Josué 14 - 16   y   2 Corintios 7 – 8

Yo tenía cuarenta años cuando Moisés, siervo del SEÑOR, me envió de Cades- barnea a reconocer la tierra, y le informé como yo lo sentía en mi corazón. Sin embargo, mis hermanos que subieron conmigo, hicieron atemorizar el corazón del pueblo; pero yo seguí plenamente al SEÑOR mi Dios”, Josué 14:7-8.

El ser humano en su vida cotidiana no solo está a expensas de su propia experiencia como único medio para captar la realidad o aprender de ella. Hasta en las culturas más primitivas se puede utilizar la experiencia de vecinos, amigos y parientes, a través del lenguaje usado como medio de comunicación. Por lo tanto, en lugar de padecer las limitaciones de la experiencia, teniendo que descubrir lo que ya han descubierto otros, y de explorar nuevamente las sendas falsas que otros exploraron, repitiendo sus errores. En cambio, pueden empezar con lo que dejaron los demás, y continuar su trayectoria. Es decir, que la comunicación hace posible el progreso. Además, toda comunicación es social. La cooperación cultural o intelectual es el gran principio de la vida humana. Todos estamos sujetos a actos cooperativos, cuya coordinación de esfuerzos necesarios para que funcione la sociedad, se logra en base a la comunicación, o no se logra en absoluto.

En el texto del encabezado vemos la importancia de una correcta comunicación cuya finalidad puede ser tanto para construir o causar una enorme destrucción. El informe de Caleb, aunque fue desatendido, estuvo cargado de tal compromiso, actitud ganadora y verdad, que fue premiado por Dios. Lamentablemente, los otros diez testigos solo llenaron de temor y angustia el corazón de Israel con un mensaje plagado de miedos e incredulidad. La moraleja para nuestro mundo “mediatizado”, dominado por las masas y los ratings, es que muchas veces la opinión mayoritaria no es sinónimo de verdad y mucho menos de éxito.

Desde los tiempos del descubrimiento de la imprenta no ha existido una revolución y expansión en el manejo comunicacional como en nuestro tiempo. Sin embargo, la comunicación moderna no es fácil de digerir.  Vivimos en un medio formado en gran parte por tremendas influencias comunicacionales: Internet, periódicos y revistas de enorme circulación que reflejan, sin lugar a dudas, los prejuicios y obsesiones extrañas de sus redactores y dueños; programas de radio, televisión y  películas de cine, casi completamente inspirados en motivos comerciales; agentes de relaciones públicas y publicistas que no son sino artesanos bien pagados del arte de manipular y alterar nuestro medio semántico con tal de atraer al cliente.

Es un medio interesantísimo, pero lleno de peligros. Hoy, los recursos de los medios de comunicación se intensifican para influir en todas nuestras decisiones. Por lo tanto, necesitamos más que nuestro sentido común para entender y evaluar correctamente un mensaje. Nuestro mundo globalizado hace que todos los temas flotan en el ambiente, impidiendo que podamos entendernos con eficacia. Consideremos lo siguiente: podemos decir muchas más cosas de las que el oyente puede retener y, en segundo lugar, no tenemos control sobre la mente de nuestros interlocutores.

Investigadores han estimado la velocidad y la cantidad de palabras que nosotros escuchamos frecuentemente:

250 ppm (palabras por minuto)   En una conversación ordinaria

125 ppm                                      En discursos y lecturas

500 ppm                                      El promedio de lo que el oyente escucha (a sí mismo y a los demás).

Ante tamaños rangos de palabras no es poco probable que nos perdamos en medio de nuestros intentos por comunicarnos o en los miles de mensajes que tenemos que descifrar a diario. La comunicación es un esfuerzo de colaboración entre la gente para crear significado y acción.

Los seres humanos se comunican bien (o pobremente) en la medida que dicen lo que piensan o están dispuestos a escuchar lo que otros dicen.

Parece todo tan difícil pero no todo está perdido. Existen muchos especialistas que están trabajando por mejorar la comunicación en todos sus niveles. ¿Cuál es nuestra parte?  ¿Cuáles son los principios cristianos que debemos hacer prevalecer en toda comunicación?

La comunicación es necesaria como consecuencia de la diversidad de los seres humanos y de su necesidad de aprehender del ambiente que le rodea. Si todos sintiéramos y entendiéramos las mismas cosas, no necesitaríamos hablar al respecto. Nosotros nos comunicamos para crear unanimidad, acuerdo y acción. Debido a que las culturas y experiencias difieren, los transmisores y los receptores no solo pueden, sino que inevitablemente podrán, escuchar de manera diferente aun así ellos usen las mismas palabras.

El consejo del apóstol Pablo es que toda comunicación esté revestida de la profunda intención de hablar con la verdad y con el firme propósito de hacerlo eficientemente. Así se lo hizo saber a sus discípulos de Corinto: “Aceptadnos en vuestro corazón; a nadie hemos ofendido, a nadie hemos corrompido, de nadie hemos tomado ventaja. No hablo para condenaros; porque he dicho antes que estáis en nuestro corazón para morir juntos y para vivir juntos. Mucha es mi confianza en vosotros…”, 2 Corintios 7:2-4a.

Ya que la verdadera comunicación se basa en la sinceridad, entonces, el drama de la incomunicación es la hipocresía. Para muchos, es mejor evitarse un problema que decir la verdad. Tememos al hecho de ser reprochados, y la comunicación superficial jamás podrá dejar huellas en el corazón humano. En la verdadera comunicación espiritual debemos dejarnos de frases acomodaticias, parciales o superfluas, que hacen felices a todos pero no bendicen a nadie. Más bien, nuestro slogan comunicacional debería ser: “La verdad… aunque duela”. El apóstol Pablo hizo uso inteligente de los medios de comunicación de su tiempo. Sus cartas nos bendicen todavía dos mil años después de ser escritas. Su verdad sigue cautivando y transformando las mentes y corazones de miles de lectores.

¿En dónde radica el poder de su impacto comunicacional?

En que Dios no temió decir la verdad por más dolorosa que parezca. ” Porque si bien os causé tristeza con mi carta, no me pesa; aun cuando me pesó, pues veo que esa carta os causó tristeza, aunque sólo por poco tiempo… Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte”, 2 Corintios 7:8,10.

No temamos abrir nuestros corazones, más bien, temamos el cerrar neciamente nuestros oídos a la verdad. No temamos las consecuencias de decir la verdad, temamos a la complacencia del silencio que niega la verdad a los demás. Sigamos el consejo bíblico: “pues nos preocupamos por lo que es honrado, no sólo ante los ojos del Señor, sino también ante los ojos de los hombres”, 2 Corintios 8:21.