Respecto al infierno, C.S. Lewis escribió una vez: “No hay ninguna doctrina que con gusto eliminaría del cristianismo más que esta, si estuviera en mi poder”. En muchos sentidos, estoy de acuerdo con él. A nadie, incluyendo los cristianos, debería gustarle la idea del infierno. Aquellos de nosotros que creemos en el infierno no somos sádicos que disfrutamos de la idea de sufrimiento eterno. De hecho, la idea de que aquellas personas que conozco, que están fuera de Cristo, pasen una eternidad en el infierno es desgarradora. De joven, cuando comencé a aprender sobre el infierno y sus implicaciones, casi pierdo mi fe. Así de perturbador fue.

El infierno es una realidad difícil, pero es algo que la Biblia enseña, y no podemos comprender plenamente a Dios y su mundo a menos que lidiemos con ello. Estas siete verdades deben enmarcar nuestra discusión del infierno.

1. El infierno es lo que es porque Dios es quien Dios es. La gente habla con soltura acerca de “ver a Dios”, como si ver cara a cara a Dios fuera una experiencia cálida y difusa. Pero la Biblia explica que la santidad y la perfección de Dios son tan completas que si alguien fuera a verlo, moriría (Ex. 33:20). Aun el pecado más insignificante en su presencia conduce a la aniquilación inmediata. Cuando Isaías, el profeta de Dios, vio a Dios en su trono, se postró sobre su rostro, aterrorizado y seguro de que estaba a punto de morir (Is. 6:5).

La doctrina del infierno ha caído en desgracia entre muchos. Pero está ahí por una razón. Dios nos habla acerca del infierno para demostrarnos la magnitud de su santidad. El infierno es lo que es porque la santidad de Dios es lo que es. El infierno no es ni un solo grado más caliente de lo que nuestros pecados demandan que sea. El infierno debe dejarnos boquiabiertos ante la rectitud y justa santidad de Dios. Debe hacernos temblar ante Su grandeza y majestad.

Irónicamente, al minimizar el infierno, también se minimizan los medios que demuestran la justicia de Dios. Cuando una persona pasa por violación o abuso de menores, tiene que saber que hay un Dios reinando en tal santidad y belleza que no puede tolerar el mal.

2. Jesús habló sobre el infierno más que cualquier otra persona en la Escritura. Algunas personas tratan de evitar la idea del infierno diciendo: “Eso fue el Dios del Antiguo Testamento. Pero cuando Dios maduró en el Nuevo Testamento con Jesús –Jesús el manso y humilde– lo de Él era el amor y la compasión”.

El problema con este punto de vista es que cuando comienzas a leer los Evangelios, te encuentras con que Jesús fue la persona que más hablo del infierno. De hecho, si cuentas los versículos, Jesús habló más sobre el infierno que sobre el cielo. Uno de los escépticos más famosos de la historia, Bertrand Russell, dijo en su libro ¿Por qué no soy un Cristiano?, que la enseñanza de Jesús sobre el infierno es “el defecto profundo en el carácter de Cristo”. Si queremos evitar la idea del infierno, no podemos ignorar el problema enfocándonos en el “Jesús manso y humilde”.

3. El infierno nos muestra la medida del amor de Dios al salvarnos. ¿Por qué Jesús habló sobre el infierno más que otra persona en la Biblia? Porque Él quería hacernos ver lo que iba a sufrir en la cruz por nosotros. En la cruz, el castigo de Jesús era indescriptible: a este remanente de un hombre ensangrentado y desfigurado se le dio una cruz probablemente reciclada, probablemente cubierta de la sangre, heces y orina de los otros hombres que la habían usado previamente. Colgado allí en un inmenso dolor, asfixiado lentamente hasta la muerte.

La peor parte fue la separación del Padre que Jesús sintió, separación que era el mismo infierno. “Dios mío, Dios mío”, clamó: “¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 27:46) Durante todo esto, Jesús estaba tomando el infierno de nuestros pecados en Su cuerpo.

Frecuentemente la gente siente que el infierno es una gran mancha en el amor de Dios. La Biblia lo presenta como todo lo contrario. El infierno magnifica el amor de Dios al mostrarnos cuan lejos fue Dios y todo lo que pasó para salvarnos.

4. Las personas son eternas. C.S. Lewis señaló una vez que el infierno es una conclusión necesaria de la creencia cristiana que los seres humanos fueron creados para vivir eternamente. Así lo dijo:

El cristianismo afirma que cada ser humano como individuo va a vivir para siempre, y esto debe ser cierto o falso.  Ahora bien, hay un buen número de cosas que no vale la pena preocuparse si solo voy a vivir 70 años, pero que deben preocuparme seriamente si voy a vivir para siempre. Tal vez mi mal carácter o mi envidia van empeorando, pero de forma tan gradual que el aumento en 70 años no va a ser muy notable. Pero podría ser absolutamente infernal en un millón de años: de hecho, si el cristianismo es cierto, el infierno es el término técnico preciso y correcto para lo que eso sería.

5. En un sentido, Dios no envía a nadie al infierno; nos enviamos nosotros mismos. El infierno es la culminación de decirle a Dios que nos “deje tranquilos”. Sigues diciéndole a Dios que te deje en paz, y, finalmente, Dios dice: “Está bien”. Es por eso que la Biblia lo describe como oscuridad: Dios es luz; su ausencia es la oscuridad. En la tierra experimentamos la luz y cosas como el amor, la amistad, y la belleza de la creación. Estos son todos remanentes de la luz de la presencia de Dios. Pero cuando le dices a Dios que no lo quieres como el Señor y centro de tu vida, con el tiempo consigues ese deseo, y con Dios se van todos Sus regalos.

Tenemos dos opciones: vivir con Dios o vivir sin Dios. Si dices: “Yo no quiero la autoridad de Dios. Yo prefiero vivir para mí mismo”, ese es el infierno. En El Gran Divorcio y El problema del Dolor, Lewis lo expresó así:

A largo plazo la respuesta a todos aquellos que se oponen a la doctrina del infierno es en sí mismo una pregunta: “¿Qué están pidiendo a Dios que haga?”. . . ¿Qué los deje solos? Por desgracia, me temo que eso es lo que hace. . . . Al final, solo hay dos tipos de personas: los que dicen a Dios “hágase tu voluntad” y aquellos a los que Dios les dice al final “hágase tu voluntad”.

6. En otro sentido, Dios envía a la gente al infierno, y todos sus caminos son verdad y justos. Podemos estar tentados a estallar en rabia contra Dios y corregirle. Pero, ¿cómo podemos encontrar una falta en Dios? Como dice Pablo en Romanos 9, ¿quiénes somos nosotros, como simples pedazos de barro, para cuestionar al alfarero divino?

No somos más misericordiosos que Dios. Isaías nos recuerda que todos aquellos que están actualmente “enojados contra Dios” llegarán ante Él en el último día y serán avergonzados, no reivindicados (Is. 45:24), porque entonces se darán cuenta de lo perfecto que son los caminos de Dios. Cada vez que Dios es comparado con un ser humano en la Escritura, Dios es el más piadoso de los dos.

Cuando miramos hacia atrás en nuestras vidas desde la eternidad, estaremos sorprendidos no por la severidad de Su justicia, sino por la magnanimidad de Su misericordia.

7. Para Dios no es suficiente sacarnos del infierno; él debe sacar el infierno de nosotros. Algunas personas ven como un problema el uso del infierno como una forma de obligar a la gente a someterse al cristianismo. Es como si Dios está diciendo, “¡Me sirves o sufrirás las consecuencias!”. Y eso parece manipulación. Puede que le sorprenda, pero Dios está de acuerdo.

Si las personas se convierten a Dios simplemente porque tienen miedo, o porque Dios ha hecho alguna gran señal milagrosa (véase Lucas 16:31), podrían someterse, pero no habrá un cambio en la actitud de corazón hacia Dios. Si aceptas a Jesús solo para “salir del infierno”, entonces odiarías estar en el cielo, porque solo los que aman y confían en Dios disfrutarán del cielo. Si no amas al Padre, entonces vivir en la casa del Padre es como una esclavitud. Sería como obligarte a casarte con alguien con quien no te quieres casar. La única manera de que disfrutes del cielo es cuando aprendas a amar y confiar en Dios.

Solo una experiencia del amor de Dios puede reorganizar la estructura fundamental de tu corazón para crear amor por y confianza en Dios. No es suficiente que Dios nos saque del infierno; Él debe sacar el infierno de nosotros.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Myrna Rodriugez.