La sabiduría es una de nuestras mayores necesidades. Como seres finitos y caídos, navegando, girando, y dando vueltas en un mundo complejo y caótico, a menudo nos encontramos confundidos sin saber qué hacer. Y solo hablo de cuando nos detenemos a considerar las decisiones difíciles.

Tal vez es aún más significativa la sabiduría que ejercemos intuitivamente en todas las pequeñas decisiones de la vida, aquellas decisiones que no nos detenemos para pensarlas bien. La gran mayoría de nuestras acciones no son meditadas, sino decididas instintivamente, sin ningún tipo de reflexión. Lo que resulta en esos momentos es, o bien una trayectoria de vida con uno mismo en el centro, o un caminar de acuerdo con el Espíritu.

Los riesgos son aún mayores para los líderes, que siempre están tomando decisiones por otros.

Las dos sabidurías

Santiago 3:13-18 traza un claro contraste entre dos tipos de sabiduría: la sabiduría terrenal y “la sabiduría que viene de lo alto” (Stg. 3:15). Existe un tipo de sabiduría ejercida por los seres humanos y de origen humano, y también existe la verdadera sabiduría, ejercida por los seres humanos, pero de origen divino. Una es celestial, espiritual, y piadosa. La otra es “terrenal, natural, diabólica” (Stg. 3:15).

Afortunadamente, nuestro Padre es un dador muy generoso, y ama responder con benevolencia cuando le pedimos sabiduría humildemente (Stg. 1:5). Es bueno que ore a menudo por sabiduría, pero también es una de las cosas más importantes por las cuales debe orar por sus líderes.

Considere Santiago 3:17 como una oración que nos guía sobre lo que deben ser nuestros líderes.

 “Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sin hipocresía”.

1) Pureza

Primero, ore por la pureza de sus líderes. Pureza sexual, sí, especialmente en nuestra sociedad altamente sexualizada, pero “pura” aquí es mucho más que simplemente eso.

Ore para que sean puros en su conducta e irreprensibles, es decir: “irreprochables” (1 Ti. 3:2, Tit. 1:6-7). Ore para que sus motivos sean puros y no estén mezclados con otras cosas (2 Co. 7:11). Ore para que sus mentes sean puras y no distraídas (Fil. 4:8). Ore para que las palabras de sus enseñanzas sean puras y no engañosas (2 Co. 2:17). “Hermanos míos, que no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo” (Stg. 3:1).

Ore para que sus consejos sean puros y no lleven a otros al pecado, y para que sean sabios al decidir sobre a quiénes permitir representar la iglesia en el liderazgo (1 Ti. 5:22). Ore para que dejen de lado todo peso y pecado que los envuelva, y sean libres para correr con perseverancia la carrera que tengan por delante (He. 12:1).

2) Amor a la paz

Ore para que sus líderes amen la paz. Los líderes de la iglesia no deben ser pendencieros (1 Ti. 3:3), y tampoco deben ser indiferentes a la paz (paz neutral), sino más bien pacificadores (literalmente, “amantes de la paz”).

Los pastores no deben ser “pendencieros” es decir, rápidos para discutir y pelear. Más bien, deberían ser ese tipo de hombres que rechazan “los razonamientos necios e ignorantes, sabiendo que producen altercados” (2 Ti. 2:23; vea también 1 Ti. 4:7), y que están dispuestos a ir una milla extra para evitar que otros se hundan en argumentos ridículos.

Esto significa que es esencial que los líderes de la iglesia corrijan a otros. Genuinamente amar la paz significa amar la paz suficientemente como para moverse hacia el conflicto y la controversia con el fin de ver que brote la paz de ello. Los pastores que verdaderamente aman la paz no evitan el conflicto, no porque disfruten pelear, sino porque están ansiosos de participar en el desacuerdo para lograr la paz conforme a la verdad.

Ore para que sus pastores retengan “la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen” (Tit. 1:9). Tal reprensión no es pelear, sino buscar la paz, limpiar a la iglesia de evangelios distorsionados, y dar paso a la paz que disfrutamos cuando compartimos la verdad. “Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquéllos que hacen la paz” (Stg. 3:18).

3) Amabilidad

La sabiduría que viene de lo alto es amable. La sabiduría divina corre en una dirección diferente en un mundo que dice que debemos imponernos y agarrar el toro por los cuernos para marcar una diferencia. Saber que nuestro Señor es soberano, que está comprometido con nosotros, y que está edificando su iglesia, permite que el siervo del Señor no sea “rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe reprender tiernamente a los que se oponen” (2 Ti. 2:24-25).

Ore para que sus líderes tengan suficiente confianza en Dios para confiar en su voluntad y caminos, y hagan su parte dentro de su plan con paciencia y mansedumbre.

4) Abiertos a la razón

Los buenos líderes son buenos oyentes. La sabiduría de lo alto le enseña a un líder enfáticamente que no lo sabe todo, y que necesita desesperadamente de la ayuda y la perspicacia de colegas y congregantes, incluso de críticos, para obtener una perspectiva fresca que le permita seguir aprendiendo mientras lidera.

Los líderes de la iglesia son maestros (He. 13:7; 1 Ti. 3:2; 2 Ti. 2:24, Tit. 1:9), así que deben hacer más que escuchar. Deben hablar. Pero es esencial que sean muy buenos oyentes. Como dice Santiago 1:19, “Cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira”. Sí, “cada persona”, y cada líder mucho más.

Ore para que sus líderes sean prontos para oír, abiertos a la razón, y fácilmente persuadidos por el buen juicio, la argumentación, y el razonamiento.

5) Llenos de misericordia y buenos frutos

La verdadera sabiduría es inevitablemente práctica. Va en acción. “Que muestre por su buena conducta sus obras en sabia mansedumbre” (Stg. 3:13). Y en la iglesia particularmente, este buen fruto incluye la misericordia.

Los líderes que son solamente justos, y no misericordiosos, no tienen lugar en la iglesia. La iglesia es el lugar más misericordioso del planeta. Sus líderes deben conocer la misericordia de Dios hacia ellos y mostrar esa misma misericordia de Dios a los demás. Esto es verdad para todo cristiano, pero sobre todo para todos los líderes: “Porque el juicio será sin misericordia para el que no ha mostrado misericordia. La misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg. 2:13).

6) Imparcialidad

La imparcialidad es una virtud especialmente importante para los líderes. Es una grave situación cuando alguien tiene favoritos y trata a otros injustamente, pero cuando esta situación aparece entre los líderes, los efectos se multiplican. La iglesia entera pronto sufre.

7) Sinceridad

La sinceridad cierra el círculo que comenzó con la pureza al principio de esta lista. El término literalmente significa: “sin hipocresía”. Ore para que sus líderes practiquen lo que predican, que sean hacedores de la palabra de Dios y no solamente maestros.

Ore para que tengan el espíritu de los apóstoles: “Pues no somos como muchos, que comercian la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, hablamos en Cristo delante de Dios” (2 Co. 2:17). Ore para que estén libres del deseo de agradar a la gente y no estén preocupados por crear relaciones públicas.

Ore para que los líderes de la iglesia de Cristo renuncien “a lo oculto y vergonzoso” y no anden “con astucia, ni adulterando la palabra de Dios”, sino que en un mundo lleno de giros, posturas diferentes, y engaños, lideren “mediante la manifestación de la verdad” (2 Co. 4:2).


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Sam Ortiz.