Esta entrada pertenece a la serie “Una guía para nuevos pastores”. Escritos por pastores experimentados y de buen testimonio, estos artículos proveen de consejo y aliento bíblico a pastores nuevos (¡y no tan nuevos!) a través de temas teológicos y prácticos.

El Señor me salvó a los once años a través de la lectura de la Biblia y con la ayuda de un libro devocional.

No mucho tiempo después sentí que el Señor me hablaba sobre mi futuro y me llamaba al ministerio, aunque en aquel entonces no tenía idea de qué era eso del ministerio. Pero lo que sentía parecía real y, a partir de entonces, nunca me dejaría. Seguí leyendo la Biblia y orando. Me comprometí completamente con mi iglesia. Decidí estudiar griego (clásico) en el instituto. Cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, decía que pastor o misionero. Y nunca pensé en hacer otra cosa con mi vida.

Durante mi juventud tenía muy claro que el Señor me llamaba, pero comprendía poco la Biblia; de hecho, no pensaba en categorías muy bíblicas. ¡Aun así el Señor fue misericordioso conmigo!

Han pasado más de cuarenta años desde entonces, y aunque todavía me queda mucho por entender, ahora puedo relacionar mi llamado al ministerio con la enseñanza de la Biblia, lo cual le da una base más sólida que solo un sentimiento subjetivo (aunque no por eso inválido). A continuación comparto algunas reflexiones bíblicas sobre el llamado al ministerio. Las he resumido en siete conceptos clave.

1. Deseo

“Palabra fiel es ésta: si alguien aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer” (1 Tim. 3:1).

Tendemos a quitarle importancia a la aspiración y al deseo, como si se tratara de algo un poco (o bastante) dudoso. Si un joven de nuestra iglesia nos dijera: “Me gustaría ser pastor”, ¡nuestra reacción sería más que un poco cauta! Pero allí está el texto, el cual inicia un pasaje sobre los requisitos de los obispos o pastores.

El deseo por sí solo no es suficiente y podría reflejar una forma de pensar errónea, pero no por eso se debe descalificar automáticamente. Un deseo así podría indicar un llamado por parte del Señor. ¡Clamemos al Señor para que ponga ese deseo en los corazones de cada vez más jóvenes (y no tan jóvenes)!

2. Vocación

“Los ancianos que gobiernan bien sean considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza” (1 Tim. 5:17).

A lo largo de la Biblia, el concepto de vocación (por parte del Señor) es muy amplio, abarcando la vocación laboral, la vocación en cuanto al matrimonio o la soltería, la invitación del evangelio, el llamamiento poderoso y efectivo del Espíritu Santo en la regeneración, el llamamiento a la santificación, el llamamiento de profetas, sacerdotes y reyes, el de los apóstoles, y el llamado a todos los creyentes a comprometerse con la gran misión de la Iglesia.

La Biblia no habla tanto como a veces se piensa sobre el llamado al ministerio pastoral. Se citan los textos clásicos sobre los llamados de Isaías, Jeremías, Amós, y los demás profetas bíblicos, y sobre todo el ejemplo de los de los doce apóstoles y de Saulo-Pablo, pero ¿hasta qué punto es legítimo aplicar esos llamamientos al llamado pastoral hoy en día? ¿Es el oficio de pastor o anciano más o menos igual que el de profeta o el de apóstol?

Dicho eso, sin duda el Señor sí llama al ministerio de la Palabra a los que Él quiere, a través de su providencia en nuestras vidas, a través de los dones y capacidades que por su Espíritu nos da, a través de una convicción en el corazón, y a través de la confirmación por parte de la iglesia local, entre otras cosas.

Es legítimo hablar de cierta distinción entre pastores. Todos tienen el deseo de servir al Señor y a las personas, y todos tienen la convicción de que el Señor les ha llamado para servir. Pero no todos tienen el ministerio como su única vocación en la vida. Es decir, no todos se sienten llamados a dedicarse solamente al ministerio de la Palabra. Me refiero a aquellos pastores que son bivocacionales, es decir, que además de servir en la iglesia, tienen un trabajo “secular”.

3. Carga

“Porque si predico el evangelio, no tengo nada de qué gloriarme, pues estoy bajo el deber de hacerlo. Pues ¡ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Co. 9:16).

Los oráculos de los profetas bíblicos eran sus cargas. Esto habla de la convicción de su corazón, y también del peso —físico, emocional, y espiritual— que ellos muchas veces sentían.

Aunque se trate de algo que se siente, lo cual es subjetivo, esa “carga” forma parte del llamado al ministerio. Se queda con la persona llamada y en muchas ocasiones es lo que usa el Señor para mantenerle en el ministerio cuando nada más lo puede hacer. Cuando hay motivos de sobra para querer tirar la toalla, ¡la carga puesta por el Señor en nuestro corazón no nos permite hacerlo!

4. Capacitación

“Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos…” (Ef. 4:11-12).

Aquellos que tienen el deseo, son llamados por el Señor, y sienten la carga, el Señor también los capacita para poder cumplir su ministerio.

Si el Señor te ha llamado a esto, te dará los dones necesarios; y si no te los ha dado, quizá debas cuestionar tu llamado. Si tú no lo haces, ¡otros lo harán por ti!

Otra cosa distinta es que no todos tienen exactamente los mismos dones, y no hay nadie en el ministerio cristiano que sea igualmente fuerte en todas las áreas y que no tenga sus puntos débiles. (Por cierto, es por eso que el modelo que encontramos en el Nuevo Testamento es de un trabajo en equipo y no de llaneros solitarios).

¿En qué consiste el trabajo del pastor? Consiste en aplicar la Palabra de Dios, tanto en público como en privado, a todo tipo de personas, en todo tipo de situaciones, y con todo tipo de necesidades. Y si el Señor te ha llamado (o si te llama) a dedicarte a eso, es inconcebible que no te dé las herramientas necesarias.

5. Reconocimiento

“Os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen…” (1 Ts. 5:12-13).

Con esta quinta palabra pasamos a considerar el vital papel de la iglesia local en la confirmación del llamado al ministerio. Normalmente el Señor nos llama en el contexto de nuestra iglesia local (aunque puede haber alguna que otra excepción a la regla). Si un hermano se siente llamado por el Señor al ministerio, es muy importante que tenga la confirmación y el respaldo de su iglesia (mira Hch. 13:1-3). Si tú crees que tienes el don de predicar y enseñar la Palabra de Dios, pero nadie más en tu iglesia lo cree, por lo menos debes proceder con mucha humildad y con mucha cautela, dispuesto a ser corregido por el discernimiento del cuerpo de Cristo.

Muchas veces este reconocimiento es el resultado de meses, e incluso de años de observación. Aunque la mayoría de los creyentes nunca van a tener el don de predicar en público, hay otros que con tiempo y con ayuda trabajarán y desarrollarán sus dones hasta llegar a ser muy buenos predicadores. Pero, aunque no hay ninguna iglesia infalible y se han cometido errores, es bíblico y muy importante que el llamado al ministerio tenga el reconocimiento y el respaldo de la iglesia local.

6. Progreso

“Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos” (1 Ti. 4:15).

La palabra traducida “aprovechamiento” significa “progreso” (la misma palabra se traduce así en Fil. 1:12). El joven pastor Timoteo (quizá no tan joven, pero probablemente con menos de cuarenta años) había sido reconocido como pastor por la iglesia en Éfeso, pero Pablo, su padre espiritual, le anima a seguir trabajando sus dones para que los hermanos puedan ver el progreso en su vida y en su ministerio.

Cuando hemos sentido el llamado del Señor, y cuando nuestro ministerio ha sido reconocido por nuestra iglesia… no es el final del camino, ¡sino solo el principio! ¡No hemos llegado! A partir de ese momento debe haber crecimiento y progreso, y los hermanos tienen que verlo. Los mismos “medios de gracia” que el Señor usa para salvarnos y luego para santificarnos, también los usa para desarrollar nuestro ministerio.

7. Utilidad

“Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza. Persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan” (1 Ti. 4:16).

¿Cuál sería el resultado de ese cuidado y de esa perseverancia por parte de Timoteo? ¡Su propia salvación y la de sus oyentes! Pero ¿qué significa eso? Está claro (por lo que enseña el resto de la Biblia) que no se refiere a salvación por obras ni a perder la salvación. No; en este contexto se trata del tiempo presente de la salvación: o sea, la santificación, o el crecimiento espiritual. Si Timoteo es fiel en su ministerio, el Señor le usará para su propia santificación y también para la de las personas bajo su responsabilidad pastoral.

Esta es una parte importante de la utilidad de un siervo del Señor. No se puede medir en términos de números, o aplicando los criterios de las empresas. Pero si el Señor ha llamado a alguien al ministerio, le usará para ser de ayuda tanto a creyentes como a personas no creyentes, y para su propio progreso espiritual.

Siempre queremos ver más fruto, es normal. Pero si no parece que estemos siendo de ayuda espiritual a nadie, quizás debamos pensar en serio sobre nuestro llamado y pedir que nos asesoren hermanos de confianza.

Conclusión

Lo han dicho muchos grandes hombres de Dios (Spurgeon y Lloyd-Jones, por ejemplo): el llamado al ministerio es —en un sentido— el mayor llamado que puede recibir un ser humano.

Pero es importante matizar que solo es así si ese es realmente el llamado que el Señor le ha dado a uno. Porque si tu llamado (o vocación) es otro —ama de casa, maestro de escuela, secretaria, ingeniero, o lo que sea—, para ti ese llamado es el mayor, por la sencilla razón de que es la voluntad del Señor para ti.

Pero si el Señor te ha llamado (o si te llama) al ministerio, Él te dará la aspiración y el deseo, la vocación, la carga, los dones necesarios, el reconocimiento, el respaldo del pueblo de Dios, y el progreso en tu vida y  ministerio. ¡Y te usará para la edificación de los creyentes, para la salvación de otras personas, y para la gloria de su gran nombre!


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