¿Que pasaría si alguien te dijera que a tu predicación le falta algo que podría socavar tu ministerio completo? Tristemente, mucho de la predicación hoy en día quiere ser bíblica, pero le falta algo esencial para representar un cristianismo bíblico completo: el juicio de Dios.

Hay diversas razones por las que el juicio de Dios no está presente en mucho de la predicación, aun en predicadores que quieren ser fieles. Y no siempre estamos conscientes del porqué. Aquí hay cinco de esas:

1. Han hecho del amor de Dios un ídolo e ignoran sus otros atributos.

Mientras las Escrituras claramente enseñan que “Dios es amor” (1 Jn. 4:16), también enseñan claramente que Él es santo, celoso, y justo; el juez del universo a quien todos tendrán que rendir cuentas. A nuestra cultura de pensamientos positivos no le gusta hablar de las doctrinas negativas como la muerte o el infierno, pero la Palabra de Dios tiene mucho que decir al respecto.

Exaltar el amor de Dios por la omisión de la ira de Dios tiene el efecto opuesto de lo que quieres hacer: evita las malas noticias y hace que las buenas nuevas sean opcionales. Por esta razón, empezar presentaciones del evangelio con las palabras “Dios te ama” sin presentar también que hemos pecado contra Él es inútil. “¿Dios me ama? Por supuesto, ¡soy una persona muy especial!”. Es posible que después de oír que Dios les ama, sus oídos se cierren al único evangelio que les puede rescatar de la ira de Dios.

2. Han creído sutilmente en una versión del evangelio de la prosperidad.

Incluso pastores que rechazan el evangelio de la prosperidad pueden caer en la tentación de creerlo en sus corazones o proclamarlo desde el púlpito. Nuestra cultura materialista solo aumenta el peligro. En vez de proclamar el juicio eterno, algunos predicadores enfatizan los beneficios del cristianismo, y en el proceso roban poder y gloria del evangelio.

3. Tienen una perspectiva disminuida de la santidad de Dios.

La santidad de Dios es una de las doctrinas más descuidadas hoy en la iglesia evangélica. El profeta Isaías y el apóstol Juan recibieron visiones del salón del trono del cielo y oyeron el contenido de alabanza celestial: “Santo, Santo, Santo” (Is. 6:3; Ap. 4:8).

Solo cuando veamos a Dios en la luz de su santidad brillante podremos entender nuestra rebeldía contra Él y por qué merecemos su justa ira. Cuando perdemos la vista de la santidad de Dios, su ira parece ser arbitraria.

4. Tienen un enfoque pragmático sobre su ministerio.

Muchas iglesias hoy funcionan más como negocios y basan su definición del éxito en el ministerio sobre las métricas. En vez de enfocarse en la fidelidad a las Escrituras y hacer discípulos, se enfocan en la asistencia semanal, programas mejores y más grandes, y el monto de dinero en la canasta de las ofrendas. Cuando la meta es crecer números, no es sorprendente que algunas doctrinas menos sabrosas —como el infierno— se dejen atrás.

5. Temen más al hombre que a Dios.

Cuando tememos a nuestro prójimo más que al Creador, el deseo de agradar a la gente moldeará el contenido de nuestros sermones. Los predicadores tienen que buscar el temor del Señor, que es el principio de sabiduría (Pr. 9:10), y dejar que Dios defina el éxito ministerial. En el ministerio y cada parte de la vida, estas palabras de Proverbios 29:25 son verdaderas: “El temor al hombre es un lazo, pero el que confía en el Señor estará seguro”.

Que nuestras actitudes imiten a Pablo: “¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo”.

Un falso Cristo no puede salvar a nadie de la justicia de Dios. Predicar un falso Cristo guiará, junto con otras consecuencias, a falsa certeza. Evitar las malas noticias degrada la gloria de las buenas. Las presiones de la cultura y el comezón de oídos pueden hacernos olvidar el gran privilegio de predicar el evangelio completo, no solo el infierno que merecemos pero también la gloria de aquel que cargó el infierno para ganarnos vida eterna. Proclamémonos fielmente la totalidad de las buenas nuevas para que nuestros oyentes puedan arrepentirse, creer, y escapar la ira que vendrá.