Hacia la meta, el libro del pastor Otto Sánchez, es una presentación ágil y sistemática de la verdad de Dios en su Palabra, con el propósito de ayudar a cristianos en el proceso del crecimiento espiritual. Por eso tiene sentido que las primeras dos partes del libro hablen sobre quién es Dios y quiénes somos, y sobre lo que Él ha hecho por nosotros.

Aunque Dios es infinito, “[l]a imposibilidad de conocer todo sobre Dios no quita que podamos conocerlo lo suficiente” (p.24). Él nos ha revelado en su Palabra lo que necesitamos saber sobre Él. Y crecer en nuestra comprensión de Dios nos conduce a adorarlo, reconociendo nuestras limitaciones y deseando conocerlo más.

Además, a través de la Biblia también entendemos quiénes somos; vemos que hemos sido creados a imagen de Dios, con capacidad de relacionarnos con Él, responsabilidades, y una dignidad única.

Pero aunque todas las personas somos creadas por Dios, “en el sentido restringido del término, no todos son hijos de Dios porque hijos son aquellos que ya han sido adoptados por Él, que se han convertido a Jesús” (p. 50).

Debido a la caída del hombre y nuestro pecado, toda persona necesita la salvación que solo se encuentra en Jesucristo. Solo por medio de Él tenemos nuestra comunión restablecida con Dios y formamos parte de su familia.

Si hemos creído el evangelio, tenemos un destino asegurado en Cristo, y la misión de ser sus dignos representantes en todo lo que hagamos. “Somos hijos de Dios para dar testimonio de la gloria de nuestro Señor a todo el mundo” (p. 57).

Por tanto, es importante estar seguros de que en verdad somos creyentes. El pastor Sánchez advierte: “No se es cristiano por levantar la mano en un culto de una iglesia, ni tampoco por repetir una oración, ni por hacer un ‘pacto’ con Dios. Ser cristiano es un acto que se origina en el corazón de Dios y se materializa cuando la persona entiende el evangelio y, guiado por el Espíritu Santo, confiesa, se arrepiente y pide perdón por sus pecados” (p. 70).

Dios ha mostrado su amor por nosotros en que envió a su Hijo a tomar nuestro lugar en la cruz del Calvario (Rom. 5:8). Gracias a eso, Dios puede perdonarnos sin anular su justicia. Y al ser perdonados por Dios, somos llamados a perdonarnos unos a otros reflejando la gracia que Dios nos ha mostrado.


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