En “El evangelio y mi trabajo” contamos historias acerca de cómo los cristianos glorifican a Dios en sus trabajos y tareas cotidianas. En esta ocasión, Catherine Scheraldi nos comparte sobre su experiencia en el campo de la medicina.

“Prometo cumplir, en la medida de mis capacidades y de mi juicio, este pacto”, dice la primera línea del juramento hipocrático. Miles de médicos cada año pronuncian este pacto; hombres y mujeres que se comprometen a entregar sus vidas en servicio a los demás. O, por lo menos, esa es la idea.

Catherine Scheraldi es médica internista y endocrinóloga. Ha ejercido su profesión durante 35 años, y encontró en la medicina el llamado de Dios de ser luz en las tinieblas.

“Los cristianos pueden devolverle el corazón a la medicina”, me comentó desde su consultorio. A pesar de que el juramento hipocrático menciona cosas como “No me avergonzaré de decir ‘no lo sé’, ni dudaré en consultar a mis colegas”, la realidad es que el campo se ha vuelto altamente competitivo… y no en el buen sentido. Muchos médicos, en las palabras de Cathy, trabajan para “construir su propio reino” en lugar de para servir al prójimo con entrega y humildad.

De hecho, Cathy era uno de estos médicos trabajando para su propia gloria hasta que el Señor la rescató. Mientras crecía, Catherine descubrió que las personas que más autoridad tenían a su alrededor eran los médicos. Eran respetados y reconocidos por la sociedad. Ella quería ser respetada y reconocida también, así que naturalmente decidió convertirse en médica.

A pesar de haber estudiado en una primaria católica, Cathy se graduó siendo atea, convencida de que la religión no era más que una mentira. No fue hasta su primer año en la escuela de medicina, cuando una tragedia familiar la sacudió, que sus ojos fueron abiertos a la realidad de que Dios existía.

Vida nueva

Su cuñado murió en un accidente aéreo. Era un hombre que amaba a Dios y estaba listo para partir. Hasta dejó una cinta con un mensaje grabado, porque de alguna manera sabía que su tiempo estaba cerca. “Esto nos despertó a Miguel [su esposo] y a mí”, me dijo Cathy. “Me di cuenta que la única diferencia entre mi cuñado y yo era la Biblia que él leía”. Así que se compró una y comenzó a devorarla.

Ser nueva creyente en la escuela de medicina no sería sencillo. A pesar del fuego del nuevo nacimiento, es fácil perder la cercanía con Dios en los años de entrenamiento médico. Lo más complicado sería encontrar tiempo para estudiar la Palabra. Pero Cathy entendió que Dios quería que ella fuera una buena médica, y que de Él vendría la ayuda para poder prepararse con excelencia sin que su corazón se enfriara. Mantener su mente arraigada en la Escritura se convirtió en prioridad.

Humildad y fragilidad

“Si tengo la oportunidad de salvar una vida, me sentiré agradecida. Pero es también posible que esté en mi mano asistir a una vida que termina; debo enfrentarme a esta enorme responsabilidad con gran humildad y conciencia de mi propia fragilidad. Por encima de todo, no debo jugar a ser Dios”.

Los médicos, como todos nosotros, son meramente humanos. Hombres y mujeres que han sacrificado mucho para poder atender las complejidades del cuerpo, pero humanos al fin. Y aunque el juramento hipocrático advierte del peligro de jugar a ser Dios, entre los médicos hay un gran miedo de mostrar fragilidad.

“En medicina nadie quiere demostrar que no sabe o que se equivocó”, confiesa Cathy. Pero, aun cuando los médicos no deseen admitirlo, el paciente sabe que su doctor no lo sabe todo. Catherine ha aprendido a acercarse a sus pacientes diciendo “no sé, vamos a investigar”.

Ejercer la medicina de esta manera es morir al ego y a las ganas de ser visto como superior. Por eso Cathy cree que los médicos cristianos pueden devolverle el corazón a esta profesión. Médicos que no quieran ejercer para establecer su reino, sino el de Cristo, el Gran Médico. ¡Los pacientes realmente notan la diferencia!

Sabiduría de Dios

“Si uno ejerce la medicina bien, está demostrando la sabiduría de Dios”, expresó Cathy. Ella cree que en realidad es fácil conectar la medicina con su llamado como hija de Dios.

Por un lado está el amor al prójimo. El paciente, no el médico, siempre es la prioridad. Las personas a las que Cathy sirve se encuentran en momentos de mucha vulnerabilidad. Ella ha aprendido a sanar no solo física sino también espiritualmente. “Puedes demostrar el amor de Dios hacia ellos cuando su corazón está muy dolido; enseñarles que hay alguien que los ama”, dijo.

Por otro lado, los cristianos en la medicina tienen la oportunidad de explorar y enfrentar las consecuencias de la caída del hombre. Como escribió el oncólogo Siddharta Mukherjee, “La disciplina de la medicina se ocupa de manejar el conocimiento cuando hay incertidumbre”. El cuerpo humano es muy complejo. Y por causa del pecado en el mundo, los órganos se han dañado de maneras extremadamente complicadas. Los cristianos en la medicina tienen la oportunidad de ir contra la falsa idea de que los creyentes son personas sin educación y sin capacidad de razonar, al observar los cuerpos rotos de las personas y buscar la manera de restaurarlos.

“Hay un mundo de mujeres profesionales que están en la carretera hacia el infierno. Muchas veces Dios usa a la mujer profesional cristiana para usar a la mujer profesional perdida. Yo siento que mi llamado es llegar a esas mujeres”. Con esas palabras y su estetoscopio en el cuello, Cathy me mostró lo convencida que está de su vocación.

“Ojalá pueda experimentar la dicha de curar a aquellos que busquen mi ayuda”, termina el juramento hipocrático. Oremos para que cada vez más médicos cristianos vivan de esta manera, no llevando solo medicamentos sino también el grandioso evangelio de Jesucristo.


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