Como líder, tu corazón se rompe. Es alguien cercano a ti —tal vez un miembro de la iglesia, un querido amigo, un hermano, o incluso uno de tus hijos. Los amas, pero odias sus elecciones. No es por ser más santo, solo que vez cómo sus decisiones están frenando su crecimiento y detienen su progreso. Eso no quiere decir que no hay progreso. Es solo que todo parece retroceder. Has orado, buscado consejo, y todo lo que se puede decir ya se ha dicho. Todo lo que queda es esperar.

Pero los líderes no esperamos muy bien; estamos programados hacia la iniciativa. Esperar se siente tan contra intuitivo, tan dócil, es como salir de la acción del juego, tomar una ducha y luego sentarse en las gradas. ¡Los verdaderos líderes no esperan, inician! ¿Por qué esperar?

La espera es activa

En la Escritura, la espera nunca es pasiva. De hecho, es agresiva, alimentada de la fe hacia Dios. La espera es una muestra de debilidad gloriosa en donde nos movemos deliberada y constantemente hacia Dios en la dependencia de oración, pidiéndole hacer lo que solo Él puede hacer. Para David, requirió de fuerza y de valor (Salmo 27:14; 31:24). Lejos de ser inerte, la espera muestra una fe profunda y duradera en la capacidad de Dios para responder. “Porque en ti espero, oh Señor; Tú responderás, Señor, Dios mío”. (Salmo 38:15) 

La espera es realmente acerca de la “inclinación” del corazón. Cuando el evangelio está laborando en nuestro corazón, tiene un cierto efecto quiropráctico. Ajusta el alma lejos de la autosuficiencia y cambia nuestra postura hacia Dios. Pasamos de alejarnos de Dios a inclinarnos a Él; de ser activos en la carne a ser activos en el Espíritu. La dependencia sustituye a la independencia así como nuestra agenda para el cambio en los demás se elimina y se reemplaza con una confianza tranquila pero dinámica en la guerra activa de Dios en nombre de la persona que amamos.

No te equivoques. Esperar requiere agallas.

Esperar nos fortalece

Esperar no es solo una disciplina que nos imponemos, sino una gracia que experimentamos. Nuestra inclinación es hacia la promesa de su bendición y provisión.

“Pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas. Se remontarán con alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán”. (Isaías 40:31)

Esto no es un engaño. Dios no está “jugueteando” contigo y no está de juegos. Esperar suministra poder. Nos elevamos, experimentamos recuperación, encontramos la fuerza para el largo plazo. Al estar sentado en oración en la sala de espera observando al Médico Divino, algo extraño sucede. La fe se vuelve duradera.

Es cierto que la espera no nos gana ni una tilde de interpretación de por qué la persona que amamos ha elegido este camino desconcertante. Pero tenemos algo mucho más valioso que un conocimiento previo o información privilegiada. En primer lugar, conocemos a Aquel que creó todas los caminos (Filipenses 3:8). Además, sabemos que Él ama a esta alma desviada mucho más de lo que nosotros le podamos amar (Juan 3:16). Por último, recordamos que el Dios que amamos busca a los perdidos (Lucas 19:10) y se compromete a actuar en nuestros preocupantes días de espera dándole un impulso a nuestra fuerza.

Así que esperamos.

Esperar nos enternece

Las personas que se alejan de Dios son seria y espiritualmente insensibles a sus debilidades y al pecado. Pueden ser oyentes, como el hombre que “después de mirarse a sí mismo (en un espejo) e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de persona es” (Santiago 1:24). O pueden haber cerrado sus oídos por completo a la verdad del evangelio (2 Timoteo 2:17-18) En cualquier caso, sus decisiones se convierten en tu carga.

¿Cómo un plantador de iglesias, pastor, o líder mantiene su corazón tierno en amor cuando abunda el pecado y las palabras se gastan?

Nos preparamos y esperamos. Verás, algo profundamente personal y transformador ocurre mientras esperamos. Nuestros corazones afanados se asientan, mientras con esperanza y entusiasmo oramos por el arrepentimiento y la reconciliación en los demás. La inclinación a Dios, que mencionamos anteriormente, cambia nuestra actitud hacia aquellos de cambio lento y ablanda nuestro corazón para recibir su arrepentimiento cuando finalmente llegue.

¿Recuerdas cuando Jesús habló del pecador desinteresado? El dijo: “…si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónalo” (Lucas 17:4).

Piensa en esto: siete veces en un día. ¡Este es un tipo seriamente ingenuo que exporta el caos a tu mundo! ¿Cómo puedes seguir adelante después del cuarto o quinto incidente de pecado de la misma persona? ¿Cómo aquietas el alma mientras oras por un, por así decirlo, “buen fruto” de arrepentimiento?

Se trata de esa inclinación. Inclinarnos hacia Dios mientras esperamos trae el perdón a colación porque recordamos los pecados merecedores del infierno por los que hemos sido perdonados. Recordamos que Dios esperó pacientemente por nosotros (Rom. 2:4). Mientras esto sucede, el Espíritu de Dios nos obliga a no solo dejar de lado el dolor, sino a cultivar un corazón que ama a los que nos hacen daño. Es entonces que podemos esperar con esperanza, no en la ansiedad del cinismo.

Solo el evangelio puede realmente ablandar el corazón para esperar el cambio. Y como pastor o líder cansado que lleva las heridas infligidas por pecadores, es lo que más necesitas en este momento.

Así que esperamos. Inclinándonos hacia Dios, de manera activa y expectante. Haciendo retroceder la preocupación y el miedo, aplicando el evangelio, y confiando en que el cambio de Dios vendrá en el tiempo de Dios.


Publicado originalmente en Am I Called? Traducido por Saraí Charón.