven asistente contencioso y le dijo: “jamás deberías haber conocido las doctrinas de la gracia: te han empeorado”. No hay dudas que este es el caso de “fuego sobre la alfombra”. El problema obviamente no radica en las verdades doctrinales, sino en el corazón, el terreno donde ellas cayeron.

Como dice Wayne Grudem: “…que horrible seria si alguien usara este conocimiento de la Palabra de Dios simplemente para ganar discusiones o para denigrar a otro creyente en la conversación, o para hacer que otro creyente se sienta insignificante en la obra del Señor” (Teología Sistematica, p.34).

El problema no está en la doctrina, sino en el corazón, el terreno donde ella cae.

El mismo proceso de transformación que leímos en Pedro lo encontramos en 2 Timoteo 3:16-17: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Observe aquí que “el producto final” son hombres preparados para toda buena obra. No dice hombres preparados para causar problemas.

Las Escrituras llevan a los hombres desde la incredulidad hasta la fe, desde la muerte a la vida eterna, desde la vanidad a hasta la productividad,  desde la simpleza hasta la madurez. En términos simples, la Palabra de Dios produce “Timoteos”.

Conocimiento como bendición

El conocimiento teológico es una bendición para la iglesia: no es una amenaza ni un problema para los pastores. Es una bendición contar con hombres con conocimiento de la Palabra de Dios para desarrollar con profundidad el ministerio.

Recordemos que el problema no es el fuego, sino dónde se produce. El problema no es el conocimiento teológico, sino qué hacemos con él, o mejor dicho lo que este hace con nosotros.

El problema no es el conocimiento teológico, sino qué hacemos con él, o mejor dicho, lo que hace con nosotros.

En el pasado, la gloria de Dios era el combustible de las grandes batallas apologéticas y contribuían a aclarar dudas sobre el cristianismo y también a la edificación del pueblo de Dios. Sospecho que detrás de muchos debates espontáneos de teología hay una guerra de orgullos, sin ningún celo por la gloria de Dios. Jamás el combustible debiera ser la competencia del conocimiento en sí mismo.

Oremos por un ejército de estudiantes piadosos que se llenen de conocimiento para servir a Dios humildemente. Que aporten fuego a la chimenea en la casa de Dios, combatiendo el frio de la indiferencia teológica de nuestro tiempo.