Asistir a la iglesia no indica que seas salvo. Haberte bautizado, tampoco. Ser hijo de creyentes no te da un pasaporte al cielo.

¿Entonces cómo puedes saber si de verdad eres del Señor? La respuesta reside en una palabra teológica bastante olvidada en nuestros días: la regeneración.

La regeneración alude al nuevo nacimiento, una obra de Dios mediante la cual el alma del pecador es convertida de modo eficaz.

El anuncio de la regeneración

Cuando Jesús explicó la doctrina de la regeneración a Nicodemo, reveló que la enseñanza ya se había dado en el Antiguo Pacto. Preguntó el Señor al fariseo: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?” (Juan 3:10). Hay varios pasajes donde vemos la promesa de la regeneración pronunciada por el Altísimo en el Antiguo Testamento:

“‘Les daré un corazón para que Me conozcan, porque Yo soy el SEÑOR; y ellos serán Mi pueblo y Yo seré su Dios, pues volverán a Mí de todo corazón” (Jeremías 24:7).

“‘Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días’, declara el SEÑOR. “Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo’” (Jeremías 31:33).

“Y les daré un solo corazón y un solo camino, para que Me teman siempre, para bien de ellos y de sus hijos después de ellos.” (Jeremías 32:39).

“Yo les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ezequiel 11:19).

“Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes Mi espíritu y haré que anden en Mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente Mis ordenanzas” (Ezequiel 36:26-27).

En cada caso vemos la misma realidad: el nuevo nacimiento sucede por Dios mismo en su sola soberanía. De allí la alusión de Cristo a la libertad del Espíritu en efectuar la regeneración: “El viento sopla de donde quiere” (Juan 3:8).

La naturaleza de la regeneración

El nuevo nacimiento no está en el poder de la voluntad caída del ser humano, sino según el beneplácito del Señor. ¿Cuántos de nosotros decidimos cuándo nacer? ¡Ninguno! ¿Acaso llamaste a tus padres nueves meses antes de nacer pidiéndoles que tuviesen un hijo? ¡Desde luego que no! De la misma forma, el nacimiento espiritual depende del soplo del Omnipotente.

Además de la metáfora de nacimiento empleada por Juan en su Evangelio, Pablo utiliza dos imágenes para referirse a la regeneración: una nueva creación (2 Corintios 5:17; Gálatas 6:15; Efesios 2:10) y una resurrección (Romanos 6). ¿Acaso Adán tuvo que darle permiso al Señor para crearle? ¿Decidió Lázaro cuándo iba a resucitar? En los dos casos, vemos que el agente humano es cien por cien pasivo ya que la regeneración es efectuada por el mismísimo Dios. Al fin y al cabo, ¿quién más podría cambiar el corazón tan perverso del género humano sino solo el Dios Todopoderoso?

Los efectos de la regeneración

Una persona sabrá que ha nacido de nuevo por los efectos que la regeneración produce en su vida. Las Escrituras hacen mención de varios efectos preciosos que necesariamente acompañarán a los que son nacidos de lo alto.

El primer efecto es la conversión; esto es, la fe y el arrepentimiento. Aquel que ha nacido de nuevo cree en el Cristo crucificado y resucitado como fuente de su eterna salvación (1 Juan 5:1). Se ha arrepentido del pecado y ahora quiere vivir para la gloria de Dios.

El segundo efecto es una nueva disposición en el corazón. Una persona renacida simplemente no puede seguir viviendo como antes porque el eje de su ser ha sido revolucionado. No podrá vivir en paz con sus ídolos. ¡Imposible! Empieza a odiar las cosas que antes amaba y comienza a amar las cosas que antes odiaba (1 Juan 3:9). Hay un cambio radical en sus afectos y deseos. Si este cambio no se ha dado, es probable que no haya nuevo nacimiento.

El tercer efecto es la manifestación continua del fruto del Espíritu Santo en la vida del regenerado. Esto no quiere decir que el nacido de nuevo ya no falle, pero sí significa que la vida del creyente se caracterizará por “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). O como lo expresa Juan, “Saben también que todo el que hace justicia es nacido de El” (1 Juan 2:29).

El cuarto efecto es un profundo amor hacia Dios y el pueblo de Dios. Para citar a Juan de nuevo: “Todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Juan 4:7). En cada generación hay burladores que se congregan en la iglesia con el fin de sembrar discordia, odio, y amargura en la casa de Dios. Pero el que es nacido del Señor procura velar por el bienestar de las ovejas de Cristo.

El quinto efecto es una pasión indomable por la Palabra del Señor. Jesús nos asegura que: “Mis ovejas oyen mi voz” (Juan 10:27). Cuando las Escrituras están siendo correctamente expuestas semana tras semana en una iglesia local, se producen dos efectos diametralmente opuestos. Por un lado, las cabras se aburren. Pero por otro lado las ovejas se gozan con gozo inefable. Una clara señal de que alguien ha nacido de nuevo es esta pasión por la sana doctrina, la Palabra de Dios.

Ante todo esto, te pregunto hoy: ¿de verdad has nacido de nuevo? ¿Te has convertido? ¿Hay una nueva disposición en tu corazón? ¿Se ve el fruto del Espíritu en tu vida? ¿Hay amor hacia Dios y hacia los hermanos en tu alma? ¿Deseas la Palabra más que tu alimento diario?


Imagen: Lightstock