Job 38 - 42 y Lucas 21 - 22

¿Quién, pues, podrá estar delante de Mí?
¿Quién Me ha dado algo para que Yo se lo restituya?
Cuanto existe debajo de todo el cielo es Mío.
(Job 41:10b-11)

Los últimos sucesos acontecidos en Venezuela (disturbios políticos y sociales) no dejan de sorprendernos y hasta abrumarnos. Pareciera como si nuestra querida Latinoamérica no pudiera aprender todavía a vivir en orden, en paz, y en democracia. Pero esta inestabilidad política, social y económica se percibe en todo el mundo en diferentes grados y formas. Los protagonistas son nuevos, pero la trama es la misma y tiene tantos años como la historia de la civilización. Lo cierto es somos incorregibles y rebeldes, incapaces de gobernar o ser gobernados con paz y orden.

Hay una frase del escritor peruano Mario Vargas Llosa que me hizo pensar mucho. Hace algunos años, mientras presentaba en Inglaterra su versión novelada de la vida del dictador de la República Dominicana, Rafael Trujillo, el laureado escritor dijo: “El miedo del pueblo a la libertad y el miedo a la responsabilidad, es una causa importante del nacimiento de una dictadura; nosotros creamos a los dictadores”. Para él, el mismo pueblo latinoamericano es el propiciador por excelencia de caudillos que han sido endiosados por sus pueblos, para luego convertirse en tiranos de sus conciudadanos y en víctimas finales de ellos mismos.

La tesis de Vargas Llosa de que somos una fábrica de dictadores me llama profundamente a la reflexión. Según él, el “miedo a la libertad y a la responsabilidad” es la clave para interpretar este deseo popular de tener a un caudillo con la suma de todos los poderes para que nos libre de todas nuestras frustraciones y dilemas.

Podríamos percibir esa misma línea de pensamiento en la interpretación que muchos le dan a la idea de la existencia de un Dios soberano con omnipotencia y omnisciencia sobre todas las cosas. Yo me pregunto: ¿Podría ser que entregarnos a un Dios completamente soberano sea una muestra de nuestro miedo a ejercer nuestra libertad y responsabilidad? ¿Es probable que la confianza en un Dios soberano nos haga más débiles como humanos? ¿Es Dios otro de los dictadores creados por nuestra propia debilidad?

Los capítulos finales del libro de Job nos pueden dar luz para responder a esas preguntas. Muchas de los grandes cuestionamientos que los amigos de Job y él mismo se hacían, tenían que ver con el gobierno y el cuidado de Dios sobre sus propias vidas.

Para el patriarca, era indudable que su conciencia no lo acusaba hasta el punto de reconocer que todo lo que le había pasado era producto de su propia injusticia. Él estaba sumido en una profunda incertidumbre al ser incapaz de entender lo que le estaba sucediendo y cómo poder interpretarlo.

Para Elifaz, Bildad, Zofar y Eliú, las conclusiones eran más que claras: Dios era justo y trascendente, su gobierno es indudable, y ellos, por supuesto, lo entendían a cabalidad. Por lo tanto, ellos estaban seguros que Job no podía más que estar sufriendo por sus propias maldades, por lo que, como genuinos interlocutores y defensores del Señor, le piden que vuelva a Dios en arrepentimiento.

En diferentes medidas y por diferentes razones, tanto unos como otros, habían invocado la presencia de Dios para entender una realidad que les era incomprensible.

En el momento menos pensado, cuando los argumentos se habían terminado, cuando parecía que no se iba a lograr acuerdo alguno, Dios en persona hace su aparición. Sin embargo, el Señor no aparece como un gran sabio condescendiente que dará respuestas a todas las preguntas, sino, más bien, como el soberano que pedirá respuestas: “Ciñe ahora tus lomos como un hombre, Y Yo te preguntaré, y tú Me instruirás” (Job 38:3). El precioso mensaje que se esconde detrás de esta intervención divina, radica en que Dios nunca debilitará su posición como autoridad, pero que también valorará dignamente al ser humano como tal.

En términos modernos, podríamos decir que le dice a Job: “Ajústate bien los pantalones y ponte de pie, que tenemos que hablar”. Recordemos que Job estaba debilitado física y emocionalmente, abandonado por sus amigos, enfermo, en duelo por la pérdida de su familia, quebrado materialmente y sumido en una completa desgracia. Sin embargo, nuevamente nos damos cuenta que el Señor no ve como nosotros vemos, no ve solo las circunstancias, Él mira directamente al corazón.

Con potencia de palabras, no entra a discutir las minucias particulares de Job y sus amigos, sino que pasa directamente a afirmar su autoridad y dominio sobre todas las cosas: “¿Dónde estabas tú cuando Yo echaba los cimientos de la tierra?... ¿Puedes tú atar las cadenas de estrellas de las Pléyades, O desatar las cuerdas de la constelación Orión?” (Job 38:4,31). Él pasó luego a dar cuenta del diseño de sus criaturas: “¿Acaso por tu sabiduría se eleva el gavilán, Extendiendo sus alas hacia el sur? ¿Acaso a tu mandato se remonta el águila Y hace en las alturas su nido?” (Job 39:26,27).

Lo inconmensurable del universo y lo grandioso de su creación reflejan la grandeza del Creador, por lo que la incapacidad de dominio de su situación por parte de Job, la incapacidad de sus amigos para entenderla y ayudar a su amigo, y la incapacidad mutua aún para ponerse de acuerdo entre ellos, era una clara demostración de lo lejos que estaban estos hombres para auto-gobernarse y aun para entender sus propias circunstancias; y claro está, aún más lejos, como para poder entender al Dios Soberano o sus propósitos.

Por eso el Señor le dice a Job: “... ‘¿Podrá el que censura discutir con el Todopoderoso (Shaddai)? El que reprende a Dios, responda a esto’” (Job 40:1,2). Podemos observar los reinos de los seres humanos con sus grandezas y profundas miserias, con sus efímeros gobiernos, y preguntémonos si estamos listos para cuestionar a Dios o hacerle parte de nuestras culpas y derrotas.

Ante la última pregunta, Job decide callar. No tenía respuesta para ninguna de las preguntas de Dios porque él, al igual que toda la creación y el universo entero, depende del obrar soberano y todopoderoso de Dios.

Job había sido abatido por el mandato secreto de Dios, por la influencia oscura del enemigo de los seres humanos, pero también, todo lo que pasó pone en evidencia que el patriarca, con toda su riqueza, fortaleza e integridad, seguía siendo un débil y efímero ser humano.

Hagamos una pequeña radiografía: Antes de su caída ofrecía sacrificios por los pecados que sus hijos imperfectos hubieran cometido. Las casas que él mismo construyó no fueron suficientemente fuertes para oponerse a la fuerza del viento y cayeron sobre sus seres queridos. Fueron hombres como él los que se robaron con fiereza y crueldad todo su ganado, y sus siervos (también humanos) no tuvieron poder para vencerlos. Su cuerpo no pudo mantenerse fuerte al sucumbir a las infecciones y a la enfermedad. Después de la prueba, su corazón y su mente no fueron capaces de tener las respuestas para enfrentar la crisis. Aún su compañera lo abandonó y no fue el apoyo que tanto necesitaba. Sus fieles servidores le dieron la espalda y la comunidad entera lo menospreció. Sus amigos no estuvieron con él para consolarle y lavarle las heridas, sino para llenarlo de incomprensión y amargura. Si Job hubiera podido resistir la prueba y restablecerse sin Dios, entonces el hombre habría ganado un lugar para hablar con el Señor cara a cara.

Job termina reconociendo la grandeza del Creador: “Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, Y que ninguno de Tus propósitos puede ser frustrado” (Job 42:2). Las respuestas que buscó no estaban en las circunstancias, sino en seguir creyendo en que el Señor tiene el control sobre todas las cosas y que, por más que Job lo intentara, nunca podría tener. En Dios mismo, su Salvador, encontró la paz que tanto le hacía falta, y no en los argumentos de sus amigos, en la seguridad material recobrada, o en la ausencia de conflictos (cosas que tampoco nunca pudo alcanzar por sí mismo).

En el Señor encontró la reconciliación con los que le rodeaban (porque por sí solos nunca llegaron a acuerdo), reconociendo que él era tan débil y necesitado de Dios como también lo eran ellos. Fue el Señor el que le dio la posibilidad de volver a ser rico, de volver a ser padre, de volver a tener la compañía, y el aprecio de los suyos… pero esa ya es otra historia.

Finalmente, Dios no nos aleja de nuestra libertad y responsabilidad. Él nos dignifica y nos da espacio y tiempo, para hacer nuestra propia historia que nunca será completa sin su visto bueno, su dirección y su intervención providencial. El Señor no nos hace más débiles, sino que con Él llegamos a tener la medida de la fuerza con la que fuimos creados. Nosotros lo hemos perdido todo producto de nuestra separación de Él, pero ha sido el Señor quien ha venido en nuestra búsqueda para rescatarnos y pagar el precio por nuestra irresponsabilidad. Dios no es un dictador oportunista, es el Señor que siempre ha estado en su trono, quien es dueño de todas las cosas.

Detrás de todo el relato de Job, está un Dios que nunca perdió el control de lo que le estaba sucediendo a sus criaturas, un Señor que nunca miró hacia otro lado cuando las cosas se ponían difíciles, un Dios siempre presente que nunca nos mirará con desprecio. Ese Dios que apareció a Job, es el mismo Dios que, en Jesucristo, se ha hecho visible a nosotros.

Al igual que Job y sus amigos, nosotros también cuestionamos y dudamos del poder y soberanía del Señor, pero Él sigue dando las mismas respuestas con autoridad y poder, como lo hizo Jesucristo cuando le respondió a los religiosos que dudaban que Él era el Salvador. Sus palabras son más que elocuentes ayer, hoy y siempre: “Pero de ahora en adelante, el HIJO DEL HOMBRE ESTARÁ SENTADO A LA DIESTRA del poder de Dios” (Luc. 22:69).


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