Fragmento adaptado de La predicación: Compartir la fe en tiempos de escepticismo, de Timothy Keller. B&H Español.

Poco después de comenzar mi ministerio de predicación, observé una inconsistencia desconcertante en la respuesta de mi audiencia. Algunas veces, recibía comentarios gratificantes en la semana posterior a un sermón. «Ese sermón cambió mi vida». «Sentí que me estabas hablando directamente a mí. Me pregunté cómo lo sabías». «Nunca lo olvidaré; ¡sentí que venía directo de Dios!». Cuando escuchaba estos comentarios, suponía que había predicado un sermón excelente, algo a lo que todo joven predicador aspira.

No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que, sobre el mismo mensaje, otros decían: «Bah». Mi esposa, Kathy, a menudo decía: «Estuvo bien, pero no fue uno de los mejores», mientras que alguien más me expresaba llorando que no sería la misma persona después de haberlo escuchado. ¿Qué conclusión podía sacar? Al principio, comencé a preguntarme si la belleza de un sermón dependería del cristal con que se mirara, pero esa explicación era demasiado subjetiva. Yo confiaba en la opinión de Kathy y en la propia en cuanto a que algunos de mis sermones simplemente estaban mejor elaborados y presentados que otros. Sin embargo, algunos que consideraba mediocres cambiaban vidas, mientras que otros con los cuales me sentía muy satisfecho parecían tener poco impacto.

Un día leí Hechos 16, que relata cómo Pablo plantó la iglesia en Filipos. En esa ocasión, Pablo presentó el evangelio a un grupo de personas y una de ellas, Lidia, puso su fe en Cristo porque «el Señor le abrió el corazón para que respondiera al mensaje de Pablo» (Hech. 16:14). Aunque todos los oyentes escucharon el mismo discurso, al parecer este solo transformó de manera permanente a Lidia.

Este pasaje no sugiere que Dios obre solo a través de un mensaje en el momento de presentarlo o que Él no haya ayudado a Pablo cuando formuló el mensaje previamente. No obstante, me pareció que el texto dejaba en claro que el efecto distinto del sermón sobre los individuos se debió a la obra del Espíritu de Dios. Quizás Pablo pensaba en Lidia cuando describió el acto de predicar como el evangelio que llega a las personas «no solo con palabras, sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción» (1 Tes. 1:5).

Concluí que la diferencia entre un mal sermón y uno bueno se encuentra en gran parte en los predicadores, en sus dones y habilidades, y en su preparación para determinado mensaje. Entender el texto bíblico; extraer un tema y un bosquejo claros; desarrollar un argumento persuasivo; enriquecerlo con ilustraciones conmovedoras, metáforas y ejemplos prácticos; analizar de forma incisiva las motivaciones del corazón y las suposiciones culturales; hacer aplicaciones específicas para la vida real… todo esto requiere un trabajo extenso. Preparar un sermón como este requiere horas de trabajo y lleva años de práctica poder elaborarlo y presentarlo con habilidad.

Sin embargo, aunque la diferencia entre un mal sermón y uno bueno es ante todo responsabilidad del predicador, la diferencia entre una predicación buena y una excelente yace ante todo en la obra del Espíritu Santo en el corazón del oyente y del predicador. El mensaje en Filipos vino de Pablo, pero su efecto en los corazones vino del Espíritu.

Esto significa que Dios puede usar un mensaje mal elaborado como una predicación excelente, lo cual explica la respuesta de un pastor cristiano veterano cuando se le pidió que comparara a los grandes predicadores del siglo XVIII Daniel Rowland y George Whitefield. Él respondió que, al escuchar a ambos hombres, siempre recibías grandes sermones, pero con Rowland también obtenías un buen sermón, lo cual no siempre era el caso con Whitefield. Más allá de cómo se elaborara determinado sermón, la predicación de Whitefield siempre parecía ir acompañada de una sensación de la presencia y el poder de Dios.

Quizás estés ansioso por aprender «el secreto de una predicación excelente», como si hubiera una lista de instrucciones para la formación de una disciplina. Así podrías predicar casi siempre sermones excelentes, si siguieras las indicaciones al pie de la letra. Sin embargo, no puedo darte esa fórmula, y nadie puede, porque el secreto descansa en las profundidades de los planes sabios de Dios y el poder del Espíritu. Me refiero a lo que muchos denominan «unción».

Algunos señalarán acertadamente la vida de oración del pastor. «¿No es ese el secreto de una predicación excelente?», preguntarán. La respuesta es sí y no: aunque una vida de oración profunda y abundante es un requisito para una predicación excelente e incluso para una buena predicación, de ningún modo garantiza la excelencia.

Nosotros debemos esforzarnos por hacer una buena exposición de la verdad de Dios y dejar en Sus manos la manera y la frecuencia en que será excelente para el oyente. «¿Buscas grandes cosas para ti? No las pidas» (Jer. 45:5).


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