Hay personas que aman su trabajo.

Se nota inmediatamente cuando les conoces.

Aún recuerdo al mejor guía de turistas que he conocido en mi vida. Mi familia y yo visitábamos Pearl Harbor, la famosa base naval de la marina norteamericana, y nos disponíamos a subir al buque de guerra USS Missouri. Al abordar, se nos presentó la oportunidad de recorrer el enorme barco por nuestra cuenta o ser guiados por un guía de turistas que nos pudiese explicar las diferentes particularidades de la nave. Un grupo de gente prefirió seguir sola, pero nosotros optamos por seguir al guía. No recuerdo bien su nombre. Sí recuerdo que era un hombre de edad avanzada, agradable, apasionado al hablar, y muy conocedor del tema. Había sido veterano de la segunda guerra mundial. Nuestro guía hizo un trabajo excelente al llevarnos por las diferentes áreas del barco y explicarnos las funciones de cada sección.

Pero aún nos esperaba lo mejor.

Cuando llegamos a la cubierta del barco, había una enorme y llamativa placa conmemorativa. Nuestro guía comenzó a explicarnos que ese sitio marcaba el lugar exacto donde se había firmado la declaración de rendición del ejercito japonés ante las Fuerzas Aliadas el 2 de Septiembre de 1945, dando fin así a la más horrible y catastrófica guerra que el mundo había sido testigo. Cuando este hombre comenzó a describir tan apasionadamente y con lujo de detalles lo significativo del lugar sobre el cual estábamos parados, el ambiente cambió de inmediato, volviéndose sobrio y contemplativo. Con voz entrecortada y ojos llorosos, este veterano de la guerra nos explicó que estábamos parados sobre la sangre de muchos que dieron sus vidas para que las Fuerzas Aliadas pudieran obtener victoria. Eso incluía muchos de sus amigos y compañeros queridos por él y con los cuales combatió.

En medio de tan conmovedor discurso, noté algo que de pronto llamó mi atención. Un buen grupo de aquellos que habían optado por no seguir el guía habían llegado a la misma área donde estábamos. Ellos caminaban de manera casual, hablaban entre ellos y se tomaban fotografías sonriendo al lado de la placa conmemorativa. Estaban indiferentes al momento tan solemne que experimentaba nuestro grupo y, sin percatarse, de lo que sucedía se marcharon con la misma rapidez con la cual llegaron. El contraste de ambos grupos era tan marcado y la experiencia fue tan significativa que salí de allí meditando en lo sucedido. No tardé mucho en darme cuenta que lo que marcó la diferencia en el comportamiento de ambos grupos fue la enorme importancia de ser guiados a entender propiamente el contexto de la historia.

Guiando a La Historia

En cierta manera, todos los que servimos planeando, preparando o dirigiendo servicios de adoración tenemos el mismo trabajo que ese guía de turistas. Nuestro trabajo es contar la historia, enmarcándola en el contexto correcto, para que la respuesta sea la apropiada. Ya que la historia que estamos llamados a proclamar es la historia del evangelio, el contexto correcto siempre será Dios, Su gloria y Sus propósitos, y la respuesta apropiada siempre será nuestra adoración.

He estado en servicios de adoración donde, analizando las letras de cada canción que se entonó, para mi tristeza no encontré ni siquiera una línea que hablara explícitamente del sacrificio de Jesús en la cruz por nuestros pecados, o de su resurrección y victoria sobre la muerte. En esta ocasiones, usualmente las canciones muestran una mezcla de alabanzas a Dios por su grandeza, poder y amor, y canciones de esperanza y fe en Dios, confiando de que todo va a estar bien. Alguien pudiera decir que cantar del amor de Dios ya incluye su obra de redención al enviar a Su Hijo a la cruz. Y es cierto. Pero en tal caso estamos asumiendo el evangelio y no proclamándolo, como es nuestro llamado (cp. 2 Co. 5:14, 18-21). Y el evangelio no se asume: se proclama.

Lo que sucede cuando no somos cuidadosos e intencionales en contar La Historia en nuestras canciones, himnos, escrituras y sermones es que terminamos enmarcando nuestras reuniones y servicios en el contexto incorrecto: El ser humano, sus necesidades y deseos. La tendencia de nuestro corazón es a enfocarse en sí mismo: en nuestros problemas, en nuestras inquietudes, en nuestras necesidades. Cuando nos acercamos a adorar a Dios en comunidad, traemos esta realidad con nosotros.

No hay nada de malo en traer al Señor nuestras necesidades. Pero el enfoque en la adoración no somos nosotros. No es para que nosotros le revelemos a Dios lo que sentimos, sino para ser cautivados por la revelación de la gloria de Dios. Lo peligroso de invertir el orden del contexto de la adoración es que nuestra adoración se convierte de una adoración centrada en Dios a una adoración centrada en el hombre.

Cuando vamos a las escrituras podemos ver pasajes donde se nos muestra que el contexto correcto de la adoración siempre comienza en Dios y no en el hombre. Salmos 8 comienza hablando de Dios y Su gloria:

            “¡Oh Señor, Señor nuestro,

            Cuán glorioso es Tu nombre en toda la tierra,

            Que has desplegado Tu gloria sobre los cielos!”, Salmos 8:1

Para luego describir cómo es que el hombre responde en admiración y reverencia:

            “Cuando veo Tus cielos, obra de Tus dedos,

            La luna y las estrellas que Tú has establecido,

            Digo: ¿Qué es el hombre para que Te acuerdes de él,

            Y el hijo del hombre para que lo cuides?”, Salmos 8:3-5

La sublime visión de Isaías ante el trono de Dios de igual forma comienza con Dios y Su gloria:

            “Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de Su manto llenaba el templo.

            Por encima de El había serafines. Y el uno al otro daba voces, diciendo:

            ‘Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos,

            Llena está toda la tierra de Su gloria’”, Isaías 6:1-3

Y una vez más después de que Dios revela Su gloria, el hombre responde en este caso en convicción y arrepentimiento:

            “¡Ay de mí! Porque perdido estoy,

            Pues soy hombre de labios inmundos

            Y en medio de un pueblo de labios inmundos habito,

            Porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos”, Isaías 6:5

Para finalmente terminar con una respuesta de consagración:

            “Aquí estoy; envíame a mí”, Isaías 6:8

Aun el mismo Jesús, al enseñar a sus discípulos a orar, comienza enmarcando esta oración en el contexto correcto: Dios, Su Nombre y Su gloria:

            “Padre nuestro que estás en los cielos,

            Santificado sea Tu nombre.

            Venga Tu reino. Hágase Tu voluntad,

            Así en la tierra como en el cielo”, Mateo 6:9-10

Para luego ir entonces a nuestra dependencia de Dios:

            “Danos hoy el pan nuestro de cada día.

            Perdónanos nuestras deudas…

            Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal”,  Mateo 6:11-13

La historia del evangelio cobra su real sentido al entender el contexto de la gloria de Dios y sus soberanos propósitos, propiciando así la respuesta de admiración, reverencia, dependencia y entrega al Señor.

Necesitamos veteranos

En nuestra visita al barco, el segundo grupo de personas se acercó casualmente y a la ligera por no entender propiamente la magnitud del lugar en donde estaban parados, y lo único que querían era posar en ese importante lugar y tomarse una foto para llevársela como recuerdo. De igual manera, cuando no tomamos el tiempo, la dedicación y la entrega para contar y proclamar la mayor historia de amor, misericordia, juicio y salvación que jamás haya existido, corremos el riesgo de que la gente solo venga a nuestras reuniones y servicios de adoración casualmente, sin buscar contexto, enfocados en sí mismos, queriendo acercarse a los pies de la cruz a la ligera, para tomarse una fotografía al lado de Jesús y llevarse un bonito recuerdo en el alma, sin haber sido impactados y transformados por la magnitud de la historia del evangelio de Cristo.

Es por eso que necesitamos ser como ese hombre veterano de guerra. Que si hoy contamos la historia, no es solo porque la tenemos que recitar, sino porque la vivimos. Porque pisamos ese lugar sagrado, manchado de sangre bendita, derramada por amor a nosotros, y allí morimos y allí volvimos a nacer. Hoy nuestro llamado es llevar a otros, vez tras vez, al mismo lugar, y volver a contar la misma historia. Y volver a ser conmovidos por la historia, porque esa hermosa y cruenta historia del evangelio es nuestra única vida, nuestro sublime llamado y nuestra mayor pasión.