No me agrada de manera especial escribir este artículo, pero el infierno es real y hay personas que van camino a él. Así que vamos a ver de cerca lo que la Biblia dice al respecto, así como el continuo debate sobre si el infierno es un castigo eterno consciente.

(1) La palabra más a menudo traducida como “infierno” en el Nuevo Testamento es gehena, el equivalente griego significa “el valle de Hinom”. Este valle se encuentra inmediatamente al suroeste de Jerusalén, siendo visible desde el Monte de los Olivos. Hubo un tiempo en que ahí se hacían sacrificios humanos a Moloc, la deidad pagana (2 Reyes 23:10; 2 Cr. 28:3; 33:6; cf. Jer. 7:31-32; 19:5 en adelante).

Hay un continuo debate entre los especialistas en cuanto a si el valle de Hinom en realidad servía como el “basurero de la ciudad” o “monte de basura” de Jerusalén. La evidencia no me parece concluyente y por lo tanto debemos evitar ser dogmáticos sobre el punto. Sin embargo, nadie niega que esta zona fuera en un tiempo el lugar donde se hacían sacrificios paganos de niños. Por lo tanto, se entiende que sea utilizado como una forma para referirse al lugar de tormento eterno. En contra de la idea de que la gehena era, en los días de Jesús, un basurero, lee el excelente análisis de Francis Chan y Preston Sprinkle, Erasing Hell: What God said About Eternity, and the Things we Made up  (Borrando el infierno: lo que Dios dijo acerca de la eternidad y lo que nosotros inventamos, Colorado Springs: David C. Cook, 2011), páginas 56-67; y David A. Croteau, Urban Legends of the New Testament: 40 Common Misconceptions  (Leyendas urbanas del Nuevo Testamento: 40 conceptos erróneos comunes, B & H, 2015), páginas 49-53.

(2) La representación más gráfica del infierno se encuentra en Apocalipsis 14:9-11. Allí leemos: “Entonces los siguió otro ángel, el tercero, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe una marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino del furor de Dios, que está preparado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero. Y el humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos; y no tienen reposo, ni de día ni de noche, los que adoran a la bestia y a su imagen, y cualquiera que reciba la marca de su nombre”.

(3) Juan pasa a describir la duración de esta pena en dos declaraciones en el v. 11. En primer lugar, el “humo” de su tormento, es decir, el humo del fuego y azufre (v. 10) “sube por los siglos de los siglos” (ver Isa. 34:9-10 para el trasfondo del Antiguo Testamento). Es casi como si hubiera un testimonio ardiente de las consecuencias del pecado y de la justa ira de Dios. La duración de este fenómeno se dice que es, literalmente, “por los siglos de los siglos”. Esta terminología ocurre trece veces en Apocalipsis: tres veces con referencia a la duración de la alabanza, la gloria, y el dominio dado a Dios (1:6; 5:13; 7:12); cinco veces con referencia a la duración de la vida de Dios o de Cristo (1:18; 4:9,10; 10:6; 15:7); una vez con respecto a la duración del reino de Dios en Cristo (11:15); una vez con respecto a la duración del reinado de los santos (22:5); una vez con respecto al humo que asciende de la Babilonia destruida (19:3); una vez con respecto a la duración del castigo del diablo, la bestia, y el falso profeta (20:10); y por supuesto, una vez aquí en el 14:11. En segundo lugar, “no tienen reposo, ni de día ni de noche” (esta última frase es paralela a “por siempre y para siempre”). En Apocalipsis 4:8, la misma terminología ocurre en relación con cuánto dura la adoración por parte de los cuatro seres vivientes. Aquello de lo cual no tienen “reposo” es, probablemente, el tormento causado por el fuego y azufre.

(4) ¿Hablan los textos como este del castigo eterno enfocándose en el acto de juzgar, o enfocándose en los efectos del juicio? En otras palabras, ¿qué es lo que es eterno o sin fin: el acto de castigar a los incrédulos, o el efecto de su castigo? Una vez más, ¿es el tormento de los perdidos una experiencia consciente que nunca termina? ¿O es el castigo una forma de aniquilación en la que, después de un tiempo justo de sufrimiento en perfecta proporción con los pecados cometidos, el alma deja de existir? ¿Señala el humo ascendente de su tormento la experiencia consciente e interminable del sufrimiento que padecen? ¿O significa un efecto duradero e irreversible de su castigo en el que son aniquilados? Los que abogan por el último punto de vista sostienen que no habrá reposo del tormento “ni de día ni de noche” mientras continúe o por el tiempo que dure. Sin embargo, si dura o no para siempre o eternamente se debe determinar sobre otras bases.

(5) No todos, pero muchos de los que afirman el aniquilacionismo son también condicionalistas. Es decir, niegan que el alma sea natural o inherentemente inmortal y afirman que adquiere la inmortalidad solo cuando Dios la concede (mayormente como un componente otorgado en el don de la salvación). Los aniquilacionistas que rechazan el condicionalismo simplemente afirman que Dios, como un acto punitivo, le quita al incrédulo la inmortalidad en algún momento después de la sentencia final. La mayoría de los tradicionalistas afirman que dado que Dios es inherentemente inmortal, irrevocablemente confiere inmortalidad a los seres humanos en la creación.

(6) ¿Qué razones dan las personas para negar el castigo eterno consciente y afirmar el aniquilacionismo (o lo que a veces se llama “inmortalidad condicional”)? Muchos apelan al vocabulario bíblico acerca del infierno, sobre todo las palabras “destruir”, “destrucción”, y “perecer” (ver Fil 3:19; 1 Tes. 5:3; 2 Ts. 1:9; 2 Pedro 3:7). El “fuego” del infierno, según ellos, arde, consume, y “destruye” por completo su objeto, sin dejar nada (ver Mat. 10:28). Por lo tanto, interpretan “destruir” en el sentido de privar la vida y la existencia, por tanto, se refiere a la extinción del ser. Los aniquilacionistas también apuntan a la palabra griega traducida a menudo como “para siempre” (aion), e insisten en que más literalmente significa “edad”, en referencia a un período largo, pero limitado de tiempo. También a menudo apelan a los mandatos de la justicia. Su argumento va más o menos así: un castigo “justo” será proporcional al crimen o pecado cometido. ¿Cómo puede un pecado cometido en tiempo por una criatura finita merecer un tormento eterno?

También se dice que sugerir que el infierno es para siempre es decir que Dios, de hecho, no obtiene la victoria sobre el pecado y el mal. ¿Cómo puede decirse que Dios “gana” si sus enemigos siguen existiendo para siempre? ¿No implicaría el castigo eterno un dualismo cosmológico eterno? ¿No estropearía la existencia eterna y continua del infierno y sus ocupantes la belleza y la alegría de los cielos? Tal vez el argumento con mayor carga emocional es que el castigo eterno consciente en el infierno es moralmente repugnante para cualquier consciencia sensible. Es emocionalmente detestable sugerir que un Dios de amor, misericordia, y bondad “torturaría” (según dicen ellos) a las personas en el infierno por toda la eternidad. No importa qué tan grave sea el pecado (o pecados), el dolor horrible, ya sea espiritual o físico, o ambos, que sigue y sigue durante miles de millones de años, y después por miles de millones de años, hasta el infinito, es más de lo que pueden tolerar.

(7) Los que argumentan a favor de un concepto tradicional del infierno como castigo eterno y consciente comienzan señalando que el grupo de palabras que incluye “destruir” y sus sinónimos se utiliza de varias formas, algunas de las cuales no requieren ni implican siquiera el cese de la existencia. En otras palabras, un examen cuidadoso de uso indica que la destrucción puede ocurrir sin la extinción del ser. Igualmente, con la imagen de “fuego” en el infierno, hay que reconocer que se trata de una metáfora, y por lo tanto no debemos insistir en que los términos demuestran algo acerca de la duración del infierno que nunca tuvieron la intención de comunicar. Basta pensar en el infierno en el Nuevo Testamento, que se describe al mismo tiempo como “la más densa oscuridad”, y en otro lugar como “un lago de fuego”. ¿Cómo pueden coexistir estos dos si son estrictamente literales? Por lo tanto, hay que tener cuidado al sacar conclusiones doctrinales rígidas sobre la supuesta “función” del fuego en el infierno. Uno no puede dejar de preguntarse acerca de Mateo 18:8, que habla de los que son echados en el fuego “eterno”. Como dice Carson: “Uno sin duda tiene derecho a preguntar por qué el fuego arde para siempre y los gusanos no mueren [cf. Marcos 9:47-48], si su objetivo llega a su fin” (The Gagging of GodAmordazando a Dios, p. 525). En cuanto al término griego aion, hay muchos textos donde significa eterno como textos donde se refiere a un período de tiempo más limitado. Este argumento no es concluyente sin importar de qué lado del debate se esté.

(8) En cuanto al argumento de la justicia, los seres humanos no somos quiénes para evaluar la magnitud de nuestros pecados. “¿Se establece la magnitud de nuestro pecado por nuestro propio estado o por el grado de ofensa contra el soberano Dios trascendente?” (Carson, p. 534). Como ha señalado John Piper: “Lo esencial es que los grados de culpabilidad no provienen de cuánto tiempo uno ofenda a la dignidad, sino de qué tan alta es la dignidad que uno ofende” (Let the Nations be Glad, Alégrense las Naciones, p. 127). En otras palabras, nuestro pecado merece el castigo infinito a causa de la gloria infinita de Aquel contra quien se comete.

(9) El pecado sin castigar indicaría un fallo de la justicia y una derrota del propósito de Dios. La existencia continua del infierno y sus ocupantes bien reflejaría la gloria de la santidad de Dios y su justa oposición al mal.

Tal vez la idea de un castigo sin fin es menos ofensiva si se considera la idea del pecado sin fin. En otras palabras, si los que están en el infierno no dejan de pecar, ¿por qué deberían dejar de sufrir? En este sentido muchos señalan Apocalipsis 22:11, donde el ángel le dice a Juan el Apóstol: “Que el injusto siga haciendo injusticias, que el impuro siga siendo impuro, que el justo siga practicando la justicia, y que el que es santo siga guardándose santo”. Carson dice: “Si los santos y los que hacen el bien siguen siendo santos y haciendo el bien, en anticipación a la perfecta santidad y rectitud que vivirán y practicarán por toda la eternidad, ¿no deberíamos también concluir que los viles continúan en su vileza en anticipación de la vileza que van a vivir y practicar por toda la eternidad?” (533). Si uno rechazara esta idea y argumentara que las personas pagan por completo por sus pecados en el infierno y en algún momento dejan de pecar, ¿por qué no pueden luego ser llevados al cielo (convirtiendo así el infierno en un purgatorio)? Si sus pecados no han sido pagados totalmente en el infierno, ¿sobre qué base les permite la justicia ser aniquilados?

Sobre este último punto, sospecho que la aniquilación podría responder diciendo que la extinción del ser es en sí el pago por el pecado. La destrucción final del alma, es decir, la obliteración, es en sí misma la consecuencia judicial completa y final por el pecado. La deuda propia y legal por los pecados cometidos no puede verse como pagada en su totalidad, sino hasta que uno es aniquilado. No obstante, ¿considerarían los no salvos la aniquilación como castigo por el pecado o como liberación del mismo? ¿No sería la terminación del castigo consciente a través de la aniquilación más una expresión de piedad que de justicia?

(10) Por último, hay que explicar Mateo 25:46 y Apocalipsis 20:10-15. Independientemente de lo que se piense acerca de la identidad de la bestia y el falso profeta, ningún evangélico niega que Satanás es un ser sensible. Así que aquí tenemos al menos una “persona” que claramente sufre tormento consciente eterno. “Quizá no sintamos tanta simpatía por él como por los demás seres humanos, y podemos alegremente insistir en que él es peor que cualquier ser humano, pero aun así, es difícil ver cómo los argumentos desplegados en contra de la noción de sufrimiento consciente y eterno de los seres humanos pecadores serían menos convincentes en contra del diablo” (Carson, 527).

Es necesario un comentario final. Lo que “nos guste” a ti y a mí es total y absolutamente irrelevante. Dios no establece su agenda del día en base a lo que nosotros “preferimos”. Lo que podríamos “esperar” que sea verdad simplemente no importa. Lo que nos haga o no “sentirnos cómodos” no tiene nada que ver con la verdad o la falsedad del asunto. El hecho de que tengamos un sentido intuitivo de lo que nos parece “justo” no desempeña ningún papel en absoluto cuando se trata de llegar a una conclusión sobre si existe o no un infierno eterno. ¡El hecho de que no nos agrade la idea de un castigo consciente y eterno no hará que este desaparezca! El hecho de que “creas” que la existencia del infierno es incompatible con tu concepto de Dios no quiere decir que no exista. Lo que “queremos” o “esperamos” o “deseamos” no tiene relevancia alguna en este debate. La única pregunta importante es: “¿Lo enseña la Biblia?”. Y si la Biblia sí lo enseña (y Apocalipsis 14 junto con muchos otros textos indican que así es), nuestra responsabilidad es creer y proclamar con fervor y fidelidad el Evangelio de Jesucristo como la única esperanza que tienen los pecadores ahora y por la eternidad.


Publicado originalmente por Sam Storms. Traducido por Peter Lobov.
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