Recientemente, un amigo de la iglesia me compartió un proyecto que me pareció una buena oportunidad para compartir el evangelio de una forma distinta a la que, por lo menos en el contexto de mi ciudad, se ha acostumbrado. Todo creyente ha sido empoderado para ser testigo (Hechos 1:8), por lo que puede y debe, por mandato bíblico, compartir el evangelio de una manera que sea culturalmente relevante. El uso de las redes sociales en estos días, es de suma importancia, pero la experiencia del “uno a uno”, no tiene comparación.

La idea del plan sugerido por mi amigo y hermano me pareció de lo más sencillo para ser puesta en marcha: llevar sillas un domingo por la tarde a una de las avenidas peatonales más concurridas en Ciudad de Guatemala, colocar un cartel invitando a quien tuviera dudas sobre la existencia de Dios o sobre la Biblia, para abordarnos y platicar.

Confiando que Dios traería a quienes habrían de acercarse en busca de respuestas (razones), colocamos cinco sillas y el cartel. Sucedió lo que estábamos esperando: personas comenzaron a acercarse a conversar y exponer las dudas que tienen. Tratamos temas desde la existencia de Dios, hasta la veracidad y credibilidad de la Biblia. Desde la clásica: “¿Por qué un Dios bueno permite el mal?”, hasta “¿Quién creó a Dios?”.

Ahora bien, este acercamiento con la gente, aparte de movilizarnos a predicar el evangelio a nivel personal, nos ayuda a conocer las dudas que las personas en nuestra ciudad están teniendo. También ayuda a prepararnos mejor para las ocasiones siguientes. (Esto proyecto es uno que queremos continuar). Y, sobre todo, nos lleva a la práctica del evangelio en cuanto a amar a nuestra ciudad, amando a nuestro prójimo.

Relevancia cultural

El apóstol Pablo se valió de la apologética conversacional al momento de evangelizar. Como evidencia de esto, estando en Atenas predicó en espacios públicos: “Así que discutía en la sinagoga con los judíos y con los gentiles temerosos de Dios, y diariamente en la plaza con los que estuvieran presentes” (Hch. 17:17).

Del pasaje extraemos que Pablo usó de esta forma de predicación en reiteradas ocasiones. Dado que lo hizo diariamente, podemos pensar que fue más de una vez. Esto provocó que los atenienses tomaran a Pablo y lo llevaran al Areópago, y ellos mismos le pidieran que les hablase del evangelio: “¿Podemos saber qué es esta nueva enseñanza que usted proclama? Porque le oímos decir cosas extrañas; por tanto, queremos saber qué significan” (Hechos 17:19-20).

Ahora bien, Dios utilizó la capacidad de la que dotó a Pablo, y sus conocimientos adquiridos, para que expusiera el mensaje de manera clara, precisa y relevante para los atenienses, valiéndose de recursos de la propia cultura a la que estaba predicando (Hechos 17:22-23, 28). Pablo siendo extranjero estaba versado en el contexto cultural de aquella ciudad mediante la observación y el contacto directo con los habitantes de la misma. ¡Cuánto más nosotros podemos tomarnos el tiempo de conocer el contexto cultural de la ciudad en que vivimos!

La necesidad de observar, prepararse y seguir aprendiendo

Que un desconocido se nos acerque a hacer preguntas relacionadas a lo que creemos puede ser intimidante. Nos pueden preguntar cualquier cosa sobre lo que estamos proponiendo conversar. Además, no sabemos si al comenzar a acercarse, su tono será cordial u hostil, así que debemos estar muy atentos. Si fuese hostil, no está de más recordar que “La suave respuesta aparta el furor, pero la palabra hiriente hace subir la ira” (Pro. 15:1).

Es más intimidante, aun, si no hemos estado en constante preparación, aprendizaje y crecimiento, sin mencionar el cultivar las disciplinas espirituales y una vida devocional. Por eso, como cristianos comisionados por el propio Señor Jesucristo a predicar a toda criatura, es de suma importancia no dar por sentado que evangelizar nos representará un reto, y que el cultivar nuestro carácter es de primera importancia.

Comparto estas sugerencias para que puedan ser consideradas al momento de compartir con no creyentes:

  1. Escuchar las preguntas. Apresurarse a responder puede ser un revés. El no responder de inmediato nos da tiempo de analizar lo que se está preguntando, pensar en una respuesta, y –¿por qué no?– pedirle al Espíritu Santo que nos guíe a responder. También mantener en mente que no se trata de un soliloquio en el que solo nosotros hemos de hablar.
  2. Compartir en persona implica contacto directo. A diferencia del uso de las redes sociales para propagar el evangelio, hacerlo en persona nos expone de manera inmediata. Esta es una oportunidad para que recordemos que Dios no nos ha dado un espíritu de temor, y que el mismo Espíritu que habitaba en Cristo, habita en nosotros.
  3. Mantengámonos constantemente pensando en las preguntas subyacentes que podríamos hacer. De Jesús podemos aprender una de las mejores maneras de utilizar la apologética como herramienta en la evangelización. Si, por ejemplo, alguien pregunta “¿me podrías dar una prueba de que Dios existe?”, podríamos re-preguntar “¿Qué entiendes tú por prueba?”. Esto debido a que la definición que la persona que pregunta tenga nos ayudará a saber, o por lo menos representar, por dónde va la intención de su pregunta.
  4. Pensar a futuro y largo plazo, prepararnos e investigar. Idealmente, como cristianos comisionados debemos pensar en la continuidad y constancia de compartir las buenas noticias con los no creyentes. Claro, no somos omniscientes y no podemos saber con certeza cuántas preguntas nos harán y sobre qué versarán, pero en futuras ocasiones, ya sabremos qué rumbo puede tomar una conversación. Además, los seres humanos, al tratarse del evangelio, generalmente tenemos las mismas dudas: “¿cómo sé que Dios existe?”, “¿Por qué Dios permitió la esclavitud (incesto, exterminio de pueblos)?”, “¿cómo puedo saber que la Biblia de verdad es la palabra de Dios?”.
  5. Si no sabemos o no tenemos una respuesta, hagámoslo saber. Recordemos que el uso de la apologética en la evangelización es un ejercicio de humildad. Nosotros no lo sabemos todo, y reconocerlo frente a alguien que nos está preguntando, más que hacernos ver mal, hace ver bien al Cristo de quien estamos hablando. La humildad puede impactar de maneras que no comprendemos.

Prepararnos para dar defensa implica cultivar las disciplinas espirituales; estar estudiando, investigando y creciendo constantemente; observar con mucha atención todos los sucesos en nuestro entorno, y estar enterados de temas de actualidad. El discípulo que anhela hacer discípulos es alguien que nunca deja de aprender.

¿Qué ideas de proyectos de evangelización crees tú que podrían funcionar en tu ciudad? Puedes compartirlos en los comentarios.