Al hablar sobre adoración bíblica, debemos comenzar con Dios. Tratar de entender la adoración sin primero tener un buen entendimiento del fundamento bíblico que la sostiene no tiene ningún sentido, y tarde o temprano nos llevaría al error. Dios es el fundamento y fin de todas las cosas.



Es por esto que he querido comenzar por donde toda teología debe comenzar: con Dios. Uno de los errores de la iglesia Latinoamericana de nuestros días en cuanto a la adoración es que hemos invertido el orden bíblico, y hemos creído que la adoración comienza con nosotros y que se trata de nosotros. Pero la Biblia es clara que "de Él, por Él y para Él son todas las cosas" (Ro. 11:36). Así que todo lo que la iglesia cree, afirma y practica debe comenzar con Dios, debe girar en torno a Dios, y debe tener a Dios como su fin. Él es la fuente y el fin de todo el universo, no el hombre. De hecho, contrario a como muchos piensan, la práctica de la adoración no comenzó en el Génesis con la creación del hombre; sino que tiene su origen en Dios mismo.



El apóstol Juan comienza su Evangelio diciéndonos que "en el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios" (Jn. 1:1-2). La Biblia también nos dice que en el principio el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas (Gn. 1:2). Es evidente en la Biblia que Dios siempre ha existido en tres Personas--Padre, Hijo y Espíritu Santo. A través de la historia, la Iglesia se ha referido a este misterio usando la palabra "Trinidad". El Dios de la Biblia es un Dios Trino, y por tanto, Él es en esencia un ser relacional en si mismo. Esto no significa que la Trinidad está compuesta por tres Dioses separados; pues la Biblia también es clara en que hay un sólo Dios (Dt. 4:39; 6:4; Is. 45:5-6, 14, 18, 21-22; 46:9; Ro. 3:30; Gá. 3:20; Stg. 2:19).



Más bien, el Dios que es uno, existe en tres Personas, y estas tres personas existen en perfecta comunión entre ellas. Ahora bien, nos pudiéramos hacer la siguiente pregunta: ¿Qué hacía este Dios Trino durante toda la eternidad, antes de crear el universo? Algunos se imaginan que estuvo eternamente sentado en el trono siendo adorado por ángeles y criaturas celestiales.



Otros piensan que Dios debió estar aburrido y solitario, y por tanto se le ocurrió crear un universo para salir de su eterno aburrimiento y soledad. El problema es que estas perspectivas son contrarias a lo que la Biblia enseña acerca de Dios. La primera pasa por alto el hecho de que los ángeles también forman parte del universo; no son seres eternos, sino creación de Dios. Sólo Dios es eterno. La Biblia enseña que había un tiempo cuando sólo Dios existía, y nadie más (Jn. 1:1-3). El segundo concepto ignora Hechos 17:25, que dice: "[Él es] el Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay, puesto que es Señor del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos por manos de hombres, ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas".



Dios no necesita absolutamente nada de nosotros; Él no necesita de nuestra adoración. Él no nos creó para llenar ninguna necesidad o vacío en Él, puesto que siempre ha estado completo y satisfecho en sí mismo. Dios dice en los Salmos, "Si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y todo lo que en él hay" (Sal. 50:12). Por tanto, la popular idea de que "yo soy la debilidad de Dios" es totalmente contraria a las enseñanzas de las Escrituras acerca de Dios y del hombre. Dios no nos necesita, ni se derrite por nosotros. Esta falta de entendimiento bíblico acerca de Dios y del hombre ha llevado a la iglesia Latinoamericana a la idolatría en la adoración. Hemos terminado adorándonos a nosotros mismos y entreteniendo a un dios de nuestra imaginación, que a su vez nos adora a nosotros.



Según el Evangelio de Juan, el Dios Trino de la Biblia siempre ha existido en plena felicidad, comunión y satisfacción en si mismo. En otras palabras, desde antes de crear el universo, Dios eternamente ha adorado a Dios. En Juan 17, Jesús nos abre una pequeña ventana a esta maravillosa realidad de la adoración que ha tomado lugar dentro de la Trinidad eternamente. Allí Jesús oró al Padre diciendo, "Y ahora, glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera" (Jn. 17:5). Jesús nos dice que había una gloria de la cual Él disfrutaba con el Padre antes de que el universo fuese creado. Unos versículos más adelante nos explican en qué consistía esta gloria. Jesús dice, "Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. . . Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos" (Jn. 17:24, 26). Antes de la fundación del mundo, la actividad de la adoración existía perfectamente entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. El Padre amando y deleitándose en su Hijo, y el Hijo amando y deleitándose en el Padre. Y Jesús oró para que este amor perfecto estuviese en nosotros también, de manera que pudiéramos ser partícipes de esta gloria divina. Esta es la esencia de la adoración: amor y deleite en Dios como la fuente de nuestra mayor satisfacción y felicidad.



Entonces, si Dios no necesita de nada ni de nadie, ¿para qué vino Cristo al mundo buscando adoradores para el Padre? (Jn. 4:23) Cristo vino para vivir en perfecta rectitud y obediencia al Padre; rectitud que sería nuestra por medio de la fe. Jesús vino a morir en nuestro lugar y pagar la sentencia de nuestro pecado en la cruz, y a vencer el poder de la muerte, asegurando nuestra vida eterna por medio de Su resurrección.



Estas son las buenas noticias del Evangelio. Otra pregunta es aún necesaria: ¿para qué hizo Jesús todo esto? ¿Cuál es el propósito del evangelio? Creo que Juan 17 nos responde esta pregunta. Jesús hizo todo esto para la gloria de su Padre, y para hacernos a nosotros, pecadores redimidos, partícipes de esta gloria para siempre. Por esto Él comienza su oración diciendo, "Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a ti". La gloria de Dios es la meta del evangelio. Pero también, cuando estamos en Cristo, somos uno con Aquél que es uno con el Padre, y entramos a participar en la maravillosa gloria de Dios a través del Espíritu de Cristo habitando en nosotros. Esta es nuestra felicidad. Por esto Jesús dice, "Mas no ruego sólo por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a mí" (Jn. 17:20-23). Como bien señala Jonathan Edwards, un excelente teólogo del siglo dieciocho, la unidad de sus discípulos -por la que Jesús ora en este pasaje de Juan 17- se trata más bien de nuestra participación en la unidad y comunión perfecta que existe entre el Hijo y el Padre en el Espíritu, que de que simplemente nos llevemos bien unos con otros.



Así que para esto vino Jesús al mundo: para hacernos partícipes de la gloria de Dios. En esto consiste el evangelio de Jesucristo. Esto es lo que debemos celebrar en la adoración. Por tanto, es necesario que tengamos claro que nuestra adoración a Dios es en esencia una respuesta de fe, asombro, temor, gozo, amor, comunión y satisfacción en Él. Pero esta respuesta es posible por su revelación y Su gracia en Cristo a favor de pecadores que no merecen absolutamente nada más que el castigo eterno de la furia de la ira de Dios.



Adoramos porque Dios primero se ha revelado a nosotros por medio de su creación, su Palabra, y últimamente en la persona de Jesús. Si queremos hablar acerca de adoración bíblica, debemos primero colocar a Dios en el lugar que le corresponde en todas las cosas--en el primer lugar. 

Jonathan Jerez es compositor y cantante, y es conocido a través de su ministerio musical junto con su esposa, Sarah. Actualmente es Director de Adoración de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, República Dominicana. Es graduado de una Maestría en Divinidad con Concentración de Pastor de Adoración en Bethlehem College & Seminary en Minneapolis, Minnesota. Jonathan y Sarah tienen dos hijos, Zoë (3), Noah (1), y están esperando su tercer bebé en Diciembre de 2014. Puedes seguir a Jonathan en twitter o facebook.

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