Si eres pastor (o planeas serlo), puedes estar absolutamente seguro de que vas a pecar contra alguien y alguien pecará contra ti. Así es la vida. Reúne a un montón de pecadores en una iglesia, nombra a alguien que los dirija y, tan inescapable como los impuestos y la muerte, el pecado aflorará.

Así que de esto se trata: si deseas tener un ministerio pastoral fructífero y eficaz, debes de aprender el arte bíblico del perdón. Si no eres capaz de perdonar, estarás incapacitado para el ministerio.

Debido a que el perdón es un aspecto crucial del ministerio pastoral, Satanás y tu naturaleza pecaminosa conspirarán para evitar que perdones. Para ser exactos, se valdrán de tres distorsiones en un esfuerzo para alejarte del camino del perdón y sumergirte en el pantano del rencor.

Distorsión # 1 - No soy un pecador, soy una víctima

En Mateo 18:28, un sirviente a quien le acababan de perdonar una enorme deuda (10,000 talentos), se encontró con alguien que le debía una pequeña cantidad de dinero. Al toparse con aquel siervo, recordó que le debía y se volvió hacia él:

Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía 100 denarios (salario de 100 días), y echándole mano, lo ahogaba, diciendo: ‘Paga lo que debes.’

Al primer siervo se le perdonó una gran deuda, pero esto se le olvidó por completo en cuanto vio al segundo criado quien le debía una cantidad relativamente pequeña. Lo primero que pensó fue: “Él me hizo daño, me ha estafado y ha abusado de mi confianza, por lo tanto, ¡que pague!”. Se puso en los zapatos del ofendido, jugó el papel de víctima, y enloqueció en un arranque de furia.

Como aspirante a pastor, siempre debes de recordar lo siguiente: La condición que nos asignamos a nosotros mismos debe de comenzar con el evangelio, no con nuestras experiencias, dolor, historia de vida, o con lo que hagan o dejen de hacer los demás. Esta es una triste realidad ya que, si somos sinceros, ¡el pecado puede ser horrible! Vivimos en un mundo lleno de abusos, acoso sexual, violaciones y asesinatos. Quizá incluso tú mismo has sido afectado por alguna de estas tragedias, y si conociera tu historia de vida, me dolería contigo. Estas tragedias son reales, dolorosas y significativas.

Sin embargo, en la Escritura el papel de víctimas del pecado no es nuestra primera y principal condición como cristianos. Por el contrario, ante todo nuestra condición principal es la de “amados por Dios, aún siendo pecadores”. Es importante reafirmar esta condición, ya que es la que nos define en relación con Dios. Este estatus en particular nos pone de frente a una realidad teológica, la cual nos ofrece cierta perspectiva al reflexionar en la forma en la que han pecado en nuestra contra. Nosotros hemos pecado contra Dios mucho más de lo que cualquier otra persona pudiera haber pecado alguna vez contra nosotros. Vuelve a leerlo, ahora más pausado. Esto significa que nuestro problema más grave no es que otros hayan pecado contra nosotros, sino que nosotros hemos pecado primero contra Dios.

¿Te has dado cuenta de que cuando pensamos en nuestras historias de vida, aparecemos siempre en el centro de la escena sin pecado alguno? Y es ahí cuando otras personas se unen al drama introduciéndose a nuestra historia cometiendo pecados u dejando de hacer algo que deberían haber hecho. ¿Y qué hay de nosotros? No somos más que un puñado de buenas intenciones, bendiciendo a los demás y hablando maravillas de todo el mundo. Somos buenas personas a las que siempre parece ocurrirles cosas malas. Vivimos como si constantemente fuéramos víctimas del pecado.

Pero la Escritura no nos describe principalmente como personas en contra quienes han pecado. En 1 Timoteo 1:15, Pablo dice lo siguiente acerca de sí mismo: “Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero”.

A pesar de que muchas personas pecaron contra Pablo (incluso ¡al punto de casi morir apedreado y de ser golpeado a palos!), él no se percibió primero a sí mismo como víctima, por el contrario, se reconoció como un pecador que había sido salvo por Cristo.

Si te ves a ti mismo principalmente como la víctima en lugar del pecador salvo por gracia, nunca aprenderás a ayudar a aquellas personas enraizadas en la amargura o aprisionadas por su propio sentir de víctimas. El evangelio no fluirá a través de ti hasta que primero no lo apliques a ti mismo.

Distorsión # 2 - Sí, claro, soy un pecador: pero tus pecados son peores que los míos

En la raíz del resentimiento se encuentra un estatus que nos asignamos a nosotros mismos (¡han pecado contra mí!) y una deuda que negamos (Sí, claro, he pecado contra Dios, pero ¿viste lo que me hicieron a mí?). Esta distorsión hace que los pecados de otras personas parezcan grandes y los nuestros pequeñitos. Peor aún, riega las semillas de justicia propia dentro de nuestra propia alma.

El hombre que se cree justo dice: “Cierto, soy un pecador, pero soy mejor que tú. De hecho, mi superioridad moral me pone en una posición de ventaja para diagnosticar y evaluar tu corazón con autoridad”. A decir verdad, el asunto se puede poner espantoso ya que la justicia propia puede convertir a cristianos en fariseos, o bien puede infiltrarse en el terreno del discernimiento. Es esto último de lo que soy más a menudo culpable. Mi justicia propia pecaminosa hace que eleve mi propia interpretación de cierta situación y haga menos la opinión de alguien más.

La justicia propia provoca un intercambio en donde nos ponemos en la posición de jueces en lugar de Dios. Nuestras opiniones pasan de ser compasivas a un llamado estándar de “objetividad” por el cual medimos a otras personas.

Pasamos a ser el jefe quien etiqueta a un empleado de perezoso porque llega tarde una vez y el jefe jamás llega tarde. El padre quien cree que todos sus hijos deberían estar de acuerdo con sus opiniones, y si no lo hacen, los verá con desagrado. El hombre quien se niega a perdonar a alguien, incluso después de que la persona ha confesado su pecado, simplemente porque tal confesión no parecía lo “suficientemente sincera”.

La justicia propia distorsiona nuestro modo de ver las cosas. En lugar de vivir como si “se nos hubiera perdonado una gran deuda,” vivimos con una actitud de: “Claro, he pecado, ¡pero mírate a ti!”. Pocas cosas hundirán a un pastor tan rápido como la autojusticia. Si deseas ser fructífero en el ministerio pastoral, debes de aprender a ver más a la gente bajo el lente de la gracia de Dios que de su pecado. También debes de aprender a decir al igual que Pablo: ”... que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 3:1-7).

Distorsión # 3 - No soy un pecador, soy el encargado de hacer cumplir el castigo

En la raíz de la falta de perdón está la suposición de que tenemos el derecho de asignar culpables y luego de hacer cumplir el castigo. Asumimos que nuestra condición de agraviados nos da el derecho de exigir venganza. Esto es precisamente lo que en Mateo 18:28 hizo el siervo que no perdonó. A él le acababan de perdonar una deuda enorme, pero en cuanto se topó con su consiervo que le debía una cantidad más pequeña, se encargó de hacerle cumplir la condena por una deuda menor. El siervo que no perdonó asumió que tenía el derecho de exigir venganza.

Lo que debemos entender es que la cruz nos libera de la esclavitud de tener que hacer cumplir el castigo por las deudas más pequeñas. ¿Y cómo se logra esto? Pues poniendo la misma balanza para todos. La cruz nos recuerda que Dios nos ha perdonado una deuda inimaginable. Gracias a este amor asombroso, ahora Dios nos llama a extender la misma bendición que hemos recibido a otras personas, no el castigo.

Ya no somos el árbitro que penaliza, ahora somos deudores a quienes se les ha perdonado una gran deuda. Es gracias a que somos pecadores perdonados que ofrecemos el perdón.

La única forma de disipar las distorsiones de nuestra vida es a través del poder purificador del evangelio. Estar continuamente consciente de que se te ha sido perdonada la mayor de las deudas te liberará de sentir que debes exigir venganza por los pecados que han cometido en tu contra.

En el corazón del evangelio existe una gran aparente injusticia, ya que el Único quien verdaderamente tenía el derecho de hacer cumplir el castigo por nuestros pecados, optó por no hacernos cumplirlo, sino que eligió ser Él mismo quien lo cargó en la cruz. 2 Corintios 5:21 lo pone de este modo:

Al que no conoció pecado, Lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

Disipando las distorsiones

La cruz no ignora o niega el pecado. Por el contrario, observa atentamente y con valentía nuestros peores momentos y dice: “Tu historia no termina allí”. Para superar las distorsiones que pueden afectar tu ministerio, debes reconocer la gran deuda que le debías a Dios y que Él perdonó.

Si te inicias en el ministerio pastoral, pecarán contra ti, pero esos momentos no tienen que definirte. ¿Por qué? Porque son parte del plan de Dios en tu alma y un llamado a tu vida. Los pecadores perdonados perdonan pecados. Y los pastores perdonados los aman y les ayudan a perdonar también.


Publicado originalmente en Am I Called? Traducido por Carolina López Ortiz.