Solamente dos personas tenían el potencial de ser padres perfectos. Creados a imagen de Dios, se les dio el gran encargo de “fructificar y multiplicarse, llenar la tierra y señorearla”. Debían criar hijos que llevaran la misma imagen, viviendo en gozosa obediencia a Dios. Al crecer su familia, también los límites del Edén. Toda la tierra se convertiría en un jardín lleno de descendencia que reflejaría la gloria divina.

Pero Adán y Eva fallaron en ser aquello para lo que fueron creados. Su desobediencia les llevó a la realidad del dolor de la maternidad –el dolor de los pecadores dando a luz a pecadores.

Adán y Eva no fueron solamente los primeros padres en la humanidad; fueron los primeros en experimentar el criar hijos en la misma casa y que cada uno resultara diferente. Fueron los primeros en medio de disputas por la rivalidad entre hermanos. Fueron los primeros en experimentar luto. Seguramente fueron los primeros en preguntarse qué podrían haber hecho diferente para que las cosas no hubieran resultado tan terriblemente mal.

Pero ciertamente no fueron los últimos.

Incontables padres imperfectos

Al multiplicarse la gente, la maldad se multiplicó. Entonces Dios comenzó de nuevo con Noé y sus hijos. Noé y su esposa dieron a sus hijos escuela en casa en la seguridad del arca; y cuando salieron, no existía ninguna cultura que los descarriara. Cam se convirtió en el padre de los Cananeos, mientras que los descendientes de Sem incluyeron a Abraham.

Al rastrear la historia desde Abraham —quien fue padre de Ismael e Isaac—, a través de Isaac —que engendró a Esaú y Jacob—, y luego a través de Jacob quien tuvo 12 hijos (algunos de los cuales hicieron cosas despreciables que desearíamos que no se mencionaran en la Biblia) vemos niños criados en el mismo hogar tomar decisiones diferentes y seguir caminos diferentes. Para cuando llegamos al final del Antiguo Testamento, hemos leído las fallas paternas de Aarón el sumo sacerdote, Samuel el gran juez, y David el rey ungido. Nos preguntamos ¿Realmente esta es la familia que Dios planea usar para bendecir a todas las familias sobre la tierra (Génesis 12:3)? 

Un padre perfecto

Mientras que el Antiguo Testamento nos habla de muchos padres imperfectos, también narra el historia de un Padre perfecto –un Padre perfecto que tiene hijos rebeldes. Adán y Eva creyeron la mentira de la serpiente de que Dios les había negado algo bueno. Ellos se rebelaron y fueron forzados a dejar el amoroso hogar que Él había preparado para ellos en el Edén.

Luego Dios tuvo otro hijo, la nación de Israel. Les sacó de esclavitud y les dio su amorosa ley para que pudieran vivir como su posesión valiosa en el hogar que Él les había provisto en Canaán. Pero ellos también se negaron a obedecer. Como un padre que con anhelo rememora lo que pudo haber sido, a través del profeta Oseas, escuchamos al Señor hablar de su amor por su hijo:

Cuando Israel era niño, yo lo amé,
y de Egipto llamé a mi hijo.
Cuanto más los llamaban los profetas,
tanto más se alejaban de ellos;
seguían sacrificando a los Baales y
quemando incienso a los ídolos.

Sin embargo yo enseñé a andar a Efraín,
yo lo llevé en mis brazos;
pero ellos no comprendieron que yo los sanaba. (Oseas 11:1-3)

Como un padre con el corazón roto, el Señor habla a través de su profeta: “Hijos crié y los hice crecer; mas ellos se han rebelado contra mí… mi pueblo no conoce no tiene entendimiento de mi cuidado de ellos… generación de malvados, hijos corrompidos han abandonado al SEÑOR” (Isaías 1:2-4).

Adán y Eva habitaron un ambiente perfecto. Pero aún el hogar más ideal no protege a los hijos de la atracción a la maldad.

Adán y Eva sabían lo que sucedería si comían del árbol del conocimiento del bien y del mal. Oír las advertencias de Dios no asegura que los hijos harán caso.

Adán y Eva estaban desnudos y sin avergonzarse uno frente al otro y delante de Dios. Las relaciones de intimidad, saludables, no garantizan que los hijos no se alejarán del amor paterno.

El Padre de Israel les dio su buena ley. Tener la palabra de Dios comunicada claramente no le da a un hijo el poder para obedecerla.

El Padre de Israel les dio un hogar y una tierra de abundancia y seguridad. La provisión generosa no siempre inspira a una devoción agradecida.

Adán y Eva fallaron en obedecer la palabra que Dios les había hablado. Israel fallo en obedecer la palabra de Dios escrita para ellos. Cada uno desperdició la bendición y oportunidad. Cada uno subestimó la gracia que se les otorgaba.

Y en ocasiones nuestros hijos hacen lo mismo. La responsabilidad por fallar en prestar atención a lo que fue dicho, dado y prometido pertenecía a Adán y Eva y a Israel, no a Aquél que habló y dio y prometió.

Mamá y papá, no asuman que es un fracaso de su parte el que su hijo no se haya arraigado a aquello que se le ha extendido en Cristo.

Un hijo perfecto

Al final del Antiguo Testamento, es obvio que era necesario otro Hijo —un hijo que desplegara la imagen de su Padre y cumpliera el propósito del Padre. Finalmente llegó el día cuando un ángel le dijo a María que iba a tener un hijo que sería “Santo, y será llamado el Hijo de Dios”.

Desde temprana edad, Jesús comprendió su condición y propósito únicos como Hijo de Dios. Cuando, a la edad de 12, sus padres lo encontrar en la sinagoga , “Él les dijo: ‘¿Por qué me buscaban? ¿Acaso no sabían que me era necesario estar en la casa de mi Padre?’ (Lucas 2:49).

Jesús personificó todo lo que Israel estaba destinado a ser. Él era todo lo que Dios quería en un Hijo. En su obediencia perfecta, Él hizo aquello en lo que Adán falló, e Israel nunca pudo hacer.

El refugio de los padres imperfectos

¿Qué significa esto para padres como nosotros? Significa que encontramos compañerismo con nuestro Padre en los cielos. Él conoce el gran gozo de tener un hijo que es todo lo que Él siempre quiso –uno que obedece perfectamente, ama sacrificialmente y lo refleja gloriosamente.

Pero Dios también sabe el gran dolor de tener hijos que se niegan a obedecer, que fracasan en amar, y que están destituidos de su gloria. Él no apunta su dedo hacia los padres o hijo que luchan. Él se acerca. Él es un refugio seguro cuando la crianza se vuelve y permanece difícil. Él comprende.

Como padres, encontramos esperanza en el Hijo, creyendo que su récord de perfección cubrirá todas nuestras imperfecciones. En Él experimentamos una abundancia de gracia que se derrama sobre nuestros hijos. Al morar en Él, nos vamos conformando cada vez más a su imagen, de manera que podamos pastorear a nuestros hijos como nosotros somos pastoreados por Él. Y debido a que sabemos que todo el juicio que merecemos fue cumplido en Él, podemos ser honestos en nuestras fallas como padres, confiados en que no hay condenación para aquellos escondidos en Cristo.

Como padres, no tenemos el poder para crear vida espiritual en nuestros hijos. Pero el Espíritu sí lo tiene.

Con frecuencia no tenemos la voluntad o las palabras para orar por nuestros hijos. Pero el Espíritu sí lo hace. Él ora por nosotros y por ellos con gemidos indecibles.

La travesía de los padres dura toda una vida, y no se trata de hacer todo correctamente. En lugar de eso, trata de una dependencia en la gracia del Único que ha ejercido la paternidad perfectamente.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Adriana Lajaro